Usain, la flecha Bolt

Usain, la flecha Bolt

El deporte rey ha tenido decenas de hombres y mujeres con tronos indiscutibles y más de una reverencia cuando se trata de récords y medallas. De Jamaica llegó corriendo, casi volando, el más grande de todos los reyes atléticos del siglo XXI. A su grandeza en la pista unió un carisma casi nunca visto. Y Usain Bolt se hizo mítico.

Fue el más joven en alcanzar un título mundial en la categoría junior (2002: 15 años, oro en 200 metros) y el primero entre los bisoños en bajar de 20 segundos en el doble hectómetro (19.93 en el 2004). Un padecimiento de escoliosis amenazó con poner freno a sus sueños, pero peleó, entrenó, hizo caso a los entrenadores y médicos, y regresó a la conquista de su universo con la sonrisa y los sueños de un verdadero aspirante a soberano.

Tras dos segundos lugares en el mundial de Osaka 2007, los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 consagraron su figura con trío de títulos y récords. La capital alemana se inclinó a sus pies en la justa del orbe del 2009 al bajar sus propias marcas a límites increíbles para un ser humano: 9.58 segundos (100 m) y 19.19 segundos (200 m). Y lo más emocionante es que lo consiguió ante la vista de todos sin un esfuerzo supremo. Flotaba sobre la pista y al pasar la meta flechaba con sus manos al público delirante que lo subía a la cúspide, a la gloria.

Luego vendría la cita olímpica de Londres 2012 y Río de Janeiro 2016, y las justas universales de Daegu 2011, Moscú 2013 y Beijing 2015. Solo una traición de los nervios en la arrancada de la cita sudcoreana y el dopaje posterior de Nesta Carter en el relevo 4×100 de la justa olímpica china rompieron la perfección de Bolt en las tres pruebas de velocidad que competía. No obstante, 11 doradas mundiales y ocho olímpicas es un botín que ningún otro representante del campo y pista guarda en casa.

Bolt era más que una saeta corriendo de verde y amarillo. El día que impuso su última marca en el hectómetro, corrió los 10 metros más rápidos en ¡0.81 segundos!, es decir, a unos 44,51 km/hora, velocidad cercana a la de un caballo al galope. Su zancada de 2,47 metros era 20 centímetros más que la mayor parte de sus rivales. Mientras otros necesitaban 44 apurados pasos para cubrir esa distancia, él lo hacía en 40.

Sin embargo, los números revelan solo una parte de este reinado. La otra quedó reservada para su alegría contagiosa, el amor a su terruño natal, el respeto siempre a sus contrarios y la limpieza total en medio de cientos de controles doping. Su adiós oficial hace par de años no dejó de ser noticia, pues pasó al fútbol sin intención de ser Maradona o Pelé. Solo le movía el disfrute de ser uno más, aunque todos sepamos que los reyes no lo son ni se jubilan. Y menos él.

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