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Diálogo con Carlos Lazo: Por el mundo con Cuba en el pecho

Carlos Lazo nació en Cuba y más de la mitad de su vida ha transcurrido en Estados Unidos: mamá y papá les llama, o “mis dos Patrias”. Ha sido balsero, mesero, soldado, sanitario en la guerra de Irak, maestro y un largo etcétera. Desde hace unos años es también diplomático y constructor, no de cemento y arena, sino de los que apelan a los afectos para levantar puentes perdurables como el amor.

Carlos Lazo conversó con estudiantes de la Universidad de La Habana. Foto: Cortesía de Carlos Lazo

Precisamente esa idea de los Puentes de Amor devino proyecto aglutinador de una parte de la comunidad cubana radicada en el exterior, sobre todo en EE. UU. Desde allí gestionó un petitorio al presidente Joe Biden para que reactive la embajada en la Habana y normalice la emisión de visados y otros servicios consulares; restaure el Programa de Reunificación Familiar  suspendido por Donald Trump en el 2017; autorice a las aerolíneas estadounidenses a volar a las provincias cubanas; permita y no ponga límites al envío de remesas; decrete la libertad de los estadounidenses de viajar a Cuba; y admita e incentive las relaciones financieras y comerciales con la Isla, así como las inversiones económicas y los intercambios científicos y culturales.

Esa postura, defendida con ética y decencia, lo ha convertido en una celebridad, sobre todo en Facebook, ágora personalísimo donde ríe, llora y canta en vivo. Unos le aman, otros le odian, y no falta quien le amenaza de muerte a él y a su familia.

La más reciente proeza de Lazo fue una caminata de 2 mil kilómetros desde Miami hasta Washington: buscaba llamar la atención y exponer su proyecto a senadores, congresistas y cuanto interlocutor cayó en su camino. Semanas más tarde lo tuvimos a tiro de entrevista presencial en Trabajadores gracias al patrocinio que nuestro diario ofrece al proyecto Live de Buena Fe, agrupación que en Cuba es casi la anfitriona del Profe, como le llaman.

“Este ha sido un viaje espiritual, después de la caminata sentí necesidad de respirar el aire de mi tierra, de estar entre mi pueblo y constatar ese apoyo y calor que nos brindaron desde la distancia. Otra de las motivaciones fue traer una humilde ayuda que entregamos al Centro Martin Luther King. Sé que el equipaje personal de los tres que viajamos (mi esposa y otro de los muchachos de Puentes de Amor) repleto de medicinas no hace la diferencia para un pueblo, pero sí puede hacerla para una persona que necesita algo tan específico y simple como una aspirina”.

¿Qué impresión se lleva del país?

“El viaje de dos semanas se nos hizo corto por la cuarentena, no obstante pudimos visitar, por ejemplo, un centro de niños sin amparo familiar, nombre que no me parece apropiado, ¡fue tanto el amor que vi allí!. Compartimos con vecinos del barrio La Guayaba, en el Cerro; y conocimos a estudiantes estadounidenses de la Escuela Latinoamericana de Medicina (Elam). También fuimos a la Casa de la Décima, en Güines, Mayabeque, donde tenemos una excelente relación con el profesor Lázaro Palenzuela; y acudimos a la Universidad de La Habana para una entrevista con el Canal Habana y aquello devino encuentro con estudiantes y con la rectora Miriam Nicado.

Hemos visto que el país está realmente golpeado económicamente por las sanciones de EE. UU. y por la covid-19, que ha provocado que la mayor industria, el turismo, esté en baja. También tiene dificultades diversas para comprar reactivos y materias primas necesarios para fabricar medicamentos

Teníamos la esperanza de que el cerco económico se aliviara con la llegada de Biden al poder, pero al parecer no será el caso, al menos no por ahora. Eso es muy doloroso pues impacta directamente en la gente y lo pude confirmar durante el intercambio con deportistas y miembros del comité olímpico cubano, quienes me mostraron cómo el bloqueo limita, por ejemplo, la posibilidad de descargar aplicaciones sencillas como las que usan en el resto del mundo para medir ciertos parámetros de la sangre o los latidos corazón durante los entrenamientos.

Igualmente encontré esperanza y certeza. La gente sabe, se duele de las dificultades, pero resiste y preserva la fe de que mañana será mejor. Es lo que quiero creer y por lo que voy a seguir luchando, yo y tantos cubanos que vivimos fuera y queremos que primen las buenas relaciones entre los dos países.

En nombre de eso seguiremos empeñados en abrir conciencias, en traer luz a donde hay oscuridad, tratando de que mañana sea mejor. Sucederá, no me caben dudas, así ha pasado en cada época difícil de mi vida.

Foto: Yimel Díaz Malmierca

La migración cubana está en un clima de polarización que a veces llega a extremos violentos, usted mismo ha sido víctima de eso. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo podría abordarse ese tema desde una postura constructiva?

Eso está relacionado con lo vivido en EE. UU. durante la época del trumpismo y en cómo esa situación transitó a nuestras comunidades en forma de extremismo político, de fanatismo, de repetir mentiras en las redes sociales sin verificar las fuentes, y de que la verdad ya no es importante, sino las emociones. Esa política se introdujo como una enfermedad.

Otros elementos a tomar en cuenta son las redes sociales, fenómeno relativamente nuevo que aún no sabemos cómo controlar; y la cantidad de dinero que en los EE. UU. se destina a fomentar la industria del odio. Antiguamente iban a la radio y a la televisión, hoy son las redes sociales los espacios que más se usan para apelar a los sentimientos más bajos y egoístas.

Ese odio está en las redes sociales en nuestra comunidad en los Estados Unidos, sobre todo en Miami. También hay miedo e intimidación que llega a otras partes del mundo debido a la propia dinámica de las redes sociales.

Desafortunadamente cada ser humano tiene un diablo y un ángel dentro, si tú exacerbas lo más malo, eso saldrá, y viceversa. Hay una frase de José Martí, no la recuerdo con exactitud, vinculada a que debemos cultivar lo mejor en el hombre para que no prime lo peor.

Es muy difícil enfrentar esta era intimidante de acoso cibernético, pero si me preguntas qué podemos hacer, te digo que apelar a la luz, decir nuestras verdades sin rendirnos, y hablar de la importancia del amor. Esta marea de odio pasará, como todas, y cuando suceda, la gente buscará aferrarse a algo, y ahí estará el amor, sentimiento perdurable, el único que vale la pena y salva.  Cuánto durará el odio, no sé, pero mientras dure, y después que termine, los que amamos y construimos, esteremos aquí”.

Uno de los eventos pospuestos por la pandemia es la IV Conferencia La Nación y la Emigración. ¿Qué propuestas haría al Estado cubano para estrechar las relaciones entre la comunidad que vive en el exterior y su tierra?

En estos días he tenido la oportunidad de hablar con funcionarios y te repetiré lo que dije a ellos. Una de las principales quejas está vinculada al precio de los trámites consulares, lo caros que son los pasaportes, y las prórrogas que deben hacerse cada dos años. Sé que el dinero recaudado por esa vía es necesario, pero también lo es la buena relación de los cubanos con su nación. Cualquier medida encaminada a eso será bien recibida.

Asimismo hemos abordado la restricción de entrada al país de algunos médicos.  Yo entiendo que quien viola un contrato administrativo debe ser sancionado y que el país se perjudica cuando invierte recursos en crear un especialista que una vez graduado se va, pero cuando se castiga a una persona limitando su regreso por ocho años también se penaliza a los padres, al hermano, a los hijos, son impactos que van más allá de un contrato de trabajo. Nuestro país tiene que resolver ese drama humano con amor y justicia.

Conozco de otras personas que de cara al evento propondrán temas relacionados con las inversiones de cubanos radicados en el exterior y tengo entendido que es algo que el Estado quiere facilitar, lo cual me parece muy bien.

Derribar muros y edificar puentes es una actitud positiva que servirá para construir una Cuba más prospera, inclusiva, y soberana, como la que queremos casi todos.

¿Le gustaría vivir de nuevo en Cuba?

Claro que sí, por qué no, quizás lo haga cuando me jubile. Me gustaría para entonces enseñar en Cuba, compartir mis experiencias pedagógicas inspiradas también en ese Maestro de maestros que fue Raúl Ferrer, autor de aquel hermoso Romance de la niña mala, donde con naturalidad pregunta  al “Vecino de mala entraña/ ¿Quién puede decir que sea/ Por esto mi niña mala?/ Si hubieras visto lo íntimo/ De su vida y de su alma/ Como lo ha visto el maestro/ Qué diferente pensaras.”.

Necesitamos maestros que sepan ver el alma del niño, que puedan descubrir el potencial de habita en cada uno de ellos y ayudarlos a crecer hasta convertirse en el árbol de frutos maravillosos que todos llevan dentro.

¿Su esposa le sigue en ese proyecto?

Mi esposa no me sigue, está a mi lado, cuando va detrás es porque me está empujando. Yo soy un hombre afortunado, tengo en ella un pedazo de mi Patria y cuando la abrazo siento a Cuba. A veces me lleva tenso, pero sin ella no hubiera hecho ni la mitad de las cosas. Compartimos las verdes y las maduras, a la hora del sacrificio su actitud es en qué te puedo ayudar, qué hay que hacer.

¿Cómo describe el ser migrante?

No sé si mi experiencia será única, pero yo no me siento lejos. Cuando digo que me toco el centro del pecho y siento a mi Patria no hablo en sentido figurado. Voy por el mundo con Cuba y es como si  estuvieran diciéndome todo el tiempo: “Estás representando a tu pueblo, no demerites esa cultura”.

Hoy, gracias a internet, puedo hablar diariamente con mis amigos y hermanos de aquí. A veces, a pesar de la distancia y con esa felicidad que también experimento en EE. UU., mi tierra adoptiva, hago todo lo posible porque la natal y la que me abrigó se den la mano. Mi aula en la escuelita de Seattle también es Cuba, y mis alumnos se impregnan de nuestra cultura a través de la música, la comida, el idioma, los gestos, y la actitud ante la vida.

¿Nunca ha tenido dificultades por esa cubanización de las lecciones de español?

No, mi escuela está en un distrito escolar muy progresista donde celebran que existan maestros como yo, me felicitan por organizar viajes a Cuba pues es algo que no tiene que ver con política, sino con el desarrollo de los niños, su aprendizaje. Muchos de ellos regresan con sus familias.

El maestro mexicano exhibe su acento, el argentino habla del tango, y yo enseño son cubano, guaguancó y la idiosincrasia expresada en el idioma. Los muchachos se meten dentro y llegan a comprender cómo el lenguaje refleja a un pueblo.

Yo aprendí ingles de oídas cuando llegué a EE. UU., solo lo perfeccioné cuando entré al Ejército, pero como soy maestro de español lo uso poco, solo para comunicarme en la calle, con mis compañeros de trabajo, o para explicar las sanciones que pesan sobre la familia y el pueblo cubanos. En esos casos trato de marcar mi acento, quiero que sepan que “soy de donde nace un río”, hay gente que se ríe y dicen, el profe Carlos Lazo habla como Ricky Ricardo, un personaje muy simpático de una serie de televisión, pero yo me siento orgulloso de exhibir mis raíces donde quiera que vaya.

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