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Jaime Jefferson: «Siento que pude haber sido medallista olímpico» (+Fotos e Infografía)

De niño soñaba ser como su vecino, el saltador Milán Matos. Unos escasos 50 metros separaban su casa de la vivienda del campeón y verlo llegar tras cada competencia lo fue llenando de aspiraciones.

Jaime Jefferson Guilarte nació el 17 de enero de 1962. Fotos: cortesía del entrevistado

Jaime Jefferson Guilarte pasó su niñez en Guantánamo entre el baloncesto y las carreras de velocidad en el barrio. Después de las tareas se iba pa’ la calle con sus amigos José Luis, Sebastián y Ruperto, a quienes no olvida a pesar de la distancia.

Hoy no vive en su tierra natal. Ni siquiera está en la Isla. Y aunque el acento mexicano a veces se entromete en su discurso, no se desliga de su pasado y recuerda con mucha precisión los grandes momentos de una extensa trayectoria dedicada a representar a Cuba.

Todavía se evocan sus saltos y medallas, pero todo tiene un trasfondo. Como dijera Rubén Darío: «La vida es misterio; la luz ciega y la verdad inaccesible asombra». Él no queda exento de esto.

Primeros saltos

«El deporte llegó a mi vida cuando tenía 12 años. Siempre me gustó jugar básquet y era bastante habilidoso y técnico, aunque no era tan alto como se necesitaba. Pero se hacía emocionante ser seleccionado para el equipo de la provincia. Obtuvimos un cuarto lugar y un oro en la categoría 15-16», recuerda.

Sin embargo, su vida no iría de encestar balones y eso se supo cuando dio un salto inesperado en unas competencias interescuelas. «Faltaba un saltador y decidí hacerlo. Era como un juego. José Luis Isalgué me prestó unos pinchos, era la primera vez que me ponía esos zapatos en mis pies, y resultó que el primer intento de mi vida fue de siete metros y siete centímetros. Así se dio el cambio al atletismo».

Con 19 años, tras quedar segundo en una lid sub 20 realizada en La Habana con una marca de 7.25 m, no pudo entrar a la Espa Nacional por estar «pasado de edad».

«Llegar al equipo nacional fue una cosa muy rápida. Después de que se hizo la selección juvenil, que no integré, el entrenador Rolando Diez Siré se lo comentó a Julio Bécquer, director técnico del área de salto, y me mandaron a una base en Santiago de Cuba. Eso fue en agosto de 1982. Empecé a entrenar con Siré y en diciembre salté 7.92 m y el siete de marzo del 83 llegué a los ocho metros.

«Nunca se me olvidará que cuando no pude entrar a la Espa, Siré se volteó y les dijo a los jefes: ‘Que no se les olvide que me dieron al mejor saltador de Cuba’. En aquel entonces Juan Ortiz era un atleta que venía con mucho talento a los 18 años y lo veían de esa forma».

Jaime Jefferson en su época de atleta activo. Foto: Lázaro Rodes

Tras entrenar fuerte en la base de Santiago, una violación de las normas de la beca por poco frena su progresión. «Nos quisieron sancionar, porque uno de nuestros compañeros salió a buscar comida y después unas muchachas se metieron al cuarto y las vieron, nadie estaba haciendo nada, pero las vieron y el castigo era no participar en el Campeonato Nacional o en el Memorial Barrientos y normalmente si no competías en esos certámenes deberías irte a descansar, pues eran los eventos que determinaban todo.

«Fuimos para La Habana escondidos, como aquel que dice. Seguimos entrenando hasta que llegó la competencia. Por suerte, a Jesús Molina le llamó la atención mi salto de ocho metros y dijo: ‘Yo no sé lo que van a hacer, pero a él no lo sanciona nadie'».

El equipo nacional era el siguiente paso en la carrera de Jefferson, deslumbrado por la figura de David Giralt en los primeros entrenamientos y siempre pegado a su amigo Ubaldo Duany Lebeque.

«Mi primera competencia en el extranjero fue en Rusia. No pasé ni a la final. Imagínate -cuenta entre risas-, mi primer viaje. Había como cinco o seis grados, aquello era un desastre con los abrigos que no tapaban nada. Después brincamos a Suecia y por suerte implanté records en tres eventos allá».

Pronto tendría la primera prueba de fuego: los Juegos Panamericanos de Caracas 1983, donde se convirtió en el primer saltador de longitud cubano en subirse a lo más alto del podio en estas lides.

«Era la primera competencia de envergadura para mí y fue una sorpresa llegar y ver tantos equipos. Toparme con un elenco norteamericano que venía muy fuerte y llegar a medirme con la élite era un sueño.

«Ese título lo recuerdo a cada rato. Nunca tuve miedo, siempre estuve seguro de mí, a pesar de que era mi primera prueba de nivel mundial. Estaba muy tranquilo, habíamos hecho unos controles en los entrenamientos, porque llegamos a Caracas como una semana y media antes, y ya había saltado 8.20 m.

«Con 8.03 m obtuve el primer lugar. Fue una competencia muy bonita, Ortiz saltó 7.91 y el norteamericano Vesco Bradley 7.99. Esa medalla significó mucho. Al llegar a mi ciudad, el recibimiento en mi cuadra fue grandísimo, cerraron la calle, buscaron grupos musicales, lo más grande», cuenta emocionado.

Banderas rojas y viento en contra

Con el ímpetu que generaba en él ser monarca continental, la cita olímpica de Los Ángeles 1984 era el próximo objetivo de un joven atleta que se sentía en plenitud de forma. Sin embargo, la noticia de que Cuba no iría a los Juegos le dejó una espina que aún le escuece en sus adentros.

«Fue muy triste no asistir a los Juegos Olímpicos. Había hecho un comentario en la prensa de que saltaría entre 8.30 y 8.40, lo cual causó mucha polémica, unos me creyeron y otros no. Al final de la jornada no participamos y salté 8.37 m en los Juegos de la Amistad. Sería subcampeón olímpico en estos momentos.

«El máximo sueño de un atleta es ir a unos Juegos Olímpicos y en aquel entonces me causó dolor, porque ya venía preparándome, entrenando y pensando mucho en una presea olímpica y no asistimos por decisiones extradeportivas. Al conocer que no iría nos conformamos. ‘No se puede’, ‘no se va’ y a conformarnos. Seguimos adelante, participamos en los Juegos de la Amistad y nos dieron unas medallas. En aquel entonces apoyábamos mucho lo expresado por Fidel».

El metal plateado de los Juegos de la Amistad tiene una historia turbia, y en su opinión le birlaron el primer lugar, tras una jugarreta de los organizadores. «Verdaderamente digo que esa competencia la gané. Realicé un 8.37 y Konstantin Semykin saltó 8.38. Último salto de competencia, la única vez en su vida que me ganó. Eso fue un engaño, un robo y los mismos rusos me lo decían».

Se planteó que las medallas de los Juegos de la Amistad serían consideradas como preseas olímpicas. ¿Resultó así en la práctica?

«Fue duro, porque al pasar los años cada vez que exigíamos algo lo primero que nos decían era: ‘Ustedes no son medallistas olímpicos, esto es para los medallistas olímpicos’. No recordaron que no asistimos a Los Ángeles no porque no quisiéramos, sino por problemas políticos. Se dijo que se iba a considerar, pero no fue así. No tenía ningún significado. Solamente quedó en palabras».

Foto: Perfecto Romero

Jefferson sumaría luego a su hoja de logros el oro en los Juegos Centroamericanos de Santiago de los Caballeros, en 1986, y un bronce en los Juegos Panamericanos de Indianápolis al año siguiente, donde cayó nada más y nada menos que ante un fuera de serie como el estadounidense Carl Lewis y su compatriota Larry Myricks.

«El tercer lugar no lo voy a olvidar y me imagino que ningún norteamericano. Cada vez que hablo con gente de Estados Unidos lo primero que me mencionan es Indianápolis. Es una de las finales más fuertes que se han dado en el mundo. Imagínate saltar 8.51 y obtener una medalla de bronce detrás de los saltadores élite del planeta como Carl Lewis y Larry Myricks, que en aquel entonces eran los bárbaros.

«Recuerdo que por el nerviosismo de competir contra ellos, empezamos el calentamiento y a la hora de comenzar la final estaba en trusa. No tenía el short. Yo estaba casado con Ester Petitón, que iba a correr 400 metros, y ella se quitó el suyo y me lo prestó para que saltara.

«Al final se dio un duelo muy bonito. Siempre estuve subiendo con cada intento. Ellos no iban a participar, pero ya le había ganado a Myricks en Atenas y decidieron que fueran, porque si no lo hacían, era probable que Estados Unidos perdiera el oro».

Ese mismo año, para muchos de forma inexplicable, acabó sexto en el Mundial de Roma, aunque su versión aporta elementos quizás desconocidos y probables, teniendo en cuenta las irregularidades en las mediciones que posteriormente provocaron que la Federación Internacional de Atletismo anulara el salto que le había valido la medalla de bronce al local Giovanni Evangelisti.

Según reportaba el diario El País, «un video de la televisión italiana demostró que existió un error en la medición del salto, que fue realmente de 7.80 m. La falsificación de la medida supuso la dimisión de tres dirigentes y cuatro jueces». Jefferson ríe y se dispone a continuar.

«Habíamos acabado de regresar de Indianápolis. Llegamos a Roma e hice el salto de clasificación. En la final el italiano Giovanni Evangelisti saltó 8.38 m, vine detrás y caí después de su marca, es decir, si él había llegado a 8.38, mi intento fue de más de 8.40. Al final registraron 8.16 y la grada empezó a abuchear. Si yo llegué más lejos, ¿cómo me ponían menos? Quedé en sexto lugar, pero hubiera sido medallista de bronce».

Para 1988, una vez más tuvo que posponer su sueño olímpico, cuando se anunció que Cuba no asistiría a la cita de Seúl. La decisión, 34 años después, aún no la entiende y su tono se sobresalta. «Volvimos a lo mismo. Se privó a muchos atletas de dos Juegos Olímpicos. Sinceramente hoy siento que pude haber sido medallista olímpico».

La Habana, Tokio y Barcelona: tres ciudades con diferente sabor

En 1990 Jaime Jefferson logró la mejor marca de su carrera. El guantanamero llegó hasta los ocho metros con 53 centímetros, con lo cual demostró que todavía le quedaba batalla por dar. Hablar del año 1991 le provoca sentimientos encontrados. Fue subcampeón del mundo en pista cubierta, en Sevilla, y recuperó la corona continental en La Habana, pero una vez más en el mundial de Tokio quedó a deber.

«El 91 fue un año muy bonito. Las medallas en el Mundial bajo techo y los Juegos Panamericanos significaron mucho, pero también acabó siendo una temporada dolorosa. La competencia fundamental para el país eran los Juegos Panamericanos del 91 y al dar todo, llegué después al Campeonato Mundial de Tokio y fue un desastre. Ocupé la novena posición, ya no tenía fuerzas, no estaba igual, pues nos centramos demasiado en los Panamericanos… En ese momento era darle el oro al país y se logró ganar a Estados Unidos.

«No es que me quedara decepcionado por el resultado de Tokio, sino que me sentía frustrado, porque estaba muy bien y por el compromiso de darlo todo para un evento, lo cual apoyé, se perdió otro resultado que pudo ser más relevante».

¿Cómo recuerda la lid de La Habana?

«Fue una satisfacción muy grande, ya el pueblo cubano me conocía. Abrí con 8.26 y era emotivo ver a Fidel aplaudiendo y después haciendo una anécdota en la que decía que ver a un hombre saltar ocho metros era como entrar por la sala de una casa y salir por el patio en el aire. El oro lo valoro mucho, además de aparecer en los libros dentro de ese grupo que consiguió por primera vez en la historia derrotar a Estados Unidos en unos Juegos Panamericanos».

Finalmente, en 1992, le llegó la tan anhelada participación en Juegos Olímpicos. Barcelona le abrió las puertas a la delegación cubana, que realizó la mejor actuación de su historia.

«Tenía 30 años, pero me sentía bien todavía. Fui quinto lugar. Llegamos con muchas posibilidades Iván Pedroso y yo. Pensábamos discutir medallas, que el bronce podía ser de cualquiera de los dos, sin embargo, apareció Joe Greene que sorprendió con 8.34, Iván saltó 8.11 y yo 8.08. Ese quinto lugar, a pesar del tiempo, lo viví muy bien, nada más que ser un atleta olímpico es una de las cosas más grandes que pueden existir».

En los entrenamientos en México.

En el camino: Últimos saltos y tropiezos

En 1993 Jefferson volvió a firmar una temporada exitosa con las preseas de bronce de los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Ponce, Puerto Rico, y el Campeonato Mundial de pista cubierta en Toronto, Canadá.

Esto sería el comienzo del sendero del retiro. Con 33 años aún le alcanzó para conquistar el subtítulo panamericano en Mar del Plata 95 y asistir luego, en 1996, a sus segundos Juegos Olímpicos en Atlanta, donde una lesión no le permitió volver a ser finalista. Eclipsado por la figura de Iván Pedroso y alejado de la simpatía de ciertos directivos, no le quedó otra alternativa que colgar los pinchos.

«Me sentía muy bien. En Cuba solamente me ganaba Iván. Me di cuenta de que era la hora de irme cuando trajeron a un nuevo comisionado por amistad, como siempre. Me pusieron a eliminarme en 1998 y pese a que gané las tres eliminaciones, decidieron llevar a otro atleta. Entonces dije: ‘Este es el momento, porque si siendo un caballo de batalla, nada más me gana Iván, gano las eliminaciones, y no me llevan…’.

«Después me dijeron que querían desarrollar a la juventud y entendí que la juventud se desarrollaba ganando, no regalándole absolutamente nada, como mismo me gané las cosas. Decidí irme. Tenía la esperanza de retirarme en Caracas, donde empezó todo. Hubiese sido una historia muy bonita, que frustraron una vez más los dirigentes del atletismo en esos momentos, cuando ya no estaba Jesús Molina, que era un caballo en esas cuestiones».

¿Hubo nostalgia después de esa decisión?

«Cuando uno se retira porque se harta de un mal trabajo y siente que te desechan con tanta facilidad, se va sin deseos de volver. Creí que era el momento de hacer otras cosas. Incluso estuve dos años sin querer saber del atletismo, pues no encontraba lógica a lo que se hacía y yo era reserva de cuadro, militante de la juventud, del partido…», cuenta con resentimiento.

Unos años después, cuando bajó el calor de lo sucedido en el último capítulo de su carrera como atleta, Jefferson llegó a convertirse en jefe del área de salto del equipo nacional, antes de que nuevas circunstancias extradeportivas lo condujeran a salir de Cuba.

«Estuve de jefe de área, se obtuvieron buenos resultados y después decidí irme del país, porque necesitaba reunir dinero de nuevo para comprarme un carro, porque el que supuestamente me ganaba no tenía valor y había que justificarlo», dice y se impulsa a continuar con palabras que salen como puñales o espinas atoradas, de esas que no dejan tragar.

«Teníamos un sistema en el que, a pesar de todo lo que se pudiera decir, contábamos con mucho apoyo. No tengo nada que reprocharle a Fidel ni a la Revolución, porque si fui un buen deportista se lo debo a la Revolución y hoy soy Licenciado y tengo lo que tengo gracias a mi país. Pero hay muchas cosas que debieron haber cambiado. Nos pasamos la vida diciendo que todo estaba en constante cambio y desarrollo y cambiábamos, pero no nos desarrollábamos. No puedo criar a mi nieto como me criaron a mí, porque los tiempos no son los mismos y el hombre se va transformando.

«Sin embargo, al atleta le sigue pasando igual y lo que nosotros vivimos ya no lo pueden vivir los de ahora. Pienso que se debe cambiar. Todo el mundo compite por clubes, entonces lo que debemos hacer es vincularnos, solamente con una cláusula que diga que cuando vengan unos Juegos Olímpicos o Panamericanos el deportista que está en clubes tiene que representar a nuestro país. Así dejarán de abandonar la nación por salir a buscar lo que necesitan».

El actual entrenador del Centro de Alto Rendimiento del Estado de Nuevo León y de la Universidad Autónoma de ese lugar, cuenta que ha visitado un par de veces la Isla desde que está allá, pues aquí se encuentran muchos de sus amigos y familiares.

«No me siento víctima del olvido… Pienso que me tienen en cuenta en las reseñas, y a pesar de estar aquí en México, me recuerdan cada vez que hay una competencia fundamental», añade.

Jefferson afirma no arrepentirse de nada. «Opino que cada cosa que hice debió ir en su momento. Al pueblo cubano decirle que sigan luchando, que disfruten. Somos luchadores y siempre habrá forma de mejorar».

Él no es misterio, es una estrella cubana que aún reluce. Su verdad es ahora menos inaccesible y puede que todavía a alguien le asombre.

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