¡El batazo que no queríamos!

¡El batazo que no queríamos!

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El estadio estaba repleto. Adentro todas las almas estaban pendientes de un batazo tuyo. Afuera, muchos querían presenciar otra vez tu entrada al rectángulo de bateo. Justo cuando el árbitro dijo play a la historia, justo a los 60 años de haber dado un jonrón con la salida del Granma pegaste la conexión menos deseada, de las que se van por encima de las gradas y el aficionado más empedernido dice sin reparos: ¡Fidel, este batazo no lo queríamos!

Y es que el béisbol era parte intrínseca de tu vida. Desde niño, cuando hiciste tus primeros swings jugando al taco en Birán (con pelota inventada y un palo de madera como bate) hasta la Universidad, cuando te gustaba lanzar tan duro que acabaste no solo con varias victorias, sino con toda una tiranía que apenas le interesaba el deporte e hizo de nuestra pelota una sucursal irremediable del béisbol profesional estadounidense.

El estadio estuvo repleto también en 1959, cuando luciendo el uniforme de Barbudos te apareciste en el Coloso del Cerro y Camilo reaccionó más rápido que otros y recordó que contigo en contra ni en la pelota. Ese día descubrimos no un talentoso serpentinero o bateador, sino el más grande jonronero y mentor. ¿Ilusiones mías? Tu primer cuadrangular habló por sí solo: “vamos a llevar el deporte tan lejos como sea posible”.

Y cuando muchos no comprendieron que significaría acabar con la “pelota esclava” apostaste por crear nuestras Series Nacionales, construir parques beisboleros en todas las cabeceras provinciales, formar peloteros con igual o más calidad que antes, estimular cada presencia internacional y ganar, ganar todo lo que se pudiera: Juegos Centroamericanos y del Caribe, Copas Intercontinentales, Juegos Panamericanos, campeonatos mundiales, Juegos Olímpicos. Todo lo que se pudiera.

Y el estadio siguió repleto en las décadas del 60, 70, 80 y 90. En los mundiales de Quisqueya (1969), en Cartagena (1970), Nicaragua (1972) y Parma (1988), por solo citar algunos, la emoción desbordó el éxito final y tus llamadas para felicitar a los héroes de esas hazañas, los consejos oportunos, algún que otro regaño de padre-entrenador y el saludo triunfante al pie de la escalerilla del avión al regreso nunca faltaron.

La ampliación del Latinoamericano, el respaldo total a los topes contra los Orioles de Baltimore, el reto de asumir el primer Clásico Mundial con la valentía desafiante de los gigantes y la amistad con decenas de peloteros son huellas que impulsaste con la misma fuerza de los vuelacercas salidos de tu accionar como político, estadista, dirigente y líder de una Revolución a la que este último batazo del 25 de noviembre viene a consolidar más.

Sí, porque este batazo no simboliza la decisión final de un partido, sino el extrainning enorme, la vigencia infinita de tu obra en una sociedad a la cual continuará siendo muy difícil sacarle outs en cuestiones estratégicas.

El estadio sigue repleto para aplaudir tu ejemplo. Tu despedida no anunciada por altavoces ningún amante del béisbol, ningún cubano digno, se resiste a creerla.

Acerca del autor

Máster en Ciencias de la Comunicación. Subdirector Editorial del Periódico Trabajadores desde el 2019. Editor-jefe de la Redacción Deportiva desde 2007. Ha participado en coberturas periodísticas de Juegos Centroamericanos y del Caribe, Juegos Panamericanos, Juegos Olímpicos, Copa Intercontinental de Béisbol, Clásico Mundial de Béisbol, Campeonatos Mundiales de Judo, entre otras. Profesor del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, en La Habana, Cuba.

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