Desafíos en tiempos actuales

Desafíos en tiempos actuales

Aún están frescos en mi mente aquellos años 70 del pasado siglo, en que apenas era una niña con deseos de ser joven para estar enrolada completamente en las faenas que emprendían las federadas de mi barrio.

En mi natal Pijirigua, la FMC era activa como una colmena. Las mujeres lo mismo participaban en la recogida de naranjas, que apoyaban la zafra azucarera. El trabajo en la comunidad era cotidiano; la abuela Fita —ya fallecida—, junto a mi tía Onelia, impulsaban la campaña de vacunación antipolio, discutían en grupo los artículos aparecidos en la revista Mujeres o creaban círculos de interés para los niños.

Tenía 10 años cuando empecé a aprender a tejer con dos agujas, guiada por Marcela, con María Elena tuve las primeras clases de corte y costura; y aunque mis habilidades no estuvieron a la altura de la maestra, al menos asimilé la candelilla, los ojales, dobladillos y otras cosas necesarias para la vida.

Esas estimadas vecinas dejaron huellas inolvidables en todas las que tuvimos la suerte de conocerlas; nos educaron en valores que aún nos acompañan.

Así creció la Federación de Mujeres Cubanas en ese pueblito rural de la actual provincia de Artemisa, en el cual muy pocas mujeres antes de 1959 habían podido estudiar; unas sucumbían por un parto mal atendido o veían morir a su pequeño víctima de la poliomielitis; eran perfectas amas de casa, dedicadas a la crianza de los hijos y la atención del esposo, muchas veces más que machista.

La dimensión de la palabra mujer, a partir de la Revolución y de la propia constitución de la FMC, el 23 de agosto de 1960, fue otra. Como si de pronto hubiera un despertar en todas. Fue el momento exacto para, al decir de Fidel, hacer “desaparecer hasta el último vestigio de discriminación; y tenga, la mujer cubana, por sus virtudes y por sus méritos, el lugar que le corresponde en la historia de la patria”.

Desde sus inicios el Gobierno Revolucionario generó políticas y programas dirigidos a cumplir las palabras dichas por el Comandante en Jefe y, junto a la organización femenina lidereada por Vilma Espín, propició espacios para que fueran protagonistas en los instantes decisivos que vivía el país; participaran y se insertaran en el desarrollo de las tareas acometidas en todos los sectores.

Poco a poco se fue eliminando la disparidad de géneros en los distintos niveles de educación y las féminas tuvieron acceso a empleos de calidad y a ocupar puestos de dirección por la capacidad demostrada.

Para tener idea, hoy ellas representan: el 48 % del total de ocupados en el sector estatal civil, 66 % de la fuerza técnica y profesional; el 35,2 % de los que ostentan cargos decisorios en órganos estatales, 29 % del total de trabajadores por cuenta propia; el 48,86 % de los diputados al Parlamento y el 41,9 % de los miembros del Consejo de Estado.

Sin embargo, no puede desconocerse que aún existen obstáculos que frenan el empoderamiento femenino. Algunas rechazan asumir puestos de dirección por no tener quien las apoye en su hogar y otras veces no son tenidas en cuenta al concebir la política de cuadros de una entidad.

Sobre ellas recae, en mayor o menor medida, la doble jornada y ciertamente, todavía son escasos, servicios tales como lavatines y tintorerías, que contribuyan a aliviar esa carga de responsabilidades.

A la luz de los tiempos actuales, la organización femenina tiene importantes desafíos. La comunidad debe y tiene que seguir siendo su espacio por excelencia. En un momento en que en la sociedad se cuestiona la pérdida de valores éticos y el irrespeto a las buenas costumbres, la FMC no puede estar ajena a ello.

Y mucho puede hacer desde la propia familia, junto a la acción concertada de todos los factores sociales. En esa labor integradora hay que llegar al corazón y la sensibilidad de los jóvenes sin esquematismos; con espontaneidad y creatividad, buscando preservar la disciplina y las buenas costumbres que siempre caracterizaron al cubano.

Todavía existen —y hacen falta muchas más— Fitas, Marcelas y Onelias, que despiertan sueños; en tanto sea así, seguirán las jóvenes añorando integrar la FMC.

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