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La última carrera de Roberto Hernández

De adolescente disfrutaba su cuerpo de lado cruzando la curva de la pista y llegando a la meta primero que muchos «jerarcas» del mundo. De graduado de periodismo le realicé una de mis primeras entrevistas en busca de ese testimonio puntual por aquella plata olímpica del relevo 4×400 en Barcelona 1992, que algunos olvidaban mencionar cuando vale casi como el oro.

De vecino compartimos varias veces en la cola de la panadería y por la calle Infanta, arriba y abajo, de Manglar a la Esquina de Tejas y viceversa. De cronista la noticia me sorprendió este 5 de julio por inesperada y dolorosa. Roberto Hernández no reirá a plenitud como lo hacía al hablar de su época de corredor. Tampoco me pedirá opinión sobre el triunfo de Matanzas en la pelota. Perdió su última carrera. Y solo a los 54 años.

Ahora podrían venir a estas líneas todos sus amigos, Sotomayor, Ana Fidelia, Pedroso, Yoelbis, y otros tantos entrenadores y federativos. El propio Alberto Juantorena, que vio con orgullo a Roberto romper su récord en 400 metros con un tiempo temible, ya mostró su consternación. No volver a compartir la alegría, el desenfado y la sinceridad de «Angola» (como le llamaban muchos de cariño) es como no poder arrancar una carrera por más que suenen diez disparos.

Quizás ahora toque pensar cuán traicionero fue su corazón para dejarnos sin él cuando estamos a punto de otros Juegos Olímpicos, en los que desde ya toda la delegación de atletismo debería dedicarle sus triunfos y actuaciones a una de esas figuras singulares, que en la panadería, hace unas semanas, me saludó con ojos caídos, cual presagio de que se acercaba su última carrera. !Doloroso!

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