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Conmoción entre los trabajadores de la Cultura ante la partida de la Fornés

“Los trabajadores de la cultura sentimos con gran pesar el fallecimiento de Rosita, la extraordinaria dirigente del sindicato de las Artes  y los espectáculos en las décadas de los años 60 y 70 del pasado siglo y gran amiga del Capitán de la Clase Obrera, Lázaro Peña. Reconocemos y agradecemos sus enseñanzas, su probada entrega y disciplina al arte y la cultura, sus cualidades como dirigente sindical a toda prueba. La versatilidad de la Fornés nos sorprendía siempre. Con ella era posible hablar sobre cualquier tema, no conoció el odio, ni el miedo… fue grande entre las grandes…”.

Foto: Tomada del sitio web de la Televisión Cubana. 

La afirmación fue hecha por la secretaria general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Cultura, Nereida López Labrada, quien tras conocer la fatídica noticia de este miércoles 10 de junio del año 2020, dijo conmocionada: “Ella perdurará en la memoria de todos”.

En muchas entrevistas hechas por la prensa nacional e internacional a la gran vedette de Cuba fallecida en Miami a la edad de 97 años reiteró: “En mi casa tengo una habitación llena de trofeos y reconocimientos que he recibido a lo largo de mi carrera artística, pero el trofeo más grande que tengo es el amor y el cariño del público”.

Y fue un amor recíproco el de ella y el de las varias generaciones de insulares que admiraron a la Diva, prácticamente desde que a la edad de 15 años triunfó en el célebre programa competitivo La Corte Suprema del Arte, donde obtuvo el primer lugar en el año 1938. Pocos meses después, con su actuación en el largometraje Una Aventura Peligrosa (1939), dirigido por Ramón Peón, comenzó una larga carrera en el cine, la cual fortaleció durante los años 40 del pasado siglo en México y Cuba, década en la que, en sus inicios, hizo su debut en la zarzuela con la obra El asombro de Damasco.

Rosalía Lourdes Elisa Palet Bonavia, nuestra sencilla Rosita Fornés, venida al mundo el 11 de febrero de 1923, en Nueva York, Estados Unidos, siendo aún adolecente irrumpió paralelamente en tres diferentes dimensiones de las artes: el canto, el cine y el baile, para iniciar una carrera de prolongados éxitos que la hizo acreedora de la condición de Reina de la Radio en la década del 40 y luego, con la llegada a Cuba de las trasmisiones a través de la  pequeña pantalla rápidamente se convirtió en Miss Televisión.

A través de esos medios, el público se identificó con la artista que deslumbraba por su histrionismo, elegancia, belleza y carisma. Hacia finales de los años 50, ya había nacido una estrella sin precedentes en la luminaria artística nacional y comenzó a entretejer su historia que la consolidó, en vida, como leyenda de la cultura nacional.

Su  peculiar forma de  comunicarse con sus admiradores a través de la radio y la televisión, su sencillez, decencia y modestia, amén de los indiscutibles valores de su profesional entrega, hicieron parecer eterna a Rosita, una mujer-historia que ha sido admirada durante más de ocho décadas por su pueblo, para protagonizar un fenómeno de interactividad nunca antes registrado en la historia de la actuación: niños, jóvenes, adultos y ancianos de todas las épocas, desde los años 40 hasta la actualidad, se identificaron con la Fornés, la amaron y veneraron siempre.

Pero no solo ella apresó los corazones de los cubanos. En México y España, sobre todo, y en otros países de Iberoamérica, la Diva fue admirada, querida, correspondida, aplaudida…

Pero la Parca, inevitable y serena, por ley de la propia existencia humana, siempre termina por arrancarnos a quienes amamos. Y viene el dolor, el llanto y la desconsolación por la pérdida irreparable. A Rosa Fornés su pueblo la llora y sufre por su partida, en tanto la reverencia desde el pedestal donde desde hace mucho tiempo la ha ubicado como símbolo del arte, de resistencia, de fidelidad…

Hoy reverdecen en nuestras memorias las ovaciones y las expresiones de reconocimiento a la excelsa showhoman que en todas sus presentaciones logró llenos totales de los teatros, la que era esperada en cada una de sus actuaciones en la televisión y el cine, distinguida por  las instituciones y las organizaciones de nuestro país con las más altas distinciones, como las órdenes Félix Varela, Ana Betancourt y Lázaro Peña, la Medalla Alejo Carpentier, las distinciones por la Cultura Nacional, Raúl Gómez García, 23 de agosto, 28 de septiembre y Vicente García, la Réplica del machete de Máximo Gómez, el Sello por el aniversario 70 de la Central de Trabajadores de Cuba, el Micrófono por el aniversario 70 de la Radio cubana, la Moneda conmemorativa por el aniversario 80 de la Radio cubana y el Trofeo de la Avellaneda. También recibió el Trofeo al Mérito en los Estados Unidos Mexicanos y el Premio ACTUAR por la obra de la vida, además de ser Artista de Mérito de la Radio y la Televisión cubanas.

Tres anhelados premios nacionales por la obra de la vida alcanzó Rosita: el de Música, Teatro y Televisión, respectivamente. Pero el más grande de todos los premios, como ella misma reconoció, es el de su gente, el de los millones de cubanos que mantendrán viva su presencia y trasmitirán a las futuras generaciones la grandeza de una artista inolvidable que prefirió —de acuerdo con su última voluntad— descansar en esta tierra a pesar de tener tres nacionalidades: la cubana —siempre la primera con la que se identificó—, la mexicana y la norteamericana.

 

 

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