Subir al cielo

Subir al cielo

Caracas siempre recibe al viajero y reserva para él los más pintorescos lugares. El Toyota más que subir trepa, como si ese niño llamado Kender viviera en el cielo. Los cerros solo se parecen a los cerros. Allí los gallos cantan a deshora, el joropo se cuela por la ventana bien temprano y todo tiene un color más intenso.

 

 

En Murachí, las pequeñas casas bien construidas hacia arriba y hacia los lados apenas dejan lugar a la vegetación. Predomina el ladrillo desnudo. Dice la enfermera Ligia que el nombre viene desde la creación del asentamiento en alusión a un guerrero aborigen. “Y como la gente aquí también es luchadora…” Los cuarenta y tantos años de vida en estos parajes le dan autoridad a esta mujer para contar cómo es el latir en la montaña.

Amanece a las cinco. Los hombres se preparan a la carrera para salir hacia el trabajo con su almuerzo, en el que no falta la conocida arepa.

Poco después las mujeres levantan a sus muchachos para llevarlos al colegio. Ya a las siete de la mañana la mayoría de las personas bajaron. Los abuelos esperan por el entrenador deportivo cubano para hacer sus ejercicios y la consulta se adelanta y no tiene final.

Romelia comenta maravillada que la otra noche paró al doctor Alberto y no se molestó. El atendió su dolencia, le dio los medicamentos e indicó algunos exámenes. Todos opinan que el galeno y su esposa María Nereyda, especialistas en Medicina General Integral, son seres extraordinarios. Más que doctores han sido amigos.

 

Magia en Muruchí. Al hogar de cuidados diarios para niños, se han unido dos comedores populares y una bodega mercal para que los de menos recursos encuentren alimentos más baratos.

“Ahorita hay más comunicación entre nosotros, porque Barrio Adentro une” —sostiene César Mellado, de la Coordinación del Eje Uno, de la parroquia Santa Rosalia, y añade: “Todo lo que se emprende aquí hoy era necesario hace muchísimos años”.

El año 2004 recién comenzaba cuando Karen observó que su pequeño Kender tenía un lunar (manchita blanca) en el ojo derecho. Entonces corrió muy pocos metros, pues como un acto divino la Misión Barrio Adentro le había puesto a Alberto Arencibia Hernández, un médico cubano, en los altos de su casa. La bondad de César, que con gusto ha donado ese piso, daba un nuevo fruto. La atención cercana y segura en hoy un tesoro para los pobladores del cerro.

Urgía resolver el problema, era muy lamentable ver que el niño solo daba unos cinco pasos y se caía, no reconocía a los amiguitos a pocos metros del camino y tenía un temor creciente a subir las empinadas escaleras de la localidad. Jugar a la pelota fue un deseo postergado, porque esa práctica, lejos de placer, podía ocasionar un accidente.

Los especialistas en Oftalmología hicieron su parte. Todo estaba  listo en espera de la posibilidad, que se dio en el verano con el inicio de la Operación Milargo. Kender Enrique Merchan Herrera estuvo entre los primeros  en viajar y recuperar la visión. Hoy es otro.

Después de la cirugía toda la familia nota al muchacho más despabilado, pleno. En el preescolar avanza, sube  y baja corriendo los escalones, se ha vuelto conversador. “Ahorita no se le escapa una” —afirma la abuela—. Tan pronto aparece el presidente venezolano en la televisión, grita: “Chávez me ayudó”, al tiempo que se señala el ojo con el dedo.

El paseo de domingo con mami y papi tiene varios incentivos. Esta vez Kender no ha preguntado a dónde van. Como para someterlo a una prueba, a casi tres meses de la operación, el padre le pregunta quién es aquella que viene a lo lejos, y sin vacilación responde: “Abuela Yudith”.

Camina complacido con su ropita y el muñeco de peluche traídos de Cuba, y le dice a todo el mundo que esos regalos se los hicieron los cubanos.

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