Fidel Rendón Matienzo
La Oficina Nacional de Información y Estadística (Onei) reveló recientemente que solo entre enero y septiembre del 2026, los precios de bienes y servicios aumentaron un 24.85 % y la inflación interanual fue del 28.44 por ciento.
De acuerdo con el Índice de Precios al Consumidor (IPC), estos siguieron subiendo con fuerza, de modo especial los de alimentos y, sin duda, eso también significa una pérdida considerable del poder adquisitivo de salarios y pensiones.
La inflación golpeó todo en particular la comida, lo que más afecta a las familias, y en honor a la verdad muchas personas perciben aumentos mayores en determinados productos del mercado informal o de oferta escasa, porque el IPC es un promedio y no necesariamente refleja la experiencia de cada hogar.
Lo que sí no se discute es que el imperativo de destinar una proporción creciente de los ingresos a los alimentos denota menos dinero disponible para transporte, ropa o reparaciones, entre otras necesidades.
El eje temático 13 de las transformaciones económicas y sociales, referido a la política de precios (medida 117), establece descentralizar la facultad de aprobación de precios y tarifas a las empresas y a las administraciones territoriales y locales. Se eliminan los topes de precios de manera general.
La aplicación hasta hace unos meses de esta última medida no dio resultados más allá de unas pocas semanas, entre otras razones porque con la crisis se ha debilitado la capacidad institucional de controlar una disposición que va en contra de la lógica de funcionamiento del mercado, según los especialistas.
Mientras no existan competencia suficiente y mayor oferta (lo cual en estos momentos implica inversión extranjera), a lo que se une la espiral de la tasa de cambio y el bloqueo del Gobierno estadounidense contra Cuba es difícil que los precios se normalicen, opina la Dra. C. Iliana Díaz Fernández en un reciente artículo publicado en Debate Económico (sección de Cubadebate) bajo el título ¿Topar o no topar? He ahí la cuestión.
Afirma que los gobiernos locales se sienten presionados por la población y además llevan a la práctica lo que ha estado haciendo hasta ahora el gobierno central.
Ante la pregunta de cómo proteger al consumidor en un contexto de alta inflación sin recurrir a controles coercitivos, responde que debería ser con subsidios a las personas vulnerables.
No obstante el trabajo que realiza el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social para conceptualizar y definir a los vulnerables, aún no se observan soluciones reales, amén de que el salario medio estatal de entre 6 mil y 7 mil pesos, hoy no alcanza para cubrir lo básico, aunque sea una familia de tres personas con dos trabajando. Es complicado el asunto, opina Iliana.
También en Debate Económico, el Dr. C. Ayuban Gutiérrez Quintanilla, en su trabajo ¿Liberar o topar los precios en Cuba? Diez preguntas necesarias, recuerda que la inestabilidad económica y política a nivel mundial ha incrementado los precios de nuestras principales importaciones, en lo esencial de bienes transversales como el petróleo, a lo que se une la política de máxima presión del Gobierno de los Estados Unidos. Estos precios internacionales se trasladan a los internos mediante los costos y el tipo de cambio.
Por ello, una de las transformaciones económicas y sociales, la número 118, señala eliminar la obligatoriedad de utilizar el método de gastos en la formación de precios, dando paso a los métodos de referencia del mercado o por correlación, marcando su posición en la cadena de valor.
Pero en el caso de Cuba, asevera Ayuban Gutiérrez, se suma un problema de subconsumo: la disminución de las producciones nacionales y las limitaciones en las remesas, provocadas por la política yanqui, que conllevan un alto racionamiento de la oferta, ahonda el exceso de demanda y hala los precios hacia su aumento sostenido.
Ahí está el caso de los mercados de barrio, que gradualmente se expanden por toda la geografía cubana como parte de las transformaciones económicas y sociales aprobadas en el 2026, con el propósito de vender alimentos y artículos de aseo por debajo de otros circuitos comerciales y compensar la libreta de abastecimiento.
Sin embargo, los altos precios observados en algunos lugares y las quejas de consumidores aún impactan en los gastos que deben hacer las familias cuyos ingresos no alcanzan para productos básicos y servicios.
No hay duda, la Onei está en lo cierto: la inflación golpea principalmente la comida.
La pizarra por los cielos
Los ciudadanos exigen un control de precios debido a que sus salarios no se ajustan a los incrementos de costos. Algunos expertos, sin embargo, advierten que fijar precios por decreto ha resultado ineficaz. La solución propuesta implica aumentar la producción y mejorar la oferta, en lugar de centrarse en ajustes administrativos. Ver más
Validez y contradicción
Los controles de precios son una herramienta de política económica válida, pero con más contraindicaciones que un bote de psicofármacos. Pueden provocar efectos graves —dolor de cabeza, convulsiones, vómitos, mareos e incluso la muerte— y, aun así, apenas resuelven el problema que dicen tratar. ¿Por qué, entonces, son tan populares?
Su gran ventaja es que son extremadamente baratos y aparentemente fáciles de aplicar: basta una resolución que fije precios finales por debajo de cierto nivel, con aplicación inmediata.
Sin embargo, esas ventajas chocan con impactos negativos importantes, que se acentúan cuanto más amplia y sostenida es la política. Normalmente se recurre a ella en contextos de alta inflación y pérdida de poder adquisitivo, como ocurre hoy en Cuba.
La inflación cubana combina causas internas y externas. Entre las internas: caída de la producción, sobre todo de alimentos, y emisiones monetarias sin respaldo. Entre las externas: alza de precios internacionales de insumos como el petróleo y el efecto del bloqueo del Gobierno estadounidense sobre combustible y navieras, que reduce aún más la oferta y encarece la producción.
Estas causas son objetivas y su solución es compleja y lenta. De ahí la tentación de aplicar controles de precios, que parecen resolver el problema con rapidez.
Pero las consecuencias negativas son muchas. La primera: desestimula la producción, la comercialización y la importación de los productos controlados.
Si la caída de la producción es una causa central de la inflación, una política que reduzca aún más los incentivos a producir solo empeorará el problema, al disminuir la oferta y el consumo que se pretendía aumentar.
La segunda repercusión es la tendencia a la informalidad. Los productos controlados se ofertan cada vez menos en los mercados formales y se trasladan a los informales. Allí los riesgos son mayores y los precios terminan siendo incluso más altos que los que habrían sido sin la política: otra vez, el resultado contrario al buscado.
En tercer lugar está su alto costo humano de implementación en el mediano y largo plazos. Solo un seguimiento y vigilancia constante logran que en parte su aplicación sea válida, lo cual necesitaría un amplio despliegue de recursos humanos que serían mucho más prácticos dedicarlos a la producción de bienes y servicios, y no a un control constante cuyos resultados son en extremo dudosos.
En general, la capacidad de un gobierno para hacer seguros los controles de precios, en medio de una inflación con causas reales, es muy limitada. Ejemplo de ello son los intentos de los últimos 10 años en Cuba, sobre todo en precios de mercados agropecuarios y transporte, con repercusiones nulas o muy restringidas.
¿Significa esto que no deben usarse nunca? En absoluto. Aplicados a productos específicos y por períodos cortos pueden tener cierta efectividad. También aplicados a insumos de importación, cuyos costos son muy abarcadores en toda la economía, pueden tener determinadas influencias positivas, pero siempre cuidando que su aplicación no esté por debajo de los costos de importación de estos productos.
En conclusión, los controles de precios son una política peligrosa, de altos costos ocultos y con efectos positivos muy difíciles de lograr. ¿Cree usted que la solución a la inflación en Cuba es aplicar controles de precios? Nuestro consejo, una vez más, es que consulte a su “médico”.
* Profesor del Centro de Estudios de la Economía Cubana
Los precios del peligro
Una de las medidas más polémicas dentro de las 176 transformaciones económicas y sociales que pretenden dar un vuelco a la severa crisis que atraviesa nuestro país es la que explícitamente plantea que “se eliminan los topes de precios de manera general”.
Mientras que no pocos actores económicos han interpretado la decisión como una patente de corso para asaltar los bolsillos de la ciudadanía sin ninguna regulación, una parte significativa de la población continúa presionando para que los gobiernos locales, y el Estado, incluso, hagan valer su autoridad en defensa del desprotegido trabajador y su familia, que cada día se levanta con los efectos de una inflación galopante que ha convertido en sal y agua sus ingresos salariales, incluidos los recientes incrementos para el sector presupuestado.
La experiencia ha dictado por mucho tiempo que los límites administrativos al crecimiento de los precios poco o nada resuelven, y esa es la cruda verdad. Pero con la manipulación de las tasas de cambio del dólar en el mercado informal, con un comportamiento como mínimo sospechoso que hace que día por día se deprecie más al peso cubano, la situación del aumento de los precios está llegando a extremos muy peligrosos.
La apuesta entonces parece ser el empleo de otros mecanismos financieros y fiscales que busquen contener la hirviente espuma hacia arriba de los precios que se desbordan, mediante incentivos para que ese mismo sector privado que hoy domina el mercado de productos básicos sin apenas competencia estatal, obtenga ventajas competitivas en su gestión comercial si refrena por voluntad propia el galope de sus importes de venta.
Esa es la esencia, por ejemplo, de lo que persigue una iniciativa ahora tan controversial como los llamados mercados de barrio, todavía muy incipientes en su despliegue, es cierto, pero con una recepción bastante fría, por no decir cuestionada ya, al no lograr un efecto importante en la rebaja de los precios.
La política de controlar los niveles de margen comercial que se le puede ganar a un producto también ha sido empleada en algunos territorios para intentar contrarrestar el desenfreno abusivo en el alza de los precios, pero esta es una herramienta que solamente funciona para renglones específicos, en escenarios más bien de pocos oferentes o de fácil fiscalización como las ferias populares, y a la larga termina casi siempre en la desaparición de la oferta, que se sumerge o se pierde del mercado en espera de que “pase la racha” de las inspecciones.
De manera que el arsenal de paliativos regulatorios o administrativos frente a los precios desbocados tampoco parece ser muy amplio ni de una efectividad manifiesta hasta este momento, dadas las terribles circunstancias que nos impone el estrangulamiento de la economía cubana por el cerco despiadado a que nos somete el Gobierno de los Estados Unidos .
Habría que seguir profundizando en todos los encadenamientos económicos posibles entre actores económicos públicos y privados que pudieran resultar en una disminución de los precios, a cambio de beneficios recíprocos para las partes en cualquier negocio, aunque en honor a la verdad, tampoco el sector estatal ha dado mucho el ejemplo —por esa misma severa depresión de sus niveles de actividad— en materia de cobrarnos menos por lo poco que hace o vende.
En el corto plazo no se ve entonces que pueda haber un cambio significativo en esta dura realidad de los precios cada día más elevados, lo cual no quiere decir que no se deba seguir intentando hallar fórmulas para sobrellevar, y ojalá alguna vez superar, este atolladero en el que nos encontramos, cuya salida dependería en última instancia de la combinación, esperemos que exitosa, de las 176 transformaciones en su conjunto, incluido el polémico fin de los topes de precios, que ya nos ha puesto los precios hasta el tope.
¿Cómo prendo el carbón para cocinar?
Joel García León
Hace unos días la conversación entre varias compañeras del periódico no giraba sobre una nueva receta de pollo, lo caro que siguen las papas o alguna otra variante para hacer el picadillo. La pregunta de una de ellas era insistente: “¿Cómo puedo encender mejor el horno de carbón para cocinar?”.
Y es que la cocción de los alimentos en Cuba adquiere hoy tantas maneras como interrogantes puedan caber en un libro. Los afortunados capitalinos que tienen gas manufacturado (el famoso gas de la calle) son quizás los más salvados de estos tiempos. Los que dependen de las cotizadas balitas o calabacitas de gas se estiran los pelos para que alcance, aunque acaban simultaneando con otros modos, pues la reposición es una incertidumbre.
Quienes se armaron de equipos eléctricos hacen maravillas para en las dos, tres o cuatro horas de corriente hacerlo todo: arroz, potaje, vianda, alguna proteína y hasta hervir agua. Finalmente queda entonces la opción del carbón vegetal y la leña, porque es mejor eso que no comer. Cocinas rústicas, polvo y olor que se impregnan en la ropa por días y un sabor especial en la comida son las credenciales de presentación para estas dos últimas alternativas.
Muchos coincidiremos en que cocinar así quedaba reservado años atrás, casi siempre, para zonas campesinas o celebraciones especiales: el puerquito en fin de año, una comida colectiva en campismos o fiesta de amigos en la playa, por solo recordar tres momentos en que usé el carbón gustosamente.
Ahora toca hacerlo no tan gustoso en plena ciudad, en cocinas no adaptadas para ello, en patios de cemento, en balcones o en plena calle, sin miramientos.
Vuelvo a la pregunta de cómo encender mejor el carbón, pues hay quienes nunca lo hicieron y ahora acuden por obligación; unos lo hacen con un poquito de alcohol o de luz brillante (perdidos también); en tanto, en La Habana compran el saco de carbón a 2 000 o 2 500 o las jabas a 500 (sí, ya sé que en otras provincias el precio es mayor, propio del aprovechamiento de las circunstancias) y se le gasta más rápido de la cuenta porque tampoco saben prenderlo como es, con la dosis de aire que lleva para que no ahogue la candela.
Por supuesto, también escuché las orientaciones y sobre todo cómo colocar las ollas, las cafeteras y cómo bajar el calor cuando se trata de hacer el arroz. “Lo que no soporto luego es el tizne y el fregado”, decía en el diálogo una de las más experimentadas, quien aprendió los trucos del carbón con su madre nada más y nada menos que en la Ciénaga de Zapata.
Lo cierto es que cocinar con carbón (hay quien sienta cátedra en cuanto a si el de marabú es el de calidad) se ha extendido al lugar más insospechado del país buscando otra alternativa a la elaboración de los alimentos. No es puro folclor ni tampoco retorno a la edad de piedra. Es la dura, durísima consecuencia de la escasez de combustible y del bloqueo energético estadounidense.
Levantemos entonces monumentos a nuestras madres, abuelas, tías y hermanas que mayoritariamente asumen desde el café de las mañanas hasta el potaje del día con el carbón. La huella de los dedos en la cara les deja firmemente un tatuaje negro de hidalguía, valor y cubanía. (Tomado de la serie Salir a caminar de su página de Facebook)
Feria de Negocios
La nueva edición de la Feria de Negocios y Oportunidades, celebrada en Las Tunas valida su existencia como una herramienta que abre espacios a la concertación de alianzas para el desarrollo económico y social anhelado.
El encuentro acogió a 36 actores económicos: 24 como expositores con stand y 12 en la modalidad de maletín en mano; fueron rubricados 21 convenios, 50 cartas de intención y cuatro contratos.
La Feria facilitó el acercamiento y la promoción de su quehacer a entidades estatales y privadas, así como a instituciones encargadas de favorecer y consolidar el desarrollo local. (Jorge Pérez)
Taller revitalizado
La puesta en marcha del Taller de Recuperación de Transformadores de Holguín cambia la manera con la que el oriental territorio enfrentaba hasta ahora las averías de estos equipos: por primera vez dejan de peregrinar hacia otras provincias y comienzan a recuperarse en casa, con dos unidades HH (Honor Holguinero) ya listas para su instalación en la red.
El Taller, que se viene revitalizando hace un tiempo, opera con una plantilla de cinco trabajadores y una capacidad de reparación de hasta 20 transformadores, cifra que podría crecer en la medida en que se disponga de mayores recursos materiales. (Lianne Fonseca Diéguez)
Avanza recuperación
A juzgar por el montaje de varios elementos, la recuperación de los 200 mil metros cúbicos de la capacidad de almacenamiento de combustibles, en la Base de Supertanqueros, en Matanzas, parece haber entrado en otro momento cumbre de su cronograma inversionista.
Entre las más recientes acciones de envergadura anunciadas en el perfil de Facebook de la Empresa de Mantenimiento del Petróleo (Empet) Matanzas, figuran los trabajos de instalación de la membrana del tanque 87 (TQ-87), el último de los cuatro depósitos en iniciar su construcción en junio del 2025. (Juanita Perdomo)
Descargue en versión PDF: La inflación golpea todo (Separata Economía)