Hay guerras que se libran con misiles, drones y bombarderos. Otras se desarrollan en el terreno de la información. En el caso del conflicto de Estados Unidos e Israel contra Irán, la Administración de Donald Trump ha dibujado una estrategia confusa a base de declaraciones contradictorias, anuncios que luego matizan y promesas que duran menos que un titular.

Desde que la crisis comenzó a escalar hasta desembocar en bombardeos, el presidente estadounidense y varios de sus más cercanos colaboradores han transitado de la amenaza a la negociación, de los anuncios triunfalistas a los llamados a la cautela, dejando tras de sí una estela de mensajes incoherentes y contradictorios.
A finales de marzo, cuando Washington intensificó su presión sobre Teherán, Trump sostuvo que su estrategia avanzaba según lo previsto y que los objetivos serían alcanzados en poco tiempo. Días después evitó cualquier compromiso temporal y afirmó que las acciones continuarían “hasta lograr todos los objetivos”.
Otra señal importante de confusión apareció cuando desde la Casa Blanca se empezó a hablar simultáneamente de negociación y de escalada militar. En abril, su principal inquilino declaró que Irán había “aceptado todo”. Sin embargo, horas más tarde endureció su discurso y advirtió que, si Teherán no accedía a las condiciones estadounidenses, “el país será volado por los aires”. La pregunta fue inevitable: si todo estaba acordado, ¿por qué amenazar con devastación total?
La confusión aumentó cuando distintos funcionarios comenzaron a ofrecer versiones divergentes sobre el estado de las conversaciones. Mientras algunos representantes aseguraban que continuarían los contactos diplomáticos con sus similares iraníes, Trump desautorizaba públicamente determinadas expectativas o restaba importancia a gestiones que otros miembros de su propio Gobierno presentaban como relevantes. El episodio evidenció que ni siquiera dentro de la administración parece existir una versión única sobre el rumbo del proceso.
Las contradicciones alcanzaron también al secretario de Estado, Marco Rubio. En mayo este aseguró que había avances en los contactos diplomáticos y defendió la búsqueda de “un buen acuerdo”. Pero casi en la misma intervención recordó que el presidente conservaba “otras opciones”, una expresión que en el lenguaje de la diplomacia de la nación norteña equivale a la posibilidad de recurrir una vez más a la fuerza militar. La coexistencia de ambos mensajes refleja una constante de la política de Washington: negociar mientras amenaza.
A principios de junio Trump volvió a modificar el tono. En una entrevista afirmó que Irán aún no les había aceptado ninguna propuesta. Describió a los dirigentes iraníes como personas “fuertes” y “orgullosas”, pero añadió que terminarían cediendo porque “no tienen otra opción”. Pocos días después pidió públicamente al Gobierno israelí que evitara acciones militares y concediera más espacio a las negociaciones. El mensaje contrastaba con semanas de advertencias sobre posibles bombardeos y represalias contra Irán y sus aliados regionales.
La contradicción alcanzó uno de sus puntos más visibles cuando anunció que había suspendido ataques previstos contra objetivos iraníes porque el liderazgo de Teherán estaba listo para aceptar un entendimiento. Sin embargo, desde Irán llegaron respuestas muy diferentes. Funcionarios iraníes negaron que se hubiera cerrado acuerdo alguno y reiteraron que las conversaciones continuaban. Aun así, la Casa Blanca insistió en presentar el proceso como un éxito prácticamente consumado.
El ejemplo más reciente llegó con la presentación del memorando de entendimiento alcanzado entre Washington y Teherán. La Administración estadounidense lo exhibió como una prueba de que su estrategia estaba dando resultados y como un paso importante para impedir que Irán desarrollara armas nucleares. Pero la celebración duró poco. Menos de 24 horas después, durante una comparecencia ante la prensa, el propio presidente de EE.UU. relativizó el alcance del documento. “No es definitivo. Es un memorando de entendimiento”, aclaró. La frase supuso un giro notable respecto a informaciones anteriores que presentaban el acuerdo como una realidad prácticamente concluida.
Y la incoherencia mayor llegó inmediatamente después. En la misma comparecencia lanzó una advertencia que devolvía el escenario a la lógica de la confrontación militar: “Si no me gusta, volveremos a lanzar bombas”. Y si alguien no había entendido el mensaje, insistió: “Si no se comportan, volveremos a lanzar bombas”. De esta manera, el mismo presidente que horas antes destacaba los avances diplomáticos reintroducía la posibilidad de otra escalada militar.
Más allá de la evidente impronta personal de Trump, para quien la política suele parecerse más a una negociación inmobiliaria que a un ejercicio de diplomacia, el episodio revela una característica recurrente de la política exterior estadounidense bajo su actual administración: la incoherencia. Mientras algunos funcionarios hablan de entendimiento, otros insisten en la presión. Mientras la Casa Blanca presenta acuerdos que califica de históricos, el propio presidente recuerda que nada está decidido. Mientras se invoca la diplomacia, se mantienen las amenazas de guerra y el dedo en el gatillo.
En una región donde cada palabra puede alterar mercados, disparar tensiones militares o afectar la vida de millones de personas, las contradicciones dejan de ser un simple problema de comunicación para convertirse en un factor geopolítico de primer orden.
Y quizás ahí esté la clave de todo este episodio. Porque más que una sucesión de deslices o errores de coordinación, lo que emerge es una forma de hacer política basada en la incertidumbre. Hoy se anuncia un acuerdo; mañana se pone en duda. Hoy se habla de paz; mañana se amenaza con nuevas bombas.
Como en el viejo refrán, la Casa Blanca parece haber pasado constantemente del “digo” al “Diego”. Solo que, en este caso, las palabras no se las lleva el viento: detrás de cada rectificación, de cada amenaza y de cada marcha atrás están la estabilidad de una región entera, y la muerte e inseguridad de millones de personas.

