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RETRATOS: La valía de una costurera

Fotos: Leyva Benítez

Virginia Benítez Lorenzo no soñó con ser costurera, hubiera preferido convertirse en maestra, tener un aula con niños a los que enseñar; pero la vida la llevó por otros caminos, y la máquina de coser, con el tiempo, se convirtió en su compañera para la vida. Y en los largos días de aislamiento debido a la COVID-19 fue una suerte tenerla consigo. Muchos de los nasobucos que utiliza han salido de sus manos.

Ya tenía cuatro hijos varones cuando llegó, en su natal provincia de Camagüey, a un taller donde se cosían prendas para el sector de Comercio y Gastronomía. Allí recibía las piezas ya cortadas y su trabajo consistía en coserlas.

Con 82 años de edad, todavía tiene disposición para hacer los arreglos de la ropa de su esposo, hijos, nietas y nietos.

“No soy experta, no diseño, sin embargo, resuelvo”, alega con modestia, pero la experiencia le ha permitido ser una imprescindible en esa faena.

Aún mantiene una belleza natural. Tiene el pelo casi completamente negro y asegura que nunca ha empleado tintes; tampoco fue dada a usar maquillaje. Prefería mostrar sus ojos verdes sin ninguna pintura.

La infancia no fue de color rosa, según recuerda. Su difunta madre, Dora, quedó sola y así enfrentó los primeros años de la crianza de sus dos hijas. Tuvo que dedicarse a lavar y planchar mucha ropa para poder criarlas.

“Yo quedaba al cuidado de una viejita, de la que no puedo recordar el rostro, solo me viene a la mente el plato de sopa que me daba”. Esa es la imagen más cercana que Virginia tiene de unos abuelos, pues sus padres quedaron huérfanos siendo niños. Eran tiempos en que la esperanza de vida de los cubanos era poca, sobre todo, para las personas de menor poder adquisitivo.

“Muy jovencita, también tuve que trabajar como doméstica en una casa en la ciudad de Camagüey para poder ayudar a mi mamá. Ahí estuve hasta que me casé”, añade.

El triunfo de la Revolución la sorprendió casada y embarazada de su primer hijo. “Fueron días de estar en las calles, de aplaudir a los barbudos y de gritar ¡Viva Fidel!”.

Se consagró en los primeros años a la crianza de sus cuatro muchachos. Luego del divorcio de su primer esposo, contrajo nupcias con Mario Toledo, con quien, en 1975, vino a residir en la capital cubana.

De nuevo laboró en un taller textil ubicado en La Habana Vieja y posteriormente, otro donde hacían prendas de dormir, en el municipio de Diez de Octubre.

Sin embargo, sería en la galería de arte, ubicada en ese territorio capitalino, donde se jubilaría en el año 2004.

En el 2007 el Taichí entró en su vida para hacerle mucho bien. Fue la suegra de uno de sus hijos, Georgina González, ya fallecida, quien la impulsó a hacerlo. Hoy no se arrepiente.

“Me incorporé al círculo de abuelos, en el cual gané amistades, estabilicé la presión arterial y los dolores de los huesos desaparecieron”.  Ni siquiera la pandemia le han impedido hacer las rutinas de esos ejercicios que la sostienen y a los que atribuye su buena energía.

Pero sin dudas, la mejor obra de su vida ha sido la familia que logró construir y de la cual se siente orgullosa. Mucho le debe a su compañero por más de 46 años, Mario, de quien absorbieron valores imprescindibles en las personas. Y el amor se le desborda cuando habla de sus vástagos a los que se ha entregado con todas las fuerzas. “Todos mis muchachos estudiaron y pudieron llegar a la Universidad”, alega.

Para ella, uno de los momentos más felices es cuando la numerosa familia se reúne para celebrar un cumpleaños o cualquier triunfo;  ella es la reina que brilla y trata de complacerlos. Entonces no le importa no haber trascendido como una gran modista, su huella quedará en  todos los que la aman.

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