Este domingo el Cine Club Sin Fronteras propone en su habitual tanda de las 5 pm en La Rampa un encuentro con el aclamado cineasta sudcoreano Kim Ki- duk (1960-2020).
En este caso se trata de su filme Bad Guy (Mal tipo), de 2001.

Un hampón de poca monta, enamorado de una joven estudiante, consigue enredar a esta en una deuda económica a través de la que controla y dirige todas sus actividades, incluyendo la venta de su cuerpo. Entre ellos se establece una relación interdependiente la cual queda enmarcada por la vida cotidiana del lumpen.
Reverenciado por la crítica y un amplio público, reconocido en importantes festivales mediante una obra provocadora y original (Call of God, Stop, Venecia, Red family…) , el cineasta surcoreano – procedente de familia de extracción obrera- se ha impuesto por un estilo suigéneris y altamente experimental dentro de lo que constituye la vanguardia del cine en esa franja geográfica.
Es distintivo el ritmo pausado de su cine que permite al espectador el análisis pormenorizado y la reflexión en sus contenidos, el fuerte impacto visual muchas veces cruento mediante metáforas de disímiles lecturas , el parsimonioso uso del diálogo y el énfasis en elementos marginales o inadaptados a la sociedad, dentro de lo cual el filme que exhibimos, Bad guy, es un ejemplo representativo.
La crítica esta vez, como en no pocas ocasiones, se ha dividido, pues Kim es respetado, admirado incluso pero igualmente polémico.
Mientras Mark Stevens, de la BBC considera la cinta «oscura, rara y envuelta en un extraño sentimentalismo, una película de Kim Ki-Duk bastante curiosa», su colega Ned Martell (The New York Times) opina que «si hay algo interesante en esta historia agotadora y triste son las interpretaciones de Cho Je-Hyun y Seo Won», juicio en el que no le falta razón acerca del rubro actoral -ellos y el resto del elenco- aunque personalmente considero que la obra tiene otros muchos valores artísticos, axiológicos y sociales.
Como mismo me parece que en el otro extremo exagera Derek Elley , en Variety, al afirmar que se trata de «la película más satisfactoria a nivel emocional de Kim Ki-duk (…) Y la más compacta y coherente».
Entre ambas posiciones me sitúo, y agrego que aunque no mi preferida dentro de su vasta filmografía, este «chico malo» es sin dudas una buena criatura fílmica que como el grueso de su obra, hay que tomar en cuenta.

