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Silvio Leonard y el arte de correr contra el tiempo

Silvio Leonard es un tipo sencillo. Conversador. Cuando tiene que reír, ríe, y cuando su propia historia hace por pasarle factura, se mantiene firme, con cicatrices por fuera y heridas por dentro, pero firme.

Silvio Leonard. Fotos: Jorge Luis Coll Untoria

Vive en uno de los apartamentos de los edificios de la zona de Tulipán, en la capital cubana. Abre la puerta, extiende el puño y va en busca del nasobuco antes de desparramarse en un sofá, coronado por unos enormes abanicos que cuelgan en la pared trasera.

Su memoria comienza a removerse en busca de recuerdos y como si de alguna parte llegara la voz de «a sus marcas», parece listo para arrancar y repasar una agridulce trayectoria en los escenarios más relevantes del atletismo mundial.

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Califica como normal su infancia en Cienfuegos. Allí pasaba las horas jugando pelota, al chucho escondido, la pañoleta o algún otro pasatiempo de moda antes de que empezaran las aventuras.

Leonard recuerda que en aquellos momentos existían muchas áreas especiales y se practicaban diferentes deportes. Él escogió el atletismo.

«Con 13 años fui primero en competencias interescuelas, gané en la municipal y participé en la provincial. Sin embargo, no logré hacer el equipo de Las Villas a los Juegos Escolares. Entonces, al año siguiente realicé las pruebas para entrar en la Eide».

Inspirado en figuras como Miguelina Cobián y Enrique Figuerola —su ídolo hoy en día— disfrutó la estancia en la beca y evolucionó poco a poco para convertirse en un prospecto de la velocidad.

«En mi familia casi todos eran deportistas: Elena Sarría, Irene Martínez. Ya cuando voy a la Eide, Elena estaba allí y mis allegados me apoyaron en todo momento. Era una beca muy educativa. No pasé trabajo, había bastantes compañeros de Cienfuegos y tenía a mi prima.

«Las condiciones siempre fueron buenas. Ahora mucha gente se queja. Cuando yo estuve, teníamos mejores posibilidades en cuanto a alimentación, vestuario…», afirma y recuerda con un particular brillo en sus ojos el espectáculo que significaban los Juegos Escolares.

«La delegación de Las Villas constantemente era la mejor vestida, porque de eso se encargaba la textilera. Teníamos un uniforme para desfilar, otro para las prácticas… Aquello era una olimpiada, una fiesta.

«En todas esas casas de Miramar nos hospedábamos. Los Juegos de antes no se parecen en nada a los de ahora ¡Los de antes sí eran Juegos Escolares! Se pasaban como cinco días ensayando el desfile y cuando uno salía, ni hablar de lo que era la organización… Y el día de la inauguración era lo más grande. Ahora ves a los muchachos que uno no tiene tenis, al otro le falta tal cosa», dice, mientras gesticula y su rostro se agrieta en una expresión de desencanto.

Los buenos resultados que cosechó en la Eide lo catapultaron a la Espa Nacional, después de haber conseguido oro en los 200 metros planos y en el relevo 4×100 en el torneo Esperanza Olímpica de 1971.

«La Espa tenía una disciplina, un reglamento estricto, pero todo era bueno. Figúrate que para ir al comedor uno tenía que marchar desde los albergues. Al comedor pasaba la mejor fila y los jefes eran alumnos. Del albergue no se salía hasta que todas las camas estuvieran tendidas y competíamos con las hembras para ver quién lo hacía mejor».

En 1973 Leonard ya se posicionaba como una de las figuras de referencia en Latinoamérica con un tiempo de 10.24, alcanzado en la Universiada, y posteriormente arrasó en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de República Dominicana en 1974.

«Tuvimos la base de entrenamiento en Panamá, porque era la primera vez que iba a correr en sintético y aquí en Cuba todavía no teníamos. Llegué a Santo Domingo con buenos resultados y gané tres medallas de oro», dice, restándole importancia al asunto.

En 1973 fue elegido novato del año y en 1975 resultó el mejor atleta del continente en la encuesta de Prensa Latina.

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«Cuando hay frío, me duele». Se toca la espalda baja, antes de recorrer con su mano la ruta del dolor que se apropia también de la pierna hasta un poco antes de la rodilla. Al mismo tiempo, su mente lo remonta a aquel fatídico accidente en los Juegos Panamericanos de México, en 1975.

«En el ’75 tenía una lesión en la columna. Cuando corría muy fuerte, una vértebra se movía y me comprimía el nervio ciático, al punto que me quitaba la fuerza de la pierna. Aún así, entrenaba. El doctor Rodrigo Álvarez Cambras me bloqueaba para no sentir el dolor, pero ya para la final de los 100 metros había un poco de molestias.

«Al arrancar fuerte lo noté y aguanté un poco. Sin embargo, en el último tramo vi que el trinitario Hasely Crawford se estaba acercando, le puse la máxima velocidad y entré primero. Me dio el tirón y es cuando la gente ve que salto, y fue por eso. Entonces, caí por un foso, pues habían quitado la cerca para entrar una cámara de televisión y al no poder doblar en la curva, porque la pierna no me respondía, seguí directo al hueco, que tenía como tres metros de profundidad.

«No resultó tan fuerte el golpe, porque me aguanté de la cabilla que tenía la cerca, pero caí con todo el peso sobre una sola pierna, ya que la otra no sentía nada. Me hice un esguince en el tobillo y no pude correr 200 metros, pues lo del nervio se podía contrarrestar con diferentes tratamientos, pero el esguince no».

—¿Le produjo sentimientos encontrados este evento?

«Sí. Estaba contento por ganar en el hectómetro, aunque afectado, porque no pude correr 200 y también teníamos un buen relevo y perdimos la posibilidad de realizar una marca. Tuve que conformarme con un oro».

Después de ese infortunio, Leonard pasó por las manos de Álvarez Cambras, en una operación que lo dejó 45 días inactivo. «Luego no hubo más problemas con esa lesión. Ya sabía que debía calentar bastante, recibir masajes con hielo y hacer fortalecimiento».

No obstante, la mala fortuna se empeñaría en perseguirlo para frustrar por primera vez el sueño de convertirse en campeón olímpico en la cita de Montreal ’76.

«Había un compromiso de obtener una medalla de oro antes del 26 de julio o ese mismo día. Las esperanzas éramos Emilio Correa (boxeo) y yo. A Correa lo eliminaron y en nuestra habitación se produjo un altercado que condicionó mi participación.

«Entre los productos de aseo personal dieron unos talcos marca Brisa. Alberto (Juantorena) cogió y lo echó en las camas de todos los corredores y cuando la gente llegó, empezó a buscar quién había sido, porque esa persona no iba a ensuciar su propia cama. Vimos que fue Alberto. Entonces hubo una discusión con Carlos Álvarez y Francisco Gómez. Yo entré al baño a lavarme los dientes y Alberto les dijo que no discutieran más, que había sido él. En ese momento voy saliendo y tiran un pomo de grasa de pelo que choca con la pared, se rompe y de rebote me corta en la zona del tobillo como si fuera un cuchillo», su mano recoge el pantalón y muestra la cicatriz sobre la piel ceniza de la pierna izquierda.

«La gente vio el chorro de sangre, vino Álvarez Cambras, me sacó el vidrio y me dieron los puntos».

Mientras tanto, los titulares amarillistas propagaban la noticia: «¡Accidente en la delegación cubana, cortaron a Silvio Leonard!». Faltaban apenas cuatro días para la carrera y él no iba a dejar de correr en sus primeros Juegos Olímpicos.

«Álvarez Cambras hizo un buen trabajo y cuando Crawford, que iba casi todos los días a llevarme comida, me vio en la primera carrera con los puntos, dijo: ‘ustedes los cubanos están crazy, fajarse en una olimpiada… y tú estás más loco de correr así’.

«Lo que más me afectó no fueron los puntos, sino el tiempo que estuve en cama, inactivo. Si hubiera podido ir a la pista, hubiera llegado al final. Salí a correr porque era mi primera vez en unos Juegos Olímpicos. Tenía que morirme ahí. Crawford decía que esa era la olimpiada del Caribe en los 100 metros: él, Donald Quarrie y yo».

Ostenta el record nacional de los 100 metros planos con registro de 9.98.

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Para 1977, la suerte de Silvio Leonard parecía empezar a cambiar. El 11 de agosto de ese año, en la Copa América de Guadalajara, México, el cienfueguero se convirtió en el segundo corredor de la historia que superaba la barrera de los diez segundos en los 100 metros planos. Detuvo los relojes en 9.98, nueve años después del hito del norteamericano Jim Hines y su crono de 9.95.

«Cuando corrí 9.98, podía haberlo hecho mejor. Figuerola luego me dijo que no fue un tiempo superior porque quise poner más velocidad y me contraje un poco. A la hora de arrancar en esa competencia dije: ‘voy menos de diez segundos’. En aquel momento no te eliminaban por salir en falso.

«La primera vez el trinitario se llevó la arrancada y en esa carrera el pre arranque mío estaba muy acelerado, no paraba de sudar. Le decía a Osvaldo Lara: ‘¡mira cómo estoy sudando!’. Luego otro corredor volvió a arrancar en falso. Fuimos de nuevo a la línea y cuando dijeron ‘listos’, pensé: ‘si hay otra arrancada en falso, esa es mía’, y salí con el disparo y dejé a todos atrás».

Por esas fechas se encontraba a muy buen nivel en las pistas y sumó a su palmarés las preseas de bronce en 100 y 200 metros en la Copa Mundial de Dusseldorf ’77, oro en 100 y 200 en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Medellín ’78 y los Panamericanos de Puerto Rico, en 1979, y también plata en 100 y oro en 200 en la Copa Mundial de Montreal, ese mismo año.

Con tales antecedentes, la cita olímpica de Moscú ’80 se antojaba perfecta para sacar la espina que le había dejado su anterior participación, pero, una vez más, la mala suerte lo rebasó en la carrera por el oro olímpico.

Silvio Leonard se encuentra entre los 100 atletas más destacados del siglo XX en Cuba.

«En esos Juegos Olímpicos le hicieron trampa en todo momento a los cubanos. A mí me pusieron a correr por el carril uno, el más malo, gastado por las carreras de fondo. La pista nunca está a nivel, porque se corre 5 000 y 10 000. Además, ahí no se ve bien a los rivales.

«Y fue lo que pasó. Iba delante, y para ver tenía que girar la cabeza. Los que venían detrás si me veían a mí, y Allan Wells se tiró en el último momento y me ganó el oro en foto finish. Cuando miré, dije: ‘¡ah! Me ganó por tirarse'», recuerda, con los ojos apagados y señales de consternación en su rostro.

«Pero no se podía hablar mal de los soviéticos —continúa—. Cuando fui a dar declaraciones a la prensa, nada más que dije eso me llamaron la atención. En los 200 me volvieron a meter en la uno. El carril que me tocaba a mí se lo dieron a Lara. Ahí es donde único se ha visto eso. Los mejores tiempos siempre van por el centro».

Cuando habla de esto, parece luchar contra los demonios que le despierta el recuerdo de aquella carrera. No quiere pensar en qué hubiera pasado si se hubiese lanzado en los últimos instantes. Quizás ya lo ha pensado tantas veces, con tantos matices, que prefiere, si tuviera la posibilidad de correr de nuevo, ganar en sus términos.

«Si le diera para atrás… que pusieran la carrera como debió ser legalmente», gira lento la cabeza y sigue: «Me da un sabor agridulce. Yo siempre me tiraba, ahí no lo hice… Él se tira porque me ve. Si hubiéramos ido en la tres y la cuatro, lo hubiera visto y me tiraba también».

Posteriormente, sus resultados comenzaron a descender. En los Juegos Panamericanos de Caracas ’83, se llevó la plata en el relevo 4×100 y dos años después llegó el momento del retiro.

«Vinieron muchachos jóvenes y uno no puede retirarse con derrota, ni esperar a que le ganen. Una vez quisieron despedirme en el Pedro Marrero, y la gente se preguntaba dónde yo estaba. ¿Tú crees que yo iba a correr contra Simón, Peñalver, que estaban subiendo? ¿Que delante de mi público voy a entrar tercero o cuarto? Porque ellos no me iban a dejar ganar y luego: ‘¡Ah! el día del retiro de Silvio le gané’. Na’…».

Al hablar de la actualidad de la disciplina, opina que hay talento, duda entre las diferentes causas que impiden la consecución de resultados y comienza a mencionar prospectos que se han marchado: uno, dos, tres, cuatro, cinco… y así.

«Tú puedes tener las condiciones de equipo nacional, pero si estas en edad de Espa allí deberías estar. Hay muchachos que llegan muy jóvenes al equipo nacional y con 14 años ya tienen todos los privilegios de atletas consagrados. ¿Con qué van a motivar a esos talentos más adelante? No han hecho nada y ya les ofrecen lo mismo que a otros con resultados, porque al final forman parte del equipo».

De entre todos los contrincantes que tuvo, guarda un sitio especial para su rivalidad con Crawford, Mennea, Quarrie, Steve Williams y el compadre Osvaldo Lara. Su espina es profunda. A veces lo lacera por dentro, proviene del violento frío de Moscú: «Esa ya no se va a poder quitar. Moscú ’80 fue la olimpiada de la trampa», ratifica.

Igualmente integra el Salón de la Fama de la Confederación Centroamericana y del Caribe de atletismo.

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A un costado del edificio, bajo un espacio construido con cuatro tubos y una teja que hace las veces de techo, guarda el Peugeot 206 que le regaló Fidel Castro en el año 2001. Es verde oscuro y ahora mismo está «parado».

Para Leonard dejó de ser creíble la atención a los atletas. «Eso es para unos cuantos», dice, antes de afirmar que era distinto cuando estaba el Comandante. Comenta que uno de sus principales desacuerdos está en el hecho de tener que permanecer doce años en el alto rendimiento para poder recibir los beneficios de haber ganado una presea olímpica.

«Quien determinó eso no fue atleta nunca. Es alto rendimiento: fogueo, fogueo. Resulta difícil estar tanta cantidad de tiempo. La primera medalla olímpica después del triunfo de la revolución es de Enrique Figuerola, que estuvo 10 años».

Por lo singular de su trayectoria lo han apodado «el corredor de la fatalidad» y «el de las penas y las glorias». Él considera que sí, que tuvo méritos, pero un camino plagado de adversidades.

«Tuve glorias y muchas dificultades para obtenerlas: lesiones y accidentes, que cuando te pones a ver no fueron culpa mía, por ejemplo, perder una medalla cuando mejor estaba en Montreal ’76».

Leonard ama la vida, como mismo amó la carrera de 100 metros. Para él, ambas llevan sacrificio, voluntad y entrega. El destino puede haberse puesto en su contra más de una vez, pero lo verdaderamente importante es seguir adelante, hacia la meta: «Mírame aquí», concluye, con el mismo semblante con el que abrió la puerta antes de contar su historia.

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