La mañana se abre con un río de banderas y pasos firmes. Entre la multitud que celebra el Primero de Mayo, emerge la figura de Silvio Martínez Capetillo, informático del Palacio de la Revolución, de origen humilde que hoy se convierte en voz de compromiso con la Patria. Su palabra recuerda a los mambises y, por momentos, su empeño se asemeja al de un jinete quijotesco que no teme enfrentarse a los molinos de la adversidad, armado sólo con su fe y su bandera.
¿Por qué estás aquí hoy, Silvio?
—Porque defiendo un proyecto social y humano. Sin esta Revolución, yo no hubiera sido universitario. Mi madre, con apenas nueve años, ya trabajaba limpiando y lavando. Esa historia me obliga a defender a Fidel, a defender lo que me permitió ser lo que soy.
¿Qué imagen guardas de tu infancia y de tu presente?
—Jugué sin nada, ayer mismo, y hoy juego con todo. Soy de Boyeros, trabajo como informático en el Palacio de la Revolución. Mi vida es testimonio de lo que se ha conquistado.
¿Qué significa para ti el Primero de Mayo?
—Es compromiso. A pesar de lo agresivo de los contextos y de las políticas contra Cuba, estamos aquí. Como los mambises, que tenían apenas un corazón, un caballo si podían, y un machete si lograban guardarlo. Hoy nuestro machete es la bandera que levantamos, el paso firme que damos.
Si tu voz pudiera dejar una imagen para el mundo, ¿cuál sería?
—Un cielo lleno de banderas ondeando como alas de palomas, y abajo la multitud que sonríe, canta y avanza. Esa es la fotografía que guardo en el alma. Y yo, como un Don Quijote criollo, sigo cabalgando con la certeza de que la justicia no es un sueño, sino un camino que se defiende.
La caminata se apaga lentamente en las calles, pero su eco permanece. Silvio Martínez Capetillo, con su bandera en alto, no es sólo un trabajador de hoy: es heredero de una tradición que desde hace más de medio siglo convierte cada Primero de Mayo en una fiesta proletaria, en un acto de reafirmación colectiva.
Como los mambises que cabalgaban con machete y corazón, como los obreros que en los años sesenta llenaron la Plaza con consignas y esperanza, Silvio se suma a esa cadena de generaciones que han hecho de esta jornada un símbolo de resistencia y dignidad.
El Primero de Mayo en Cuba no es rutina ni protocolo: es historia viva. Es la memoria de quienes lucharon por un país soberano y la certeza de que cada paso, cada bandera y cada canción prolongan esa herencia.
Así, entre congas y pancartas, la fiesta proletaria se renueva. Y Silvio, como un Don Quijote criollo, cabalga junto a su pueblo, convencido de que la justicia social no es un sueño, sino una tradición que se defiende y se celebra año tras año.
