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Del “digo” al “Diego”

Hay guerras que se li­bran con misiles, drones y bombarderos. Otras se desarrollan en el terre­no de la información. En el caso del conflicto de Estados Unidos e Israel contra Irán, la Administra­ción de Donald Trump ha dibuja­do una estrategia confusa a base de declaraciones contradictorias, anuncios que luego matizan y pro­mesas que duran menos que un ti­tular.

 

 

Variación, del artista chino Kuang Zuhai. Segundo premio en la II Bienal Internacional de Humor Político. La Habana, 2026

Desde que la crisis comenzó a escalar hasta desembocar en bombardeos, el presidente esta­dounidense y varios de sus más cercanos colaboradores han tran­sitado de la amenaza a la nego­ciación, de los anuncios triunfa­listas a los llamados a la cautela, dejando tras de sí una estela de mensajes incoherentes y contra­dictorios.

A finales de marzo, cuando Washington intensificó su presión sobre Teherán, Trump sostuvo que su estrategia avanzaba según lo previsto y que los objetivos serían alcanzados en poco tiempo. Días después evitó cualquier compro­miso temporal y afirmó que las ac­ciones continuarían “hasta lograr todos los objetivos”.

Otra señal importante de con­fusión apareció cuando desde la Casa Blanca se empezó a hablar simultáneamente de negociación y de escalada militar. En abril, su principal inquilino declaró que Irán había “aceptado todo”. Sin embargo, horas más tarde endu­reció su discurso y advirtió que, si Teherán no accedía a las con­diciones estadounidenses, “el país será volado por los aires”. La pre­gunta fue inevitable: si todo esta­ba acordado, ¿por qué amenazar con devastación total?

La confusión aumentó cuando distintos funcionarios comenza­ron a ofrecer versiones divergen­tes sobre el estado de las con­versaciones. Mientras algunos representantes aseguraban que continuarían los contactos diplo­máticos con sus similares iraníes, Trump desautorizaba pública­mente determinadas expectati­vas o restaba importancia a ges­tiones que otros miembros de su propio Gobierno presentaban como relevantes. El episodio evi­denció que ni siquiera dentro de la administración parece existir una versión única sobre el rumbo del proceso.

Las contradicciones alcanza­ron también al secretario de Es­tado, Marco Rubio. En mayo este aseguró que había avances en los contactos diplomáticos y defendió la búsqueda de “un buen acuer­do”. Pero casi en la misma inter­vención recordó que el presidente conservaba “otras opciones”, una expresión que en el lenguaje de la diplomacia de la nación nor­teña equivale a la posibilidad de recurrir una vez más a la fuerza militar. La coexistencia de ambos mensajes refleja una constante de la política de Washington: nego­ciar mientras amenaza.

A principios de junio Trump volvió a modificar el tono. En una entrevista afirmó que Irán aún no les había aceptado ninguna pro­puesta. Describió a los dirigentes iraníes como personas “fuertes” y “orgullosas”, pero añadió que terminarían cediendo porque “no tienen otra opción”. Pocos días después pidió públicamente al Go­bierno israelí que evitara acciones militares y concediera más espa­cio a las negociaciones. El men­saje contrastaba con semanas de advertencias sobre posibles bom­bardeos y represalias contra Irán y sus aliados regionales.

La contradicción alcanzó uno de sus puntos más visibles cuando anunció que había sus­pendido ataques previstos con­tra objetivos iraníes porque el liderazgo de Teherán estaba listo para aceptar un entendimiento. Sin embargo, desde Irán llegaron respuestas muy diferentes. Fun­cionarios iraníes negaron que se hubiera cerrado acuerdo alguno y reiteraron que las conversacio­nes continuaban. Aun así, la Casa Blanca insistió en presentar el proceso como un éxito práctica­mente consumado.

El ejemplo más reciente llegó con la presentación del memoran­do de entendimiento alcanzado entre Washington y Teherán. La Administración estadounidense lo exhibió como una prueba de que su estrategia estaba dando resultados y como un paso impor­tante para impedir que Irán de­sarrollara armas nucleares. Pero la celebración duró poco. Menos de 24 horas después, durante una comparecencia ante la prensa, el propio presidente de EE.UU. re­lativizó el alcance del documento. “No es definitivo. Es un memo­rando de entendimiento”, aclaró. La frase supuso un giro notable respecto a informaciones ante­riores que presentaban el acuerdo como una realidad prácticamente concluida.

Y la incoherencia mayor llegó inmediatamente después. En la misma comparecencia lanzó una advertencia que devolvía el es­cenario a la lógica de la confron­tación militar: “Si no me gusta, volveremos a lanzar bombas”. Y si alguien no había entendido el mensaje, insistió: “Si no se com­portan, volveremos a lanzar bom­bas”. De esta manera, el mismo presidente que horas antes desta­caba los avances diplomáticos re­introducía la posibilidad de otra escalada militar.

Más allá de la evidente impron­ta personal de Trump, para quien la política suele parecerse más a una negociación inmobiliaria que a un ejercicio de diplomacia, el episodio revela una característi­ca recurrente de la política exte­rior estadounidense bajo su actual administración: la incoherencia. Mientras algunos funcionarios hablan de entendimiento, otros insisten en la presión. Mientras la Casa Blanca presenta acuerdos que califica de históricos, el pro­pio presidente recuerda que nada está decidido. Mientras se invoca la diplomacia, se mantienen las amenazas de guerra y el dedo en el gatillo.

En una región donde cada pa­labra puede alterar mercados, dis­parar tensiones militares o afectar la vida de millones de personas, las contradicciones dejan de ser un simple problema de comunica­ción para convertirse en un factor geopolítico de primer orden.

Y quizás ahí esté la clave de todo este episodio. Porque más que una sucesión de deslices o errores de coordinación, lo que emerge es una forma de hacer política ba­sada en la incertidumbre. Hoy se anuncia un acuerdo; mañana se pone en duda. Hoy se habla de paz; mañana se amenaza con nuevas bombas.

Como en el viejo refrán, la Casa Blanca parece haber pasa­do constantemente del “digo” al “Diego”. Solo que, en este caso, las palabras no se las lleva el viento: detrás de cada rectifica­ción, de cada amenaza y de cada marcha atrás están la estabilidad de una región entera, y la muerte e inseguridad de millones de per­sonas.

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