La primera vez que la vi fue todo sonrisa. No reparó en dejarme pasar aunque no era mi turno de Biblioteca. Al no poder hacer Educación Física decidí aprovechar los 45 minutos para buscar un libro allí y hacer la tarea que había mandado la profesora Estervina. «Pasa, pasa, a este lugar puedes venir cuando quieras», me dijo Nereida con una dulzura que sentí sincera y gustosa.
Al día siguiente volví. En la semana próxima recibí el primer regalo de su mano: un marcador naranja para los libros que me prestaba. Y hasta que salí en 6to grado, Nereida nunca me abandonó, en los momentos felices y en los más duros. Incluso aceptó ser la guía base de la escuela, a pesar de sus problemas de salud, pues cojeaba de una cadera y no podía correr, brincar y subir lomas con nosotros. Pero su ternura, su felicidad era vernos felices.
Con Nereida aprendí a trabajar con un catálogo; fui por vez primera a la Biblioteca Nacional José Martí; participé en cuantos concursos de Español, Literatura, Poesía e investigaciones eran convocados por el municipio. Era la primera en leer mis composiciones, en marcarme las faltas de ortografía y no dejaba de preguntarme por las notas tras cada prueba.
También peleábamos juntos por la emulación, porque los matutinos fueran más que coros o poemas cuando le tocaba a un grupo organizarlos. Y jamás la vi obligar a nadie porque leyera un libro. Sus clases eran cuentos, narraciones, historias bien contadas, que por un momento pensé que se aprendía de memoria. Pero no. Las interpretaba con una dosis actoral que nos atrapaba desde el primer minuto.
A Nereida jamás le escuché gritar. Ni obligaba a bajar las cabezas como sí hacían algunas auxiliares pedagógicas en el horario de almuerzo. Se podía quedar después de las 4:30 de la tarde si le pedíamos ensayar algo bajo su tutela. Descubrí a Martí poeta, escritor y patriota no con la Edad de Oro, sino con varias investigaciones realizadas cada curso, impulsadas por ella desde tercer grado, para un evento martiano que se efectuaba anualmente entre todas las bibliotecas de escuelas primarias en Centro Habana.
Pudiera contar miles de vivencias más al lado de Nereida, pero dos quedaron selladas desde esa corta edad hasta la actualidad. Fue ella quien me ayudó a conformar mi firma en 5to grado, cuando necesité estamparla en un documento oficial, que por primera vez no firmarían mis padres, sino yo. Estuvimos más de dos horas probando cuál sería, hasta que nació la que aún conservo.
La segunda, gracias a ella, conocí la televisión. Vinieron buscando niños para conducir una revista infantil que empezaría a salir por Tele Rebelde. Nereida no dudó en proponerme y hasta me ayudó para ese «casting» con la dicción y la apariencia. Cuando el programa ENTRA arrancó los sábados a las 10 de la mañana, Nereida fue tan o más feliz que la primera vez que pisé la Biblioteca. Me lo confesó años después, cuando ya graduado de periodismo la vi con un bastón por la calle Neptuno.
La magia de leer en las bibliotecas, de tener mi propio archivo, de siempre tener un libro en la mochila, de amar la historia y escribir con exquisitez, entre otras rutinas, se lo debo a Nereida. Y ojalá su sonrisa cuando lea esto solo denote que no me olvida, como yo jamás la he olvidado a ella.