Una historia tejida entre telares

Una historia tejida entre telares

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No deja de soñar con los telares, y es sabia identificando tejidos: la muselina, el casimir, el lienzo, la gabardina. Isaura Lanza Nieves trabajó por más de 60 años en la textilera de Calabazar* —ya desactivada—, lugar que ama por todo lo que allí aprendió y la hizo feliz.

Con la Revolución gané libertad, afirmó Isaura, ejemplo de mujer consagrada al trabajo. Foto Jesús Martínez

Heroína del Trabajo de la República de Cuba, Isaura acumula ahora más de ocho décadas de vida, pero aún labora en el parque Lenin; pues para esta mujer, con manos de artista y corazón de niña, es una ofensa hablar de jubilación.

Su vida ha estado marcada por una infancia triste; y nunca ha olvidado que a los 15 años recibió, como único regalo, un creyón de labios. En esa ocasión especial no hubo zapatos, ni vestidos nuevos. “En casa de pobres no era posible hacer esos gastos”.

Le resulta difícil apartarse de los recuerdos familiares, de los de “mi fábrica”. Desde esos telares —pensaba— podría tejer su propia historia algún día.

“Empecé haciendo hilos; en una ocasión se acabaron los conos, y mientras esperaba fui a ver los telares, ¡me gustaban tanto! El jefe me sorprendió y me dijo: ‘si tanto placer le producen, ¡quédese después de su turno de trabajo para que aprenda!’ Me fascinan las telas, si la fábrica no hubiera cerrado, yo estaría tejiendo todavía”.

Libertad, lo primero que ganó

Siendo pequeña, junto a su familia, llegó a un barrio capitalino muy humilde, donde después tuvo la posibilidad de conocer a jóvenes revolucionarios, quienes le hicieron ver con claridad el camino que debía tomar.

“En aquella época escuchaba en la radio todos los domingos a Eduardo Chibás (líder del Partido Ortodoxo). Él visitaba a un amigo de mi padre que le decíamos Remedios, y muchas veces cuando yo iba a su casa me lo encontraba. En una ocasión Chibás preguntó quién era yo. Me regaló una escobita, que todavía guardo, y me dijo: ‘con esto barres vergüenza contra dinero’, frase que en esos momentos no entendí.

“Luego llegó la Revolución y lo primero que gané con ella fue libertad. Comprendí que el trabajo de los obreros en el capitalismo y en el socialismo no era comparable. Eso, quizás, no lo entiendan muchos jóvenes de hoy, por eso cuando daba clases de tejeduría siempre hablaba de estas cosas con mis alumnos”.

Chiquilla brava

El 4 de septiembre de 1946 llegó a la textilera, y un año después ya “estaba encaramada” en un camión para asaltar el ayuntamiento de Santiago de las Vegas, en la actualidad municipio de Boyeros.

“Se había aprobado un aumento salarial de 25% y los patronos no querían darnos lo que era nuestro. Lázaro Peña, que iba allí todas las semanas, nos exhortó a que trabajáramos a paso de bibijagua, de una manera lenta. Había que ir poquito a poquito, hasta que lográramos nuestro derecho.

“Un día Lázaro me dijo: ‘ahora vamos a hacer el paso de la hormiga’ y yo le respondí que ya estábamos cansados, que íbamos a apagar las máquinas. Entonces el Capitán de la Clase Obrera exclamó contento: ‘¡esta chiquilla es brava!’ Mis compañeros me siguieron, a los pocos días logramos el aumento, y Lázaro estuvo con nosotros”.

Honor jamás imaginado

Dieciocho años como vanguardia nacional del sindicato de la Industria Ligera sintetizan la trayectoria laboral de Isaura, a quien en 1995 Fidel condecoró con la orden Lázaro Peña de II Grado, y dos años después fue acreedora del título honorífico de Heroína del Trabajo de la República de Cuba.

“Ese día estaba alojada en el hotel Lincoln y pensaba que me iban a entregar alguna medalla. Cuando salí al lobby la gente me aplaudió, pero no sabía por qué, lo asociaba a mi buen carácter. Entonces supe que Melba Hernández y yo seríamos las únicas mujeres que recibiríamos en esa ocasión tan alto reconocimiento.

“Fue un momento inolvidable. En esos instantes me vino a la mente lo que la Heroína del Moncada ha hecho por la Revolución, y cuando Fidel la abrazó, yo me emocioné mucho”.

¿Fue lo mismo que sintió cuando cerraron la hilandería?

“Son cosas diferentes. Esa realidad yo no quería aceptarla, era una decisión del Estado y teníamos que acatarla.

Hoy continúo haciendo lo que haga falta, pero cada vez que cumplo un aniversario de trabajo, me pongo triste, a pesar de que casi siempre recibo la felicitación de mi sindicato y me envían cartas hermosas. Sin embargo, no puedo evitarlo. Lo que se hace con amor y con gusto, no significa nunca un sacrificio”.

 

*Antigua Compañía Lanera Nacional (COLANA).

 

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