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MIS INFLUENCERS (III): Julián Iglesias y los soldaditos de plomo

La primera vez que entré a la casa de Julián Iglesias lo hice movido por la curiosidad de niño. Vivía pared con pared a la nuestra, pero su puerta se abría muy poco y cuando lo estaba apenas se veía hacia adentro, pues los bombillos escaseaban en medio de una sala llena de libros hasta el techo. Literalmente hasta el techo.

Entré lentamente un día que su puerta carmelita y pesada no tenía la argolla de arriba enganchada. Sería como las 5 de la tarde y el viejo Julián, de casi 80 años, había acabado de llegar del trabajo. Era periodista de la revista Bohemia y cada semana le regalaba a mis abuelos un ejemplar de la revista.

Siempre, antes de entrar, se recostaba en el marco de la puerta de nuestra sala y preguntaba a mis abuelos en español con z para cada palabra que llevaba s: «¿cómo van por casa, cómo está el pequeño (se refería a mi), le gustó el libro que le dejé?… Eran tiempos de muchas horas acostado en un sofá con mi abuela Pucha leyéndome libros de cuento que Julián proveía para entretenerme y aprender.

Pocos de mi familia habían podido cruzar la barrera de su diminuto apartamento, sacado quizás de esas historias y novelas en los que ronda el misterio sobre lo que puede haber dentro. Según mi abuela había un tesoro de papeles, recuerdos, fotografías, documentos, libros y lo imprescindible para vivir: una camita, una lámpara de noche, una plancha boca arriba en la que se cocinaba la carne, porque a él le gustaba de vuelta y vuelta, a la sumaba un poco arroz, potaje y ensalada que cocinaba Pucha.

Julián había combatido en la Guerra Civil Española y estuvo en un campo de concentración en Francia. Sus cuentos en esos lugares debíamos haberlos grabado aunque fuera en casetes. Lo disfrutábamos con asombro porque no todos los días uno se encuentra un sobreviviente de esos horrores. Claro, solo hablaba de eso cuando él quería, quizás animado por el carisma de mis abuelos, a quienes les hizo un testamento en vida para que se quedaran con su guarida una vez que falleciera.

Llegó a Cuba después del triunfo de la Revolución y casi compró esa vivienda en la misma época que lo hicieron Javier y Pucha. Para todos era parte de la familia y así lo veía un niño de 5 años el día que sin temor a la oscuridad crucé el umbral de su puerta. Caminé despacio y comprobé que era cierto: todo estaba muy oscuro, pero ordenado. Parecía una biblioteca más que una sala. Una vela al final de un estante daba luz a lo que se robó mi atención de golpe.

Julián salió del cuarto y para no asustarme prendió el único bombillo incandescente que tenía en ese diminuto espacio. ¿Te gustan?, me preguntó riéndose y con la complicidad de saber mi respuesta. Me alcanzó uno. Luego otro y no paró hasta darme un tercero. Eran soldaditos de plomo. Jamás había visto ninguno y para él tenía el significado de lo vivido en la contienda española.

Regresé rápido a la casa con ese regalo prestado y valioso. Los tuve por semanas conmigo y hasta nombres les puse a cada uno. Julián me animó luego a tener la colección completa si aprendía a leer.

Tanto fue el cariño que me profesó que desde entonces comenzó a hablarme de la importancia de leer y escribir para poder conocer el mundo a través de los libros. Mis visitas a su casa se hicieron más frecuentes y la colección de soldaditos de plomo casi completa llegó a dormir cerca de mi cama. También me regaló libros de Alejandro Dumas, el primer ejemplar de El Principito y accedió a tirarse una foto conmigo cuando cumplí 6 años. (acompaña este trabajo)

 

 

Julián era periodista, traductor de cuatro idiomas, lector enciclopédico y fue clave en la organización de los archivos de Bohemia, tal y como supe una vez graduado. El día que falleció mis abuelos lloraban sin consuelo. También mi mamá y mis tíos. En mi cama quedaban tres soldaditos de plomo y cuando vinieron a recoger los libros (donados por él a la Biblioteca Nacional José Martí) se los di también a ellos para que la colección quedara intacta como siempre la preservó.

Ya Julián se había quedado en mi para siempre. No necesitaba sus soldaditos de plomo. A él le debo mi primera inclinación a estudiar periodismo. Fue una influencia exacta, humana y total. El día que recibí el Premio Juan Gualberto Gómez por la obra del año del 2023 vinieron a mi mente estos recuerdos y más. A su bondad y amor he tratado de ser fiel. Y aquí lo cuento por primera vez.

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