Una y otra vez pedía: «mamá, carga, mamá, carga», aunque no estuviera cansado ni hubiera gastado mucha energía. Mis piernas eran cortas y los pies se metían hacia dentro sin poderlos dominar. Ya empezaba a cojear un poquito y la preocupación familiar no se hizo esperar. Eran tres años y medio y no parecía normal aquel pedido: «mamá, carga».
La primera consulta médica fue vacilante y nada profunda. «Tranquila, mamá, el niño lo que es un poquito vago. No lo cargue y que camine». Primera lección: noticia falsa sin confirmar, hacer placa o examinar a fondo. Y el niño otra vez al circulo, a sentarse mientras otros corrían y cuando la seño Viviana preguntaba solo respondía: «me duele aquí, estoy cansado…».
Una tarde en la que la desesperación de madre y abuela confluyeron con la mía, al ver que no quería caminar del sofá a la mesa y que ya cojeaba con dolor, me vistieron a la carrera y no paramos hasta llegar en carro al hospital ortopédico Fructuoso Rodríguez. El cuerpo de guardia estaba lleno, pero allí estaba el doctor Rodrigo, de poco más de 40 años y con entradas ya pronunciadas en su cabeza. Jamás lo había visto. Pero fue mi primer Influencer en la medicina.
Me examinó con precisión. Sin apuros y me preguntaba una y otra vez donde me dolía. En unos 15 minutos me mandó a hacer la primera de mis casi 20 placas que acumulé hasta los 10 años. Tenía el olfato de que no era vagancia ni era un niño descaradito.
La confirmación de mi enfermedad llegaría esa misma tarde. Rodrigo la explicó con una síntesis genial: «mamá, el niño parece que tiene la enfermedad de Perthes, una afección que afecta la cabeza del fémur e impacta en la articulación de la cadera. Tráigamelo a la consulta mía pasado mañana para comenzar a atenderlo. De momento cárguelo y que haga mucho reposo.»
Dos días después el doctor Rodrigo puso orden y más a mi vida infantil. Volvió a hacerme placa y junto con la doctora Elvira, una rubia de ojos saltones que me miraba con dulzura, confirmaron que padecía esa enfermedad, pero que por suerte se había detectado bien temprano y era posible solucionarlo sin necesidad de operación. Eso sí, tenía que hacer reposo absoluto y de esa consulta salió todo mi cuerpo enyesado, excepto la zona que me permitía hacer las necesidades fisiológicas vitales.
Cada tres meses tenía consulta en el Fructuoso y el procedimiento del primer año fue: quitarme el yeso, placa, consulta y otra vez yeso. En las placas que conservó mucho tiempo mi mamá se apreciaba como iba mejorando. Hoy sé que los varones padecen más esa enfermedad que las hembras, pero entonces solo preguntaba: ¿y por qué tuvo que tocarme a mi? Yo que quería ser pelotero.
Rodrigo salió a mitad del tratamiento a cumplir misión internacionalista en África, pero Elvira se hizo cargo y nunca dejaba de hacerme chistes en la consulta como si quisiera contribuir a mi felicidad, limitada en casa a un sofá con mi abuela Pucha leyéndome libros de cuentos toda la mañana y mi mamá pasando un trabajo terrible para bañarme en la tarde encima de una lona y echarme talco luego para que el yeso no me diera picazón.
Después del yeso llegó un aparato con tiras en la pierna derecha y una bota más alta en la pierna izquierda. Así entré a la escuela y un pupitre delante de todos tuve en el aula de prescolar. Con la impotencia de la infancia sufría por no poder correr, saltar ni hacer ningún ejercicio físico hasta 5to grado, cuando la doctora Elvira examinó la última de las placas que seguían haciéndome, desde 2do grado cada 6 meses, y me dijo ya con la familiaridad de una tercera madre: «hoy te doy la carta de libertad, ya puedes hacer tu vida normal. Nunca más te va a doler eso. Estás curado».
Son Rodrigo y Elvira de las personas más queridas de mi infancia por haberme permitido volver a caminar sin cojera ni dolor en la cadera. Me salvaron del Mal de Perthes como le dije por mucho tiempo y a ellos les provocaba risa.
Desde los 11 años nunca los vi más. No sé si viven aún, pero en el recuento de Mis Influencers ocupan un espacio de privilegio. Y con ellos va mi afecto a todos los que en las más difíciles circunstancias han salvado tantas vidas o han curado enfermedades como la mía, que de chocolate (Perthes) tenía muy poco y que hoy puedo contarlo porque camino y corro hacia nuevas historias que pronto compartiré.