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La pizarra por los cielos

Cada semana Isis Sánchez vuelve a sacar la calcula­dora antes de salir de com­pras. Como en muchas fa­milias cubanas, ya no se preocupa únicamente por cuánto dinero lleva sino por cuánto habrán aumentado los precios de los productos desde la última vez que visitó la tienda.

El alza imparable de los precios hace que los adultos mayores deban estirar al máximo sus ingresos para llevar el sustento diario a sus mesas. Foto: Agustín Borrego

“Hace dos años, la maicena cos­taba algo más de 300 pesos (CUP) la libra; hoy está a 800. Lo mismo ocu­rre con la leche en polvo que empezó en 900 y ya va por mil 900”, cuenta esta madre holguinera.

Es evidente que el escenario no es homogéneo para todos. “Por eso nunca sales con el dinero exacto. Corres el riesgo de que el producto haya subido al menos 50 CUP de un día para otro”, añade Isis. Su preo­cupación introduce una interrogan­te que inquieta a la mayoría: ¿deben los precios seguir sujetos a las reglas del mercado o es necesario estable­cer topes para proteger el poder ad­quisitivo de la población?

Entre las causas estructurales de la actual situación, los expertos reconocen el impacto del bloqueo económico, comercial y financiero, ahora agravado por el cerco energé­tico de Estados Unidos contra Cuba.

 

¿Topar o no topar?

Para muchos ciudadanos la respues­ta parece sencilla. “Hay que topar los precios, la cosa no puede seguir así. Es necesario más control y su­pervisión real”, señala Carlos Mus­telier Vega, jubilado residente en el Municipio Especial de Isla de la Ju­ventud (MEIJ).

La percepción se repite en traba­jadores y pensionados que observan cómo los precios continúan escalan­do mientras sus salarios permane­cen invariables. Ana Cruz, trabaja­dora del sector estatal en Holguín, asegura que cada visita al agro trae una nueva sorpresa. “La libra de pi­cadillo que días atrás pagaba a 300 pesos, ya está a 700 y más. Y para colmo, uno no sabe ni de qué está hecho”, acota.

Sin embargo, la experiencia de años anteriores muestra que fijar precios por decreto no siempre logró los resultados esperados.

Según Alfredo Vázquez Pérez, jefe del Departamento de Eficiencia Económica de la Central de Trabaja­dores de Cuba (CTC), la solución no puede reducirse a un mecanismo ad­ministrativo, pues este no resuelve el problema de fondo.

“Tenemos que generar riqueza para poder repartirla. La apuesta está en estimular la producción y la oferta de bienes y servicios. Es decir, atacar las causas de la inflación y no solo sus síntomas. Solo así, el Estado recuperaría capacidades reales para regular el mercado”, afirma.

A su juicio, el reto consiste en crear condiciones productivas que permitan incrementar la oferta y recuperar capacidades reales de re­gulación. Vázquez Pérez insiste en que ningún aumento salarial será sostenible sin respaldo económico y financiero que lo sustente. En ese sentido, reflexiona, las facultades descentralizadas para aprobar siste­mas salariales y distribuir utilidades previstas en los Decretos Leyes 120 y 164 deben ejercerse con responsa­bilidad y de común acuerdo con los trabajadores para evitar presiones inflacionarias adicionales.

Además, el directivo sindical se refirió a los trabajadores en con­diciones de vulnerabilidad (los in­terruptos, los jubilados y quienes enfrentan situaciones particulares de salud, sociales y familiares) para los cuales hay que buscar soluciones mediante la negociación colectiva y con la atención prioritaria de las es­tructuras sindicales.

“La eliminación de los topes de precios no puede convertirse en el sustituto de la política de ingresos y abastecimiento. Si liberarlos no vie­ne acompañado de más producción, mejores salarios y una red de protec­ción que opere desde el primer día, la reforma no nos sacará de la aritmé­tica de la supervivencia”, sentencia el habanero Ernesto Fernández, tra­bajador del sector de administración pública.

 

Problema sin solución

Al indagar entre los actores econó­micos no estatales, que son quienes mantienen vivo el mercado, las opi­niones apuntan hacia la inutilidad de topar los precios como vía de so­lución. “Para nadie es un secreto que estos hoy suben al compás del dólar. Si eso sigue así, nunca van a bajar”, manifiesta, Juan Carlos Ventura Pupo, trabajador de la mipyme 2 Gá­mez en la Ciudad de los Parques.

“La razón es el valor del USD con el que se adquiere la mercan­cía. De mantenerse así, no sabemos adónde vamos a parar. Por eso para nosotros los privados un tope sería muy difícil de sostener”, subraya Kenia Enrique Lugo, trabajadora por cuenta propia de la tienda Las Mercedes, en el municipio de Centro Habana.

Frente a este escenario la pobla­ción resulta la más afectada. “Pagar más de 7 mil 500 pesos por un paque­te de pollo, o tener que decidir entre comprar un pomo de aceite, arroz, picadillo o medicamentos con el di­nero disponible, es una situación in­sostenible para cualquier bolsillo”, lamenta José Caballero Morales, dependiente de un negocio ubicado en el reparto Abel Santamaría, en la Isla de la Juventud.

Yasmani Llorente Santiesteban, miembro de la Asociación de Econo­mistas y Contadores de Cuba (Anec) y director provincial de Finanzas y Precios en el territorio holguinero, expresa que las condiciones actuales tampoco favorecen la fijación admi­nistrativa de precios. Según explicó cuando se topan determinados pro­ductos estos suelen desaparecer de los canales formales y reaparecer en el mercado informal a importes su­periores.

Ese criterio lo comparte Yuslei­dy Álvarez Ginarte, viceintendenta en el MEIJ, pues el tope de precios funciona de forma muy limitada, “solo en bienes que el propio Esta­do produce, importa y distribuye. En esos casos equivalen, en la prác­tica, a subsidios presupuestados”, acentúa.

“La inflación responde a facto­res más estructurales: la dependen­cia de importaciones alimentarias, monopolio estatal del comercio ma­yorista, trabas para comprar en el exterior y caída de la producción agropecuaria interna”, declara Yusleidy. A ello se suman el exceso de liquidez en un pequeño segmen­to de la población, mercados frag­mentados con altos costos logísticos y poder de mercado local en nichos de escasez.

 

Más allá del precio

La discusión revela una realidad más compleja que la simple fijación de una cifra en una pizarra. Incluso, cuando se establecen límites, el Es­tado no logra controlar un mercado informal que termina absorbiendo parte de la demanda y reproducien­do la escalada de precios. La medi­da, aunque posible, genera incerti­dumbres porque no ataca las causas del desequilibrio, sino que termina conviviendo con la informalidad que pretende corregir.

Topar precios no siempre logró los resultados esperados. Foto: Joaquín Hernández Mena

El debate, entonces, no debería reducirse a si se puede o no fijar un precio, sino a si existen condicio­nes reales para hacerlo. Sin uni­ficación cambiaria a una tasa ofi­cial; disciplina fiscal; expansión de la oferta; importación directa para los actores privados y producto­res; aranceles razonables y precios agropecuarios que cubran costos, cualquier tope corre el riesgo de repetir una y otra vez lo experi­mentado con esa medida así como agravar la escasez y castigar a los sectores de menores ingresos.

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