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28 de enero de 1899: Con Martí, desafío al ocupante yanqui

Frustración era la pa­labra adecuada para definir el sentimiento generalizado de los cubanos en aquel año de 1899. Concluida la guerra de in­dependencia, España había abando­nado su preciada posesión antillana, pero el 1.ro de enero de ese año había comenzado la ocupación del país por Estados Unidos.

 

Acto de colocación de la tarja en la fachada de la Casa Natal, 28 de enero de 1899.

Las organizaciones patrióticas cubanas y sus figuras más repre­sentativas defendieron su dere­cho a celebrar actos en honor de los caídos, mientras que la Admi­nistración yanqui se esforzaba en impedirlos por percibir que esti­mulaban las ansias de libertad de quienes no lograron conquistarla después de tantos años de lucha.

Sin embargo los ocupantes no pudieron evitar que antes de cum­plirse un mes de su presencia aquí, se organizara el primer acto público ce­lebrado en La Habana, nada menos que para homenajear al antimperia­lista José Martí, quien había calado hondo en su pueblo como símbolo de la pelea por la independencia, aun­que todavía la hondura de su pensa­miento no se hubiese difundido.

Si un cubano de estos tiem­pos hubiera podido estar presente en aquella conmemoración habría compartido la emoción que embar­gó a sus organizadores, encabeza­dos por Juan Gualberto Gómez, “el hermano negro de Martí” y a todos los que se sintieron convocados al conocer por la prensa que se le ren­diría tributo al Apóstol.

Ese cubano de hoy seguramen­te habría acudido a la marmolería ubicada en Obispo 24, donde se expuso al público la tarja que por iniciativa de los emigrados de Cayo Hueso se colocaría en la fachada de la Casa Natal del Maestro entonces no reconocida como tal y en la que residían personas ajenas a lo que allí había ocurrido.

También habría contemplado cómo el 28 de enero se colocaba la tarja en la fachada del inmueble en una ceremonia sencilla, con la pre­sencia de los organizadores de la conmemoración, y al día siguiente se habría sumado con toda seguridad la multitudinaria marcha desde el Par­que Central a la Alameda de Paula que entre innumerables representan­tes de la sociedad de entonces, contó con comités de obreros, fundamen­talmente tabaqueros, y de emigrados revolucionarios.

Nuestro observador contempo­ráneo se asombró ante lo grandioso de la demostración, que no pudo ser empañada por la persistente lloviz­na que acompañó todo el trayecto y se enriqueció con expresiones de ad­miración al autor de La Edad de Oro de parte de muchos que lo aclama­ron desde las aceras y balcones.

Y por ello compartió la reseña del periódico La Discusión; “sin pecar, en lo absoluto, de exagerados, puede afirmarse que en la manifestación formarían aproximadamente unos diez mil individuos en el Parque y sus alrededores”. Y agregaba: “Al iniciar­se la marcha aquélla, habría unas veinte mil, debiendo calcularse entre noventa o cien mil el número total de personas que en la ciudad han entra­do en movimiento y agitándose con motivo de esta manifestación”.

Lo más emotivo estaba por su­ceder cuando familiares del Apóstol que viajaban en tres autos junto a la marcha hicieron una parada frente a la Casa Natal. Eran ellos el hijo José Francisco, vestido con el uni­forme de capitán del Ejército Liber­tador; Carmen Zayas Bazán, dos so­brinos del Maestro y su progenitora, Leonor Pérez, acompañada por su hija Leonor y el esposo de esta.

Aspecto actual de la Casa Natal, en cuya fachada se conserva la tarja de homenaje a Martí por la emigración de Cayo Hueso. Foto: Isabel Aguilera

Fermín Valdés Domínguez, el amigo del alma del Héroe de Dos Ríos, corrió la cortina con la ense­ña nacional que cubría la lápida si­tuada entre los dos balcones de la fachada de la vivienda, donde decía: “José Martí. Nació en esta casa el día 28 de enero de 1853. Homenaje de la emigración de Cayo Hueso”, acto que se acompañó de estruendosas vivas a Martí. Semejantes expresiones de reconocimiento arrancaron lágrimas de la madre. Tal vez recordó aque­llas palabras del hijo, cuando apenas siendo adolescente le envió una foto desde la prisión con esta dedicatoria: Mírame, madre, y por tu amor no llores: Si esclavo de mi edad y mis doctrinas Tu mártir corazón llené de espinas. Piensa que nacen entre espinas flores. Esas eran ya el cari­ño del pueblo, que veían en él al guía hacia un futuro de libertad.

Finalmente en la Alameda de Paula, donde se había erigido una tribuna, hablaron varios oradores. Dos intervenciones, por lo coinciden­tes atrajeron la atención del testigo de estos tiempos: la de Fermín Val­dés Domínguez y la de Juan Gual­berto Gómez. Ambos reconocieron valientemente en tan adverso con­texto nacional, que aún Cuba no era libre ni independiente; Fermín dijo que no debían los cubanos desespe­rarse, sino tener fe en el porvenir, porque cuando un pueblo quiere ser libre, lo es, y el de Cuba quería ser­lo… Juan Gualberto llamó a la uni­dad para estar preparados con ese fin y en cuanto a los Estados Unidos aconsejó, como pensaba que Martí lo haría, que el pueblo confiara y espe­rase, “que siempre hay tiempo para las determinaciones violentas”.

La celebración fue un desafío. La rebeldía estaba latiente.

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