Cumplesueños de la Revolución

Cumplesueños de la Revolución

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Ilustró: Martirena

 

Aún no se habían producido las acciones del 26 de Julio de 1953, y Fidel, junto a un grupo de sus compañeros, buscaba en las afueras de Santiago de Cuba un lugar que les sirviera de cuartel general. Se trasladaban en automóvil por la carretera de la loma de Escandel y mientras iban bajando, en una curva muy pronunciada en que el vehículo tenía que ir muy despacio, se encontraron con un campesino sobre un mulo. Fidel entabló con el hombre el siguiente diálogo:

-Qué, compay, ¿va pa’l pueblo?

-Sí, llevo un poco de café que voy a vender.

-¿Mucho?

-No, par de quintalitos de café.

-¿Tiene mucha tierra?

-No, tengo un caró de tierra (1,342 ha).

-¿Es suya? -No, arrendada.

-No se ocupe, que pronto va a ser suya.

Tal seguridad en la materialización de sus ideales de justicia social, cuando todo faltaba por hacer, nacía de su convicción en el triunfo y ese optimismo no lo abandonó nunca.

Otro, después de no haber logrado el éxito de sus planes, y con una condena de 15 años de cárcel, tal vez se habría desanimado, pero ese sentimiento estaba desterrado de la personalidad de Fidel, quien lleno de fe en el porvenir escribió desde su celda: “¿Qué nos puede importar un tiempo más o menos en prisión cuando sabemos que en el momento oportuno cumpliremos nuestra misión? Yo les aseguro que nunca antes en Cuba se ha estado gestando nada más formidable”.

Y en los preparativos de la expedición del Granma, en medio de una situación tensa por la ocupación de armas y de los campamentos y la detención de varios futuros expedicionarios, nunca dudó de que se haría realidad aquella frase que pronunció con absoluta seguridad: “Si salgo, llego; si llego, entro, y si entro, triunfo”. Y así ocurrió, pese a las innumerables adversidades que padeció en sus primeros pasos el Ejército Rebelde.

Para Fidel no hubo obstáculo que no pudiera ser vencido: frente a aquel mito enarbolado durante décadas de que las revoluciones podían hacerse con el ejército o sin el ejército, pero nunca contra el ejército, forjó en condiciones sumamente difíciles, una aguerrida tropa que, nutrida de pueblo, derrocó las poderosas fuerzas armadas de la tiranía, armadas y entrenadas por Estados Unidos.

Se propuso y logró, después de conquistar la victoria, revolucionar la realidad cubana a favor de la dignidad y la justicia, y empinar a Cuba en la geografía política del hemisferio como una nación pequeña pero soberana e indoblegable, ante un vecino poderoso empeñado en recolonizarla.

Y con Fidel crecimos aprendiendo que los imposibles pueden volverse posibles si existe voluntad de lucha. Nos enseñó a proponernos metas muy altas, como cuando apenas un año después de la victoria aspiró a un futuro de hombres de ciencia y lo que parecía inalcanzable se materializó en avances científicos que han conquistado prestigio en el mundo.

Nos demostró que del mismo modo que aquí fueron derrotadas la ignorancia y la enfermedad, los cubanos éramos capaces de ayudar a vencerlas en otras latitudes, y que cada buena experiencia en los más disímiles campos era un tesoro para compartir.

Nos convenció, cuando otros arriaron las banderas del socialismo, de que no caeríamos inevitablemente como esperaba el enemigo, sino que podíamos alzarlas mucho más alto que antes para continuar la marcha, aunque estuviese sembrada de obstáculos.

Hubo entonces que renunciar a algunos proyectos, pero nunca permitió que se apagaran los sueños que concibió como permanente fuente de inspiración para los revolucionarios. Por eso hoy estamos convocados por él a enfrentar los desafíos del nuevo año y los que quedan por venir, sin dejarnos vencer por las adversidades, sino buscando soluciones, entre todos, como él siempre lo hizo, sin dejarle un resquicio al capitalismo, sino haciendo más socialismo, con inteligencia, audacia, creatividad, responsabilidad y optimismo.

La Revolución que él nos legó está de cumpleaños y nos toca, en su homenaje, convertir cada nuevo aniversario en cumplesueños, como ese de ver navegando en la Plaza el yate Granma, con la proa apuntando al futuro, después de haber multiplicado sus 82 tripulantes en un inmenso mar de pueblo.

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