Leslie Amat: La vida en tres pruebas

Leslie Amat: La vida en tres pruebas

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Foto: Daniel Martínez

Nos queda lo que somos y no lo puedes negar. Ya sé que corre el reloj, que pasa el tiempo y deseas beber, que necesitas continuarte azotando espiritualmente. Sobre la marcha dejas trozos por los que se filtran los líquidos del alma. Te observo y recuerdo a Hemingway. A su pretendida dureza de aferrarse a la más profunda esen­cia humana. De tomar pedazos de aliento y ajustarlos de nuevo. El espíritu de la sobrevivencia al lí­mite vive contigo y creo que no le dedicas ni un pensamiento. ¿Mejor así, verdad? ¿Te has preguntado que cuando algunos rivales im­ploran tregua, tal vez tú le grites a tu voluntad? ¿Te has detenido a interrogar a esa victoria íntima llamada superación? ¿En tus nos­talgias, triunfos, sueños y hasta frustraciones? Quisiera sentir ese temor visceral más profundo tuyo. A lo que has renunciado. Tocar tu humanidad. ¿Cómo has escrito tu vida? ¿Por dónde empezar? ¿Con­versamos, Leslie Amat?

“El triatlón es como la vida. Implica tremendo esfuerzo y sa­crificio. Son muchas las exi­gencias. A veces he pensado en dejarlo. Los tropiezos y ciertas decepciones conspiran. El pasado año fue una de esas ocasiones. Por suerte algunas personas que están a mi lado me impulsaron a conti­nuar. Tengo sueños por cumplir. Por ejemplo, asistir a unos Juegos Olímpicos —apunta y comienza a morderse el labio inferior, le doy un poco de tiempo y prosigue gol­peándose suavemente la bar­billa con el índice—. No tengo trucos mentales ni técnicas es­peciales antes de competir. Me digo que estoy bien prepara­da. Que ninguna es mejor que yo. Intento no presionarme, antes sí lo hacía”, enfatiza mientras observa los espe­jos y equipos de musculación que son testigos mudos de sus juicios.

“Claro que he tenido pen­samientos negativos. Los com­bato siendo positiva, diciéndo­me que no, que no puedo pensar eso. Imposible rendirme. Pue­do ser algo supersticiosa, pero rituales no tengo.

“¿Fracasos que no olvido? —dice y una vena abultada le late visiblemente en el cuello—. Son varios y la verdad no los recuerdo. Los asimilo. Llevo un montón de años en el deporte, sin embargo, no me lo sé todo. Aprendo más de las derrotas. Te obligan a analizar mejor las co­sas para superarte.

“Mira —indica recostándo­se contra el respaldo de una silla plástica, que parece adaptada a su cuerpo—, no siempre se está en la cima. El 2025 fue frustrante. Tuve fractura en un dedo. Después si­novitis en la cadera y chikungun­ya. Eso me dio más fuerza y perse­verancia. No me rindo.

“La vida deportiva te hace renunciar a muchas cosas, a pos­poner objetivos personales, sin ol­vidar que no hay buena situación económica y como otros necesito mejorar. Hago triatlón por amor”, sentencia apretando los labios hasta el punto de que apenas re­sultan visibles.

Se observa las manos como si no se las hubiera visto antes. Sus cejas largas y claras se le arquean en los extremos cuando recorre su geografía sentimental.

“Soy melancólica. Lloro muy fácil. No me gusta que me vean, incluso me escondo. Ni mi mamá se da cuenta. Es como una vía de escape, un desahogo, una terapia ¿no? Sí, sí, exacto”, apuntala con una voz casi dulce, interrumpida a veces por una respiración pode­rosa.

“Las lesiones son un enemigo de cuidado. Llevo mi cuerpo al límite con un costo alto. Es algo masoquista, acepto sufrir, sen­tir que trabajo. También necesito interiorizar que debo tener más precaución. Oír más a mi cuerpo y escuchar al entrenador. Me exi­jo mucho. Es como una adicción”, sentencia abrazada al mástil de su convicción…

La vida se escribe a pincela­das de arrojo y osadía. Sobre un lienzo de esperanza, pero bajo un inevitable marco de pérdida y re­nuncia.

“Prácticamente no tengo vida social. Vivo entrenando. Termi­no cerca de las ocho de la noche. Apenas hay tiempo, por lo menos para tener pareja, es difícil. Creo que nadie aguanta eso. Afecta a la familia. En mi caso es fundamen­tal mi madre. Sin ella tendría que ponerme a trabajar.

“Jamás me he sentido menos que los hombres. Incluso mis com­pañeros del equipo nacional ala­ban mi entrega y capacidad.

“En el triatlón como en otras disciplinas hay mujeres que pue­den parecer poco femeninas —se­ñala y se pasa un dedo ligeramen­te por los labios—. Cada cuerpo es diferente. La decisión de ser es de cada cual, eso no influye. No creo estar masculinizada.

“Te digo más —revela y cruza los brazos debajo de los senos es­cudada en un gesto casi sensual—, disfruto arreglarme. No me pinto mucho ni nada de eso. Soy me­nudita. ¿Sencilla? ¡Sí!, me gusta mantener la feminidad. ¡Aclaro!, debemos respetar como quiera ser cada cual”.

Leslie se levanta con un salti­co. Da un corto paseíto hundiendo los talones en el suelo. Se deja caer sobre la silla y con tono casi infan­til regala detalles cómplices

“El que decida practicar el triatlón necesita asumir el sacri­ficio. Amarlo. Exige dedicación constante y por supuesto ser dis­ciplinado. Es lo que le espera si desea llegar lejos. Nunca quise ser la mejor —aclara, revisitando el pasado—. Jamás fue mi objetivo. Cambió con los años. Fue un pro­ceso en el que la constancia y la dedicación influyeron mucho…”.

¿El triatlón es una metáfora de la existencia?, me pregunto en silencio, creo que como la vida te exige transiciones, lecciones vita­les y hasta pruebas que perforan lo más espiritual.

“Intento ser en lo social como en el deporte. Si veo obstáculos trato de sobrepasarlos. Tengo que seguir avanzando. Si caigo me le­vanto. No queda otra”, legitima con la certeza de que el día a día nos construye.

“Juro que no entro mucho a las redes sociales —expone con una mano sobre el corazón—, las utilizo para poner mis resultados, promover la práctica de deportes o para inspirar con frases moti­vadoras a otras personas. No me exhibo tanto…

“Mira —afirma mientras su aliento soñador, junto a la emo­ción más franca se toman de la mano—, quisiera tener un res­taurante o una cafetería. Hacer negocios, pero me da miedo. Em­prender algo que esté fuera del deporte es complicado para mí, lo reconozco. Veo más claro un día ser profesora de triatlón, spin­ning o dar clases en un gimnasio, ¿entiendes?”, asevera y alarga el brazo hacia el interruptor del ma­ñana encendiendo la luz de una certeza casi soñada.

Las vacilaciones ante el futuro son un sentimiento tan legítimo como humano. Sus titubeos, naci­dos con suspiros de dudas impo­nen una búsqueda que se convier­te en ¿signo de resignación?

“Cuando el retiro llegue será duro. Me afectará romper la ruti­na de muchos años. Por eso, trato de entregarme al máximo porque sé que se acabará.

“Tengo claro que necesito ha­cer un serio desentrenamiento por mi salud. Mi corazón es muy grande. Sé de exatletas que han fallecido por paros cardíacos”, certifica con la voz teñida de sen­timientos encontrados.

“Me he enfrentado a desafíos —asiente, en tanto hojea su enor­me bitácora mental de navega­ción—, recuerdo un Triatlón de La Habana en el que antes de compe­tir me fracturé el dedo gordo del pie. Casi me desmayé y tuvieron que ponerme oxígeno. Terminé segunda. Una semana después fui a una Copa Continental en Costa Rica y logré podio y puntos para el ranking.

“Definitivamente el triatlón me ha hecho más fuerte y perse­verante. Permitió que superara mi timidez y socializara más. Eso me inspira y hace feliz…”.

Leslie Amat ha convertido la superación en fuerza expresiva. En su camino no existe el triunfo sin fisuras, cuya peculiar belleza convive con esa humana imper­fección, en la que siempre hay una grieta por la que penetra una luz.

Leslie Amat está considerada la mejor triatleta de la historia en nuestro país.

Comenzó en el deporte del alto rendimiento en el nado sincro­nizado e incluso compitió en los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro 2007.

Participó en los Primeros Jue­gos Olímpicos de la Juventud en Singapur 2010.

En los Juegos Centroamerica­nos y del Caribe de Barranqui­lla 2018 alcanzó medallas de bronce por equipos y en relevo mixto, cosecha que repitió en la cita que acogió San Salva­dor en el 2023.

Disputó los Juegos Panameri­canos de Toronto 2015 (lugar 14), Lima 2019 (séptimo esca­ño, mejor resultado histórico de nuestro país entre las mu­jeres) y en Santiago de Chile 2023 (15).

Atesora como su mejor presen­tación en Copas del Mundo un 19 lugar.

Varias veces ocupante del po­dio en copas continentales de triatlón, además de multi-campeona nacional.

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