Aunque en Cuba, desde hace mucho, festejamos el Día de la Prensa Cubana cada 14 de marzo, aniversario de la fundación del periódico Patria por José Martí en 1892, no ha dejado de ser motivo de celebración el 8 de ese mes, como Día Internacional del Periodista, en recordación del asesinato por los nazis de Julius Fucik (23 de febrero de 1903, Praga, República Checa — 8 de septiembre de 1943, Berlín, Alemania), quien se desempeñó, desde su temprana juventud, como periodista y crítico literario en las publicaciones Rude Pravo y Tvorba, fue dirigente del Comité Central del Partido Comunista Checo y durante la ocupación alemana de su patria se convirtió en un valiente y astuto organizador de las células de luchadores antifascistas.

Tal vez sea útil, para acercarnos una vez más a su figura, este texto de mi libro Esos hombres que hicieron pueblos, que recibió el Premio La Edad de Oro 1976 en el apartado de relatos históricos y fue publicado por la Editorial Gente Nueva en un volumen contentivo de las obras galardonadas aquel año.
Vivió para la alegría y por ella fue al combate
Era cálida aquella noche de abril de 1942. Eran oscuras y solas aquellas calles de Praga, la capital de Checoslovaquia, ocupada por las tropas fascistas alemanas, las tropas nazis de Hitler, las tropas criminales que habían desatado, tres años atrás, la Segunda Guerra Mundial.
Eran solas y tristes y oscuras aquellas calles. Sobre los adoquines sonaban, como si quisieran aplastar aquella tierra, las botas de los soldados que habían invadido pueblo tras pueblo, para atacar luego a la Unión Soviética.
Por aquellas calles andaba un hombre de barba negra como la noche. Caminaba fingiendo ser cojo y llevaba encima documentos falsos para tratar de burlar a la policía, que lo buscaba por todas partes.
Buen disfraz el de aquel hombre, con su traje y su barba y su pie cojo, que le daban la apariencia de persona vieja, dedicada a la vida tranquila de su casa. Era difícil sospechar que bajo el traje oscuro, latía claro un corazón alegre como el sol de la mañana, y que bajo el sombrero, su mente andaba siempre pasando revista a los grupos clandestinos del Partido.
Los nazis, al invadir su patria checoslovaca, habían asesinado y encarcelado a muchos dirigentes comunistas. Pero allí estaba él, Julius Fucik, para reorganizar con sus compañeros las filas del Partido, para crear un Comité Central clandestino, para editar en secreto su periódico, para preparar las acciones del pueblo armado contra el invasor.
Porque él se había formado en el Partido, y el Partido le había enseñado que los comunistas no se rinden nunca, sino que luchan siempre por la vida y la alegría de todos los hombres: por el socialismo y el comunismo.
Tal vez en eso pensaba Julius aquella cálida noche de abril, cuando llegó a la casa en que debía entrevistarse con un compañero del trabajo clandestino.
Aquella noche empezó la dura prueba
En la casa se habían reunido varios conspiradores sin la autorización de Julius, que les criticó enseguida haberlo hecho. Las reglas de la conspiración exigían no reunirse en grupos numerosos, pues ello significaba un riesgo mayor de despertar sospechas en la policía y ser capturados.
Conversaron los camaradas con su jefe sobre futuras tareas, y ya iban a retirarse cuando se oyeron fuertes golpes en la puerta.
Era la policía. Habían rodeado la casa, impidiendo así toda escapatoria posible. Forzaron la puerta y entraron como perros rabiosos.
Eran nueve hombres que ahora apuntaban con sus armas a los revolucionarios. Julius quedó tras la puerta, pistola en mano, sin ser visto por los esbirros. Si disparaba, sus compañeros serían los primeros en caer. Tenía que decidir en pocos segundos. Y decidió salir de su escondite para tratar de salvar la vida a sus compañeros.
A empujones y a golpes se los llevaron. Era cálida aquella noche de abril de 1942 y empezaba para Julius una dura prueba: la de resistir con su valentía los golpes y torturas de los fascistas que querían arrancarle los secretos del trabajo clandestino del Partido.
Por la misma causa justa
Durante horas y horas lo golpearon sin descanso, pero de sus labios no salió una palabra que delatara a sus compañeros. Trajeron a su esposa para que dijera quién era él, para que dijera si conocía aquel rostro que ella tanto conocía, que ella tanto quería, aquel rostro ahora lleno de heridas y de sangre.
Pero ella dijo: «No lo conozco». Así le había ordenado Fucik que hiciera si era capturado. Y ella, que también era comunista, cumplió firme la orden del jefe revolucionario.
Julius no dijo una palabra, pero por un traidor los nazis supieron que el hombre a quien tenían en sus manos era más importante de lo que pensaban: era Julius Fucik.
Lo enviaron a una cárcel, junto a cientos de revolucionarios. Lo echaron a una celda sin conocimiento, y pensaron que se moría. Un viejo y un joven eran sus compañeros de celda, y le curaron las heridas. Julius batalló duro con la muerte hasta que recuperó sus fuerzas, y el viejo y el joven aprendieron a quererlo como cosa grande de sus vidas.
Al joven se lo llevaron un día a la muerte, y antes de irse besó la frente de Fucik, como el hermano que se despide para siempre del hermano. En la celda quedaron Julius y el viejo, que se tenían ya como hijo y padre.
El viejo seguía a Julius con los ojos húmedos, cuando los guardias se lo llevaban a hacerle más preguntas, a golpearlo de nuevo para que delatara a los hombres del Partido que luchaban en la calle.
El viejo no dormía entonces hasta que Julius regresaba, y lo acostaba en el camastro, y le curaba las heridas nuevas que traía. ¡De la misma sangre se hacen los hombres cuando sufren y viven por la misma causa justa!
Y siempre cantaban
Pasaron los meses, pasó un año, y a pesar de los horrores de la cárcel, los fascistas no podían vencer a los revolucionarios presos. La libertad es cosa que no muere en el pecho de los héroes, y eso los hace invencibles.
La celda 267, la celda de Fucik, cantaba siempre. Cantaban en ella Julius y el viejo, a pesar de que los guardias los mandaran a callar, a pesar de los golpes y las torturas. Y cantaban los presos de otras celdas cuando Julius cantaba.
Si toda su vida había cantado, ¿cómo no iba a cantar ahora, cuando la vida se le podía acabar de un momento a otro? ¿Cómo no iba a cantar si el Partido vivía y luchaba en la calle? ¿Cómo no iba a cantar si a pesar de todo el socialismo triunfaría?
Y así llegó el primero de mayo de 1943. El día internacional de los trabajadores. Los nazis prohibían hablar a los presos entre sí, pero ellos lograrían festejar sin palabras el primero de mayo.
Los guardias sacaron a los presos al patio, para hacer los ejercicios obligatorios de cada mañana. Ya reunidos en círculo los hombres, Julius salió de la formación y se paró en el centro.
Miró a todos y comenzó a hacer dos movimientos: el que hace el campesino con la hoz y el que hace el herrero con el martillo. ¡La hoz y el martillo, el símbolo de los trabajadores! Todos comprendieron y comenzaron a imitar los movimientos de Fucik.
Los guardias no se enteraron, pero los revolucionarios presos celebraron alegres la gran fiesta de los trabajadores, como si cantaran en silencio un himno tan hermoso que los oídos de los nazis no podían escuchar.
Sin miedo a la muerte
Cuando los nazis comprendieron que no sacarían nada de Julius con los golpes y las torturas, trataron de convencerlo para que traicionara. Un oficial lo llevó una tarde por las calles de la capital y con una sonrisa burlona le dijo: «Sé que amas a Praga. ¿Es que no quieres volver nunca más a ella? ¡Es tan hermosa!» Julius lo miró fijo y le respondió tranquilamente: «¡Y será más bella todavía cuando ustedes no estén aquí!»
Ya para junio de 1943, Julius estaba convencido de que los fascistas lo condenarían a muerte de un momento a otro. Las tropas nazis iban sufriendo derrota tras derrota frente al ejército soviético. Los invasores alemanes, en criminal represalia, asesinaban a los revolucionarios presos.
Julius sabía eso. Pensaba en eso allá en su celda, pero no con miedo. Aunque lo mataran él sería el vencedor de los enemigos de su pueblo, porque se había mantenido firme, fiel a su Partido. Porque un comunista que cae en combate no muere nunca.
Pensaba en su muerte cercana, pero no como el cobarde que se echa al rincón frío a llorar su desconsuelo.
Un guardia de la cárcel que ayudaba en secreto a los revolucionarios, le había dado papel y lápiz, y ahora la mano de Julius escribía rápido para ganar al tiempo su última batalla.
Escribía para el futuro, para que los hombres del futuro supieran de la valentía de aquellos bravos que en la prisión tuvieron la frente alta y limpio el corazón, y supieran de los crímenes, y de los criminales. Julius Fucik, sin miedo ante la muerte, escribía un libro: Reportaje al pie de la horca.
Sus manos, que nunca temblaron ante el enemigo, tampoco ahora temblaban. Sus manos iban y venían sin miedo por el papel, fabricando palabras como balas disparadas contra el fascismo. Sin miedo y sin tristeza, porque él había vivido por la alegría, y para que no se la mataran había ido al combate.

