La respiración agitada de estos días lleva implícita una dosis incalculable de valentía, entereza y amor a la Patria. No es pura agitación política la convocatoria de estas horas a firmar por ella y a marchar luego el Primero de Mayo por nuestras plazas, calles, bateyes, poblados, municipios y provincias. Es la hora de fundirnos como nación ante las amenazas de una injerencia bastarda y cruel.

El Gobierno que por 67 años ha intentado estrangularnos de todas las maneras posibles, que bloquea nuestra economía hasta lo increíble y que financió y entrenó una invasión en abril de 1961 no acaba de entender que nuestra independencia y soberanía son sagradas. Que por ellas estamos dispuestos a arriesgarlo todo.
La rúbrica que haremos en nuestros centros de trabajo o comunidades equivale a decir queremos paz y prosperidad. Significa resistencia, defensa del terruño y no tener miedo. En ella va también la inspiración martiana, fidelista y guevariana; y va un pueblo entero movido por una carga de pasión y humanidad que hemos compartido en salud, educación, deportes, ciencias, cultura y más por todo el mundo.
La celebración del Día Internacional de los Trabajadores es también otro desafío en medio de las rutinas diarias. Pero pasa por idénticas motivaciones. La inconformidad con temas salariales, excesiva burocracia y hasta con la corrupción que nos golpea, no puede perdernos en el camino de abandonar la Revolución. A ella nos debemos siempre por haber puesto a los trabajadores en el centro de la sociedad, sin explotación y discriminación por raza, sexo o lugar de nacimiento.
La respiración agitada de estos días lleva finalmente volver a Martí y a su poema Abdala: “El amor, madre, a la Patria/ no es el amor ridículo a la tierra/ Ni a la yerba que pisan nuestras plantas / Es el odio invencible a quien la oprime/ Es el rencor eterno a quien la ataca”.

