Celia Hernández López: corazón desbordado

Celia Hernández López: corazón desbordado

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| fotos: Heriberto González
| fotos: Heriberto González

A pesar del mérito extraordinario de ser la primera mujer en llevar sobre su pecho la estrella de Heroína del Trabajo de la República de Cuba, Celia Hernández López anda por este mundo con la certeza de que no ha hecho nada excepcional, y asegura, con infinita modestia, que su gran mérito ha sido trabajar, trabajar muy duro desde que nació hace casi 81 años en el barrio rural de San Blas, bien cerquita de El Cangre, la comunidad mayabequense donde reside y es la persona más notoria.

Por aquellos contornos cualquiera sabrá decirle que Celia vive en el edificio que está al fondo del policlínico. “Pero no se equivoque, coja la escalera del medio, y en el primer piso, en el apartamento de la izquierda; es ese”, me respondieron cuando pregunté por su vivienda no más divisar a lo lejos las primeras edificaciones del singular pueblito construido a instancias de Fidel en uno de los tantos recorridos campesinos del líder revolucionario por los años 60 del pasado siglo.

Me esperaba a la puerta de su casa y al verla por primera vez me sorprendió su pelo negro. “Es que no me gustan las canas”, me dijo. Vive sola. “Mientras no sea una carga no hay problemas, de todos modos la familia está aquí cerquita, también en El Cangre”. Su piel evidencia el peso del esfuerzo de toda una vida de sacrificios, pero se encuentra enérgica, vital. “Tengo tres hijos, ocho nietos y 10 bisnietos, y padezco de gastritis crónica y hernia hiatal. Lo demás es vejez”.

Su primera historia

Su primera historia, su infancia, es la misma de cualquier niña campesina con un porvenir limitado por la falta de juguetes, la mucha escasez, el no saber lo que era un baile y ni siquiera conocer la luz eléctrica. “Pero sin trabajar en el campo —me dice— pues papá no quería que lo hiciéramos y solo nos ordenaban tareas en la casa. También alimentábamos algún puerquito en los corrales. Sí, porque papá los vendía y así podía comprarnos alguna cosita”.

Cuando no fue más que una adolescente de 16 años y sus encantos pugnaban con la estrechez de sus ropas y encandilaban los ojillos de los guajiros del lugar, actuó como la mayoría de sus contemporáneas: se casó. Al triunfo de la Revolución ya tenía tres muchachos y solo un tercer grado “marrullao”, como prefiere llamarlo.

“Ahí empezó mi verdadera vida, rememora, la que me ha dado todo, porque con 25 años trabajé en Tarará con los alfabetizadores. Yo era la cocinera en el albergue, porque no sabía hacer otra cosa; pero aunque allí estuve siete años, ese trabajo no me gustaba.

“Entonces comencé en los pozos de petróleo de Guanabo, también como cocinera. Donde se abría un pozo ahí estaba yo, fuera donde fuera, incluso una vez me mandaron para el Mariel y a un lugar que llamaban Las Carabelitas, en Pinar del Río. Es que yo era muy atrevida”.

¡Y se hizo machetera con 40 años!

Por esa época dejaba a los muchachos con sus padres y se dedicaba por entero a la cocina con la gente del petróleo. Ya tenía fama por su tremendo espíritu de trabajo, pero nunca había pisado un cañaveral. “No sabía lo que era una mocha, y por primera vez llegué a un campo de caña en 1973, ya con 40 años”, evoca gozosa, como quien recuerda alguna maldad ya olvidada.

Celia posee muy buena memoria. Y salpica su historia con incontables anécdotas, pícaras y socarronas algunas. “Hacía tiempo que ya estaba divorciada cuando cocinaba en Tarará. Y para que usted vea, nunca me dio por volverme a casar; eso me permitía la libertad de irme a trabajar a donde quisiera.

“El primer campamento fue en Pedroso, aquí en el mismo Güines y yo iba como cocinera de dos brigadas de macheteros. No me querían dejar ir a cortar caña, pero el Día del Miliciano me fui al campo. Como había tanto machismo me dijeron que no me apurara mucho y me pusieron de pareja con un hombre que sí sabía.

“Al poco rato ya le pasaba, y a los días yo sola cortaba la caña de los cuatro surcos que daban para cada dúo. En esa zafra llegué a picar 500 arrobas en un día. Quien conoce de caña sabe que no es nada fácil esa cantidad. ¡Y para normas técnicas!”

Ya para la zafra siguiente, Celia dijo que desde un principio se iba para el corte. “Y la fajatiña fue mucha. Todos me querían en la cocina. Pero me impuse y ya el 25 de febrero completé las 50 mil arrobas de caña cortaditas y me convertí en la primera mujer a quien le dieron el diploma de Heroína de la Zafra. Por eso empezó todo aquello de la televisión, los periódicos, la radio.

“Ahí me propuse llegar a las 100 mil arrobas y el Día de las Madres le mandé a decir a mis muchachos que no me fueran a ver, porque yo iba a estar en el corte. No podía parar. Al final de la zafra alcancé 108 mil arrobas”. En total, Celia tuvo 10 zafras como machetera y en todas —menos en la primera— sumó más de 100 mil arrobas.

“La vez que más tumbé fue en 1975 cuando acumulé 116 mil arrobas. La última fue en 1988 en el central Amistad con los Pueblos. Pero yo corté caña en todos los centrales de la provincia. Algo que no era fácil porque —entre otras cosas— en los campamentos solo había hombres.

“Pero nunca mis compañeros me faltaron el respeto. Ni cuando en los días de fiesta los macheteros se daban unos tragos. Yo era la niña linda del campamento y mi cuarto estaba separado. Cuando una se da a respetar, todos te respetan”, enfatiza.

Antes, en 1976, laboró en la micro para construir su apartamento. “Lo cogí en Peñas Altas, en Guanabo, pero cambié la vaca por la chiva, porque en el año 1990 permuté para acá. Yo quería estar aquí, cerquita de la familia. Así somos los guajiros, muy apegados a donde nacimos”.

| fotos: Heriberto González
| fotos: Heriberto González

Sus “mañas”, sus cosas

Nunca cortó con guantes. “A mano ‘pelá’; mis manos estaban llenas de callos muy duros. Siempre corté con mocha. Los hombres me la afilaban por la noche cuando yo les cosía a ellos sus camisas y les ponía los botones que les faltaban.

“Yo soy una mujer ‘traqueteá’ para el trabajo y creo que por duro que sea, una mujer puede realizar cualquier labor que haga un hombre. Cada vez que terminaba una zafra volvía para la cocina con mi gente del petróleo.

“Aunque es importante, yo no creo mucho en el estímulo material. Es mejor que nos atiendan, más ahora que estamos viejos.

“Me jubilé cuando cumplí los 55 años, pero he seguido metida en todo. No hay actividad aquí en El Cangre donde no esté yo.

“Vendí el carro que me gané como machetera, pues con el dinerito de la jubilación no podía mantenerlo. Con lo que me dieron estoy ‘tirando’ mi vejez.

“Cuando los peloteros cubanos fueron a Baltimore, Fidel personalmente me llamó por teléfono y me dijo que estaba invitada al viaje. ¡Imagínese usted!

“Ahora estamos con las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, pero yo me acuerdo mucho del Che: con los yanquis ni un tantico así”.

La grandeza de Celia

Algo se fraguaba por aquel mes de julio de 1983. Le dijeron que se iba a Santiago de Cuba para participar en el acto por el aniversario 30 del ataque a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. La acompañaban otros cuatro grandes: Dimas Martinto, Arcel Quevedo, Esmel Saab y Francisco Díaz Febles. “Yo no cabía de gozo. Íbamos a estar con Fidel en la tribuna, pero no sabía nada de lo de Heroína del Trabajo”, recuerda.

Ese día, ante las cámaras de la televisión, en aquel inmenso acto, el Jefe de la Revolución imponía en su pecho la estrella que la acredita. “Esa es mi gloria”, afirma.

Hace ya muchos años los médicos hablaron con Celia. “Usted tiene el corazón más grande que su capacidad”, dijeron. Ella siempre creyó que le hablaban de una enfermedad rara, pero hoy se me antoja pensar que le detectaron un mal sublime: su grandeza.

Hay 3 comentarios a Celia Hernández López: corazón desbordado

  1. Tenemos muchas Celias entre nosotros y a veces sin querer se nos quedan en el olvido, son muy buenos estos trabajos donde se destacan a mujeres heroes, que no tienen otro nombre que desempeñan tan ardua tarea, mis respetos a la homenajeada.

  2. Felicito al periodista por el reportaje de esta cubana tan grande que debemos entirnos orgullosos de ella y otras que tambien estan dispersa por toda Cuba. mis respeto y les deseo muchas Felicidades

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