Cada 28 de octubre Cuba no despide a Camilo Cienfuegos, lo vuelve a encontrar. En el Malecón, en un río, en una presa o en cualquier costa, los cubanos dejamos una flor en el agua. No hay tumba, solo el mar y la memoria de un hombre que salió del pueblo y se quedó en él para siempre.

Nacido en Lawton en 1932, Camilo conoció temprano el trabajo y la humildad. Fue el expedicionario número 82 del Granma, el último en ser aceptado, y pronto se ganó un lugar por su valentía. En la Sierra Maestra, luego en la invasión de Oriente a Occidente, se hizo leyenda por su resistencia, su sencillez y su capacidad de caminar siempre al frente. De ahí el título que se ganó sin decreto de Señor de la Vanguardia.

Su gloria militar quedó unida a Yaguajay, pero no fue solo el guerrillero victorioso lo que lo hizo querido: fue el hombre que compartía lo poco que tenía, que bromeaba con sus soldados y que mandaba con el ejemplo.

Desapareció en el mar. De él Fidel expresó: “Camilo salió del pueblo y en el pueblo hay muchos Camilos”.

Hoy, cuando una flor cae al agua, Cuba le rinde tributo. No a un ausente, sino a un hombre que sigue en la vanguardia: con el sombrero alón, la sonrisa amplia y el ejemplo intacto.



