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Nación

La respiración agitada de es­tos días lleva implícita una dosis incalculable de valentía, entereza y amor a la Patria. No es pura agitación política la convocatoria de estas horas a firmar por ella y a marchar luego el Primero de Mayo por nuestras plazas, calles, ba­teyes, poblados, municipios y provincias. Es la hora de fun­dirnos como nación ante las amenazas de una injerencia bastarda y cruel.

Foto: José Raúl Rodríguez Robleda

El Gobierno que por 67 años ha intentado estrangularnos de todas las maneras posibles, que bloquea nuestra economía hasta lo increíble y que financió y entrenó una invasión en abril de 1961 no acaba de entender que nuestra independencia y soberanía son sagradas. Que por ellas estamos dispuestos a arriesgarlo todo.

La rúbrica que haremos en nuestros centros de trabajo o comunidades equivale a decir queremos paz y prosperidad. Significa resistencia, defensa del terruño y no tener miedo. En ella va también la inspiración martiana, fidelista y guevaria­na; y va un pueblo entero mo­vido por una carga de pasión y humanidad que hemos compar­tido en salud, educación, de­portes, ciencias, cultura y más por todo el mundo.

La celebración del Día Inter­nacional de los Trabajadores es también otro desafío en medio de las rutinas diarias. Pero pasa por idénticas mo­tivaciones. La inconformidad con temas salariales, excesiva burocracia y hasta con la co­rrupción que nos golpea, no puede perdernos en el camino de abandonar la Revolución. A ella nos debemos siempre por haber puesto a los trabajado­res en el centro de la sociedad, sin explotación y discrimina­ción por raza, sexo o lugar de nacimiento.

La respiración agitada de es­tos días lleva finalmente volver a Martí y a su poema Abdala: “El amor, madre, a la Patria/ no es el amor ridículo a la tierra/ Ni a la yerba que pisan nuestras plantas / Es el odio invencible a quien la oprime/ Es el rencor eterno a quien la ataca”.

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