Entre la niebla del cañaveral mojado por el rocío aparecía Fidel, mocha en mano, vestido de trabajo. Cortaba la caña con el mismo entusiasmo con el que pronunciaba un discurso. En el taller de una fábrica conversaba con los obreros sin protocolos. Quería saberlo todo, sin eufemismos. Por las noches —contó alguna vez— leía el periódico Trabajadores para enterarse de los problemas de los colectivos. Iba a un hospital, a un centro científico y se detenía frente a algún aparato para saber para qué servía, sus interlocutores tenían que estar bien informados, porque él preguntaba con minuciosidad, con una curiosidad inagotable. Hablaba con los deportistas sobre marcas y entrenamientos. Se reunía con los artistas para debatir sobre los problemas de la creación. Llegaba a una escuela y terminaba en la cancha de baloncesto, jugando un partido; almorzaba en el comedor, en igual bandeja que las de todos. Detrás del ciclón aparecía Fidel en su yipi. No iba a una oficina a revisar informes oficiales, iba a hablar con los vecinos, a preguntarles por las afectaciones, a ofrecerles certezas. Podía pasar una noche debatiendo sobre cierto tema, hasta que por la madrugada decidía terminar la sesión, no por él, que podía seguir horas completas, sino por el cansancio evidente de los que participaban en el diálogo. Era muy feliz junto a los niños, que lo hacían reír con una plenitud rejuvenecedora.

¡Ahí viene Fidel! se escuchaba, y se instauraba de inmediato una atmósfera. Era el epicentro, el motor de un movimiento inefable. ¡Por aquí pasó Fidel! es el relato de generaciones completas de cubanos que lo sintieron parte de sus historias, de sus rutinas, partícipe de sueños y aspiraciones. Es la fuerza de una presencia, de una permanencia que trasciende la concreción física. ¡Aquí está Fidel! es la certeza de un pueblo que lo instaló, con raíces profundas, en la memoria colectiva.
La cámara fue mi escuela y Fidel el maestro
En saludo al centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, Trabajadores conversó con Antonio Gómez Delgado, el Loquillo, Héroe del Trabajo de la República de Cuba
Yamila Causse Despaigne
A 100 años de su natalicio, Fidel Castro Ruz continúa viviendo en el recuerdo de quienes compartieron sus vidas con él. Su capacidad de sostener jornadas interminables, de estar siempre en el centro de los acontecimientos, de convertir la disciplina en un modo de liderazgo es hoy para toda una generación, el ejemplo de trabajo duro.

He escuchado que existen hombres que predican con la palabra y otros con el ejemplo. Hombres de valor y coraje, que construyen con sus acciones del día a día. Ninguna fuerza supera a la del ejemplo, porque este no se discute: se reconoce, se respeta, se sigue.
Antonio Gómez Delgado, el Loquillo, es uno de ellos. No nació para brillar frente a los reflectores, sino para mostrar, desde su cámara, grandes momentos en los que la amistad, la solidaridad y el amor hacia Cuba y el mundo se hicieron eternos. Ya peina canas —reflejo vivo de los años y premio de la experiencia—, pero él no se detiene.
No fue fácil entrevistarlo. Siempre ocupado, porque es habitual que esté en algún lugar donde la historia necesita ser contada. Su presencia impone respeto y afecto, pues desde el periodismo logró, como pocos, estar cerca del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
El abrazo que lo cambió todo
Aún recuerda la primera vez que lo vio. “Todo comenzó el 8 de enero de 1959 —dice—. Yo tenía 14 años. Estaba con mi mamá en la Virgen del Camino, en San Miguel del Padrón, presenciando el paso de la Caravana de la Libertad cuando lo vi. Fidel pasó y me abrazó, y mi madre en llanto solo repetía: ‘Mijo, nos salvamos, nos salvamos’”.
No imaginó aquel muchacho pobre y descalzo, que trabajaba como auxiliar de limpieza y vendedor del periódico Prensa Libre para ayudar a la economía familiar, que ese primer abrazo lo cambiaría todo.
Supera las seis décadas de labor —fruto de sus ansias de aprender, de quedarse en los estudios observando y sumando experiencia—, pues realizó un curso de camarógrafo que aprobó tras su llegada a la televisión en 1967 como mensajero.
Siempre tras la cámara y de la mano de maestros como Santiago Álvarez, Iván Nápoles y de los Estudios Fílmicos de las FAR, alcanzó la técnica y la sensibilidad necesarias para lograr excelentes resultados.
“Todo se lo agradezco a mi madre; sin su perseverancia y confianza no hubiera podido llegar hasta aquí. Todo lo que soy y seré es por ella”, asegura.
El ángulo perfecto
Hablar con el Loquillo sobre el Líder Histórico de la Revolución cubana es inevitable. Cada recuerdo se convierte en imagen, y en su memoria la historia se cuenta sola, aunque expresarla nunca sea fácil.
Fidel no se quedaba quieto. Estaba constantemente en movimiento, y esto hacía más complejo el trabajo del camarógrafo, con la mano firme y el ojo atento, para que ningún hecho se perdiera.
Para el Comandante en Jefe no había ángulos malos: hasta de espaldas se imponía. Su presencia era el encuadre, la luz, la fuerza que otros líderes necesitaban fabricar y que en él brotaba de manera natural. Esa energía desbordante fue también una escuela.
En cada cobertura, el Loquillo aprendió a moverse con esa misma vitalidad inagotable.
El periodista que no filmaba para la historia
La anécdota más reveladora ocurrió, sin embargo, muy lejos de Cuba. En Hiroshima, Japón, según recuerda, Fidel estaba escribiendo en el libro de visitas del monumento a los masacrados producto de la bomba atómica. Él, para lograr la toma, se tiró al suelo, semiacostado, y cuando el Líder terminó, se atrevió a preguntarle: “Comandante, ¿usted puede leer lo que escribió? Fidel lo miró fijo y respondió: ¡Que nunca más vuelva suceder esto! “Pensé que me lo estaba diciendo a mí —comentó—. Pero no. Era una declaración al mundo lo que había redactado”.

Así era él de gigante. Cada gesto, cada palabra, cada firma, cada discurso trascendía las fronteras de este archipiélago caribeño.
No obstante, también entendía el poder de la imagen desde el otro lado del lente. En una ocasión, durante una cobertura, Fidel le pidió que pusiera las manos en determinada posición para una foto. No era una orden caprichosa; era la conciencia de que cada fotograma cuenta una historia. Y Fidel, que era aficionado a la fotografía, sabía que la historia se construye también con los detalles que la cámara elige mostrar. “Siempre era muy amable con nosotros. Hasta con los periodistas que a veces le hacían preguntas incisivas. Nunca fue molesto con nadie, al contrario. Muy cordial. Muy afable. Te enseñaba siempre cosas”.
Entre las muchas coberturas que atesora en su memoria, el Loquillo destaca una especialmente: la Cumbre de los Países No Alineados de 1979, celebrada en La Habana. Al referirse a ese momento nos habló de la emoción de Fidel, de su alegría al ver a representantes de todo el mundo reunidos en Cuba. Y él, que estaba ahí, registró esa emoción sin necesidad de preguntar.
Otra experiencia que lleva grabada en sus recuerdos ocurrió en Venezuela, en el río donde se encuentran tres rocas en medio del agua llamadas popularmente Los Tres Sapos. Chávez había invitado a Fidel a celebrar sus 75 años y él consiguió capturar ese instante de complicidad sin discursos, sin protocolo.
“De ellos aprendí que el cariño no se decreta, se forma con gestos sinceros. Que la humildad no es una virtud teórica, se vive en el cuerpo.
“Ser camarógrafo es lo mejor que me ha pasado en la vida. Todo lo poquito que sé de Cuba y del mundo, se lo debo a mi cámara”, manifestó.
Su testimonio sostiene una enseñanza que repite con énfasis: el ejemplo. “Cada momento o período de tiempo a su lado era una guía. Su disciplina —era el primero que llegaba y el último en marcharse—, es la brújula que hoy impulsa el trabajo de quienes encuentran en Fidel un líder, porque Fidel es Fidel y su presencia está siempre.
“En mis 81 años de edad he podido compartir al lado de grandes figuras de esta Revolución que es de todos. Ellos me educaron: de José Ramón Machado Ventura aprendí la puntualidad; de Fidel la entrega, el compromiso y la disciplina, y de Raúl, la constancia y el trabajo duro. Cada lección es parte de mi vida y constituye la columna vertebral que ha sostenido por más de seis décadas mi labor. La cámara fue mi escuela y Fidel el maestro”.
Al terminar la entrevista, esta periodista le preguntó qué fue lo más importante que aprendió en todos estos años de trabajo. Antonio sonrió, miró a Ileana, su esposa, miró sus propias manos y respondió: “El amor, ese es mi motor, porque amo lo que hago y eso es lo más importante. El hecho ocurre una sola vez, y si tú no lo registras, nadie lo va a ver”.
En su respuesta se condensa toda una filosofía de vida: la convicción de que el oficio se honra con pasión.
Su caudal era poderoso, indetenible
Miguel Barnet, escritor y etnólogo, Premio Nacional de Literatura, compartió en muchas oportunidades con Fidel Castro. Cuenta, en exclusiva con Trabajadores, sobre algunos de esos intercambios
Yuris Nórido
Hablé mucho con Fidel, en disímiles ocasiones. A veces nos veíamos en un acto, en una reunión con artistas. Me pasaba el brazo sobre el hombro y nos poníamos a conversar de un tema que siempre lo apasionó: la literatura. Era un lector incansable, uno no sabía cómo hallaba el tiempo para leer, pero el caso es que lo encontraba. Y leía de todo: política, historia, economía, filosofía… y también literatura de ficción.

Leyó muchas de mis novelas, me constaba. Solo me habló de dos, que le importaron mucho por su trasfondo histórico: Gallego y Oficio de Ángel. Para que veas, nunca me hizo comentarios sobre Biografía de un cimarrón, aunque sé que la conocía. Pero Gallego, por razones obvias, le interesó: tenía que ver con su propia historia familiar.
Una vez tuvimos una larga conversación por teléfono sobre esa novela. Me hizo no pocas preguntas. Quería saber en quién me había inspirado para crear el personaje protagonista. Yo no podía hablar de uno en específico, el de la novela era la suma de varios gallegos y gallegas que conocí en mi vida, gente con las que conversé, que me compartieron sus historias. Pero él deseaba siempre saberlo todo. Sus preguntas eran incisivas. Y desde posiciones críticas, era un lector muy activo.
Cuando hablábamos de otros escritores le interesaba el objetivo del autor. ¿Por qué escribía sobre este tema? ¿Qué buscaba al insistir en determinado aspecto? Le gustaba mucho la literatura de Alejo Carpentier, le maravillaba esa capacidad de recrear la historia. Debatimos sobre El siglo de las luces, y de esa visión múltiple de Carpentier, que iba desde los grandes acontecimientos hasta ámbitos más íntimos. Dedicamos tiempo a Gabriel García Marquez. Y a Miguel Ángel Asturias: El señor presidente era una novela que lo había marcado en su juventud.
Había leído la trilogía del italiano Valerio Massimo Manfredi sobre Alejandro Magno, y quería conocer personalmente al autor. Cuando Manfredi estuvo en La Habana se lo presenté. Estuvimos horas solos los tres, hablando de las novelas. Al salir, Manfredi estaba impresionado por la memoria prodigiosa de Fidel. ¿Cómo era posible que pudiera hablar con soltura sobre batallas puntuales de Alejandro Magno? ¡Qué interesantes puntos de vista sobre tácticas y estrategias del gran personaje histórico!
Un intelectual raigal

Es que Fidel era un iluminado. Escuchaba, pensaba, elaboraba. Era un intelectual raigal.
Lo acompañé en su viaje a España en 1992. Fuimos a Galicia, a la casa donde vivió su padre Ángel de pequeño. Hacía mucho frío allí, y yo me hallaba en el auto. Me mandó a buscar. Estaba en la habitación central de aquella humilde casa decimonónica. Le había preguntado al señor que cuidaba el lugar dónde y cómo dormía la familia. “Miguel, este señor, por amabilidad, no me está diciendo toda la verdad. Tú sí me la vas a decir”. Le contesté: “Lo más seguro, Comandante, es que toda la familia durmiera alrededor de esta piedra, que se calentaba con fuego. Y además, probablemente trajeran consigo a una vaca y se acostaran junto a ella, para aprovechar su calor”.
Sonrió. “Ya sabía yo que había un misterio. Por eso te invité. Has investigado mucho sobre estos temas, me hacía falta un especialista”. Fidel era así, quería llegar siempre al fondo del asunto.
Impresionaba esa permanente disposición al diálogo. Cuando fui presidente de la Uneac (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), hablamos largamente sobre los tópicos que más motivaban los debates de la organización. Fue a todos los congresos, menos al octavo, porque ya estaba enfermo. Allí me envió un mensaje que leí en el plenario. Estuvo al tanto de todas las discusiones, de las ideas que se compartían.
Había temas que lo apasionaban: la cultura como garantía de la preservación de una identidad, en tiempos de abrumadores embates de la globalización. Propició diálogos sobre la arquitectura, le preocupaba la manera en que se manejaba el patrimonio, como se intervenían los edificios con valores e historia. Y por supuesto, los prejuicios raciales. Estaba convencido de que esa era una batalla de largo aliento. La Revolución había garantizado desde el principio un marco institucional para eliminar las discriminaciones por el color de la piel. Pero no bastaba. Persistían (y persisten) claros y dolorosos rasgos de racismo. La educación y la cultura tenían que seguir incidiendo en ese empeño colectivo por la dignidad plena del hombre.
Derecho de toda la sociedad
Fidel asumió constantemente que el acceso a la cultura tenía que ser patrimonio compartido, derecho inalienable de toda la ciudadanía. Esa fue la esencia de aquellas míticas Palabras a los intelectuales de junio de 1961.
Pude verlo y escucharlo hablar en aquella sala de la Biblioteca Nacional, gracias a Argeliers León, que me llevó con él. Yo era muy joven, tenía solo 21 años, solo había publicado algunos articulillos. No podía vislumbrar que la vida me permitiría acercarme a ese hombre, que no llegaba a los 40 años, y que intercambiaba con grandes figuras de la cultura cubana con entusiasmo, respeto y sentido común.
Ese día tuve la certeza de que surgía una nueva época para el arte y la literatura en Cuba. Fidel consiguió transversalizar ese legado. Para mí, había terminado la etapa del artista en su burbuja, en su torre de marfil. El arte no podía ser solo patrimonio de élites.
Expresiones de la cultura popular minimizadas, marginalizadas, encontraron espacios de legitimación auténtica, en diálogo con el entramado artístico e intelectual. Palabras a los intelectuales marcaron un camino: no solo establecieron las bases de una sólida política cultural, sino que crearon una conciencia, que bebía de las mejores tradiciones cubanas y universales, y de la obra de los más preclaros pensadores de la nación cubana. José Martí en la vanguardia.
Ese era Fidel Castro Ruz. Un hombre de la cultura. Sabía de mi cercanía con Don Fernando Ortiz y me decía: ese es tu tema. Me contó que a finales de la década de los cuarenta había visitado a Fernando junto a Alfredo Guevara para invitarlo a participar en una iniciativa universitaria. Valoraba mucho el aporte de esos grandes intelectuales en la consolidación de un proyecto de país.
La gente dice: extraño mucho a Fidel. Y yo, por supuesto, también añoro nuestros encuentros. Pero sé que Fidel sigue aquí, cercano, dialogante. Fidel no va a morir nunca. Para los problemas del presente, Fidel Castro tiene consejos, respuestas de absoluta vigencia. Hay que estudiarlo, hay que sacar a la luz líneas de pensamiento. Vivir su ejemplo.
Era un hombre incansable. Imantaba por su personalidad extraordinaria. No sé si era consciente de esa cualidad. Estuve con él en Nueva York, en las Naciones Unidas, y él era el centro de todas las miradas, las de los amigos y también las de los adversarios. Nunca pasó inadvertido, aunque su sueño, me lo contó en alguna ocasión, era poder caminar por las calles, pararse a conversar tranquilamente en cualquier esquina de la ciudad.
Una vez me llamó por teléfono a las tres de la madrugada. “¿Qué estás haciendo Miguel?”. Estaba durmiendo, claro, pero lo sentí tan despierto que le mentí, le dije que estaba leyendo. “Pues prepárate, que en unas horas te pasan a buscar, salimos de viaje”. ¿Quién le iba a decir que no a Fidel? Su caudal era poderoso, indetenible… y era un privilegio acompañarlo. Yo lo sigo acompañando todos los días de mi vida.
A un siglo de su influencia internacional
Buena parte de los desafíos que marcaron la proyección internacional de Fidel Castro Ruz siguen presentes hoy en una realidad marcada por disputas geopolíticas, desigualdades y la búsqueda de un orden mundial más equilibrado
Yimel Díaz Malmierca
El centenario del natalicio de Fidel Castro se cumple en momentos en que el escenario internacional experimenta profundas transformaciones. La pugna entre grandes potencias, el cuestionamiento al orden internacional surgido tras las dos Guerras Mundiales y la Guerra Fría, las confrontaciones posteriores por el control de espacios de importancia estratégica, las sanciones económicas a los que se resisten a entrar por el aro, las crisis migratorias, y la desigualdad son algunos de los males que ratifican la vigencia de todo contra lo que él luchó; asuntos que ocuparon parte vital de su pensamiento y acción política durante décadas.

Más allá del carisma y de la dimensión nacional dentro de la Revolución cubana, Fidel fue una figura de la política internacional. Desde muy temprano defendió el derecho de los pueblos a decidir su destino, denunció las formas de dominación económica y política y sostuvo que las relaciones internacionales debían regirse por la igualdad soberana entre los Estados y el respeto al Derecho Internacional.
La voz de Fidel se escuchó en escenarios tan diversos como la Asamblea General de las Naciones Unidas, eventos del Movimiento de Países No Alineados, cumbres iberoamericanas y foros internacionales, entre otros. En todos insistió en que la paz solo es posible sobre bases de justicia y desarrollo, no mediante la imposición de la fuerza.

Esa visión marcó la política exterior cubana. La cooperación médica, la alfabetización, la formación de profesionales y la solidaridad con pueblos de América Latina, África y otras regiones convirtieron a Cuba en un referente singular en las relaciones internacionales contemporáneas.
Especial significado tuvo su respaldo a los procesos de liberación africanos y la contribución cubana a la derrota del régimen del apartheid en el sur del continente. Aquella política consolidó vínculos que aún distinguen los vínculos de Cuba con numerosas naciones africanas.
En América Latina Fidel apostó siempre por la integración como condición indispensable para alcanzar la independencia económica y política de la región. Mucho antes de que conceptos como multipolaridad o Cooperación Sur-Sur se incorporaran al lenguaje habitual de la diplomacia, defendía la necesidad de construir mecanismos de concertación capaces de reducir las asimetrías entre los países.
Alertó con insistencia sobre los riesgos de un modelo económico internacional basado en la concentración de la riqueza, el endeudamiento y el deterioro ambiental. Varias de aquellas advertencias encuentran hoy eco en debates sobre el cambio climático, la seguridad alimentaria, la pobreza y el acceso desigual a las tecnologías.
A cien años de su nacimiento, el legado internacional de Fidel continúa siendo objeto de estudio, reconocimiento y también de controversias. Sin embargo, pocos discuten que fue una de las figuras latinoamericanas con mayor influencia en la política mundial de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI.
El mejor homenaje a ese legado quizás no consista únicamente en recordar su actuación, sino en examinar cuántos de aquellos desafíos permanecen vigentes en un mundo urgido de justicia, equilibrio y solidaridad.
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