Cuando vivimos el boom de los Influencers en el mundo de las redes sociales; nada mejor que hablar de influencers que nunca monetizaron ni tuvieron miles de seguidores, pero sí marcaron tendencias y enseñanzas, y se convirtieron en paradigmas a seguir o imitar, al menos para este cronista.
Hoy les propongo conocer el décimo y último capítulo de la serie: MIS INFLUENCERS. Ha sido el más díficil de escribir de todos, pues se trata de mis abuelos maternos, los seres humanos que más contribuyeron a mi formación y que más hondo calaron en mi corazón.
Nos vemos en una próxima temporada con diez capítulos más. Gracias a todos por leer y por sus comentarios. Espero le hayan sido útiles estos post.
Si algún recuerdo guardo de mi niñez con esa mezcla rara, pero deliciosa de cariño e impotencia, es aquella expresión de mi abuela Pucha el día que cumplí 5 años y ella organizó todo para celebrarlo en el aula de prescolar junto a la maestra Melba. «Al yoyo lo quiero doble».
La vida me permitió sentir ese querer triple, cuádruple, quintúple, aunque yo la amaba igual o más desde que su ternura no tuvo necesidad de comprarme dulces para ganar mi corazón, sino que optó por hacerlo leyéndome libros cuentos desde un sillón cuando padecía la enfermedad de Perthes y me cuidaba todo el día para que mi mamá pudiera trabajar.
Su poder y secretos de reina culinaria me lo transmitió sin dogmas ni recetas ortodoxas «para el día que tengas tu casa no dependas de nadie», me decía con sonrisa pícara. Probaba directo al cucharón y podía haberse ganado cualquier cantidad de premios o competencias por sus arroces imperiales, frijoles negros a lo Pucha, pudín de cerelac, croquetas de caldos de pollo o pescado, y dulces de zanahoria y col, que hasta el menos adicto a esos platos terminaba preguntando cómo lo había hecho, pues lucían sencillos, pero de otra galaxia en cuanto al paladar.
Pucha solo dejaba acostarse en la lado de su cama a su nieto mayor y eso alimentaba la ilusión que el olor de su almohada y la ondulación de esa parte del colchón eran únicamente compartidos con «el yoyo que quería doble». Eso sí después que nacieron mis primos (Giusel, Anaicel, Abel y Linet) y mi hermano materno (Vicente) su gran virtud consistió en hacerles sentir a todos sus nietos ese mismo sentimiento que ya había bebido o experimentado en primicia «el yoyo», por ser el más viejo.
Pero Pucha no era nada sin Javier y mi abuelo tampoco sabía respirar sin ella. Su noviazgo empezó con 15 años. Ambos nacieron el mes de marzo y en ese propio tercer mes del año se casaron. Nos criaron a todos, (cinco hijos y este nieto- periodista), bajo brújulas bien definidas: honestos, solidarios, sin violencia contra la mujer, amantes de Cuba y unidos como familia. Ellos eran el horcón de la familia y cuando convocaban nadie faltaba al llamado.
Con Javier aprendí de fotografía, de historia, de lectura y hasta de cómo arreglar bicicletas para ser mi propio mecánico. Jugaba dominó como los Dioses y su pareja preferida era Pucha. Cuando se sentaban nadie podía destronarlos en toda la noche. Y juro que no se hacían señas ni se tocaban por debajo de la mesa. Era una química de jugadores enamorados, porque lo que sí nunca les faltó a ellos fue amor.
Pucha se anotó de primera para acompañar a mi grupo de 3ro y 4to grado las dos veces que fuimos a Tarará (aquel campamento de pioneros que se iba en época de clases y en vacaciones) y estando allá preparaba «las meriendas más ricas del mundo» antes de acostarnos. Era tanto su ángel que en lugar de «abuela de joel», el mismo día del arribo ya todos le decían: Pucha, Pucha, Pucha.
¿Y por qué son ellos la foto de mi vida? Por su valentía para afrontar todas las situaciones, por no dejar nunca de educar (hasta con un gesto), por su entrega al trabajo, por su disposición a compartir lo poco que tuvieran con el vecino, el amigo, la familia. Cómo olvidar que al nacer mi hija mayor no tenía casa donde vivir y mi abuela Pucha soltó en la sala: «vengan para acá, aquí nos acomodamos». Y así fue hasta que pude tener vivienda propia.
Para Javier y Pucha un café mañanero y vaso de café con leche en la noche eran rutinas predilectas. Como también adoraban ver juntos las películas del sábado, las novelas y los dramatizados, aunque Pucha lo hacía desde su silla acolchonada y Javier desde un sillón de rey. Siempre recuerdo que a la hora de comer, se abría la mesa y todos nos acercábamos. Nadie podía quedar fuera de la mesa. Nadie, menos Pucha, quien comía en su silla, pero participaba igual en el debate que casi siempre arrancaba después de escuchar el dramatizado de Alegrías de Sobremesa.
Pucha es la más grande de mis influencias. Javier es el paradigma de padre que intento ser. Todos los días del mundo pienso en ellos y no puedo negar que hacerlo me saca las lágrimas. No fueron los clásicos abuelos complacientes, fueron los raros abuelos que no tenían nada material para ellos, pero acumulaban un arsenal de virtudes y sentimientos para aprender, regalar y crecer como ser humano.
Hoy comparto por vez primera una foto de ellos. Y si lo hago es para que todos los que tengan su Pucha y su Javier vivos lo cuiden mucho como yo los cuidé a ellos. O mejor, como yo los amé, los amo y los amaré hasta el último de mis días.
FIN DE LA PRIMERA PARTE DE LA SERIE: MIS INFLUENCERS