Wayacón: pintar desde el margen

Wayacón: pintar desde el margen

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Julián Espinosa Rebollido nunca pisó una academia de arte. Y sin embargo, bajo el nombre de Wayacón, construyó un lenguaje propio, reconocible a la distancia, que hoy forma parte de museos, colecciones y libros de historia del arte cubano.

Hay artistas que llegan a la pintura atravesando una escuela: aprenden primero las reglas y después intentan romperlas. Wayacón llegó por una puerta distinta, la de la necesidad, la obsesión, la memoria, la imaginación, ese impulso inexplicable que convierte cualquier superficie en un lugar donde algo puede suceder. Y quizá por eso resulte insuficiente llamarlo únicamente artista naïf.

La palabra naïf puede conducirnos hacia una idea peligrosa: la del artista ingenuo, casi infantil, que pinta desde una supuesta inocencia técnica. Pero mirar con atención la trayectoria y el universo plástico de Wayacón obliga a desconfiar de esa lectura. Una cosa es carecer de formación académica; otra, muy distinta, carecer de lenguaje.

 

Wayacón tiene lenguaje

El artista en cuestión tiene un lenguaje propio, reconocible, incómodo y profundamente libre. Su pintura se construye allí donde las categorías dejan de funcionar. El dibujo puede ser elemental, pero la imaginación no lo es: los cuerpos, los animales, los rostros y las figuras aparecen sometidos a una lógica distinta de la representación académica, y los colores adquieren una intensidad que no busca reproducir la realidad, sino transformarla.

Hay en su obra una voluntad de invención difícil de encerrar en la palabra «ingenuo». Por eso la categoría outsider resulta particularmente interesante para aproximarnos a él. No basta con decir que es un artista autodidacta; hay que entender que construyó su lenguaje desde una posición periférica respecto de la formación artística convencional y de sus códigos. La ausencia de academia no produjo en él un vacío, sino libertad. Y esa libertad se convirtió en estilo.

Wayacón no parece preguntarse permanentemente qué debe ser una pintura, sino qué puede llegar a ser. Esa diferencia es fundamental. Su universo plástico incorpora la imaginación popular, la memoria, la fantasía, los animales, los personajes, las máscaras, los símbolos y una particular manera de deformar la realidad hasta convertirla en otra cosa. Lo cotidiano convive con lo extraordinario sin necesidad de explicar el tránsito entre uno y otro.

La pintura no siempre cuenta una historia. A veces parece contar un sueño, o una memoria, o una obsesión; a veces, simplemente, el funcionamiento secreto de una imaginación que nunca aceptó del todo las fronteras impuestas desde afuera.

Reducir a Wayacón a la condición de «pintor naïf» puede resultar cómodo, pero también insuficiente, porque esa palabra describe determinadas características de una apariencia plástica. Outsider, en cambio, permite hablar también de una posición frente al mundo del arte. Y ahí está lo interesante de Wayacón: el artista autodidacta cuya obra fue mirada, con el tiempo, por instituciones, coleccionistas, galerías y especialistas; el creador que trabajó desde los márgenes y llegó al centro sin haber necesitado someterse primero a las reglas del circuito artístico.

Ahí aparece una paradoja notable: el outsider que acabó convertido en categoría.

Naïf. / Primitivo. / Outsider. /Surreal.

Cada palabra intenta colocar un límite alrededor de una obra que parece haber nacido para desbordar los límites. Quizá sea más justo hablar de Wayacón como un creador autodidacta, de raíz outsider, cuya obra dialoga fuertemente con la tradición naïf cubana, antes que encerrarlo en una sola etiqueta.

Y hay algo más: su obra cuestiona una vieja asociación entre sencillez formal y pobreza artística. Que una figura no responda a las proporciones académicas no significa que carezca de intención. Que un rostro esté deliberadamente deformado no significa que el artista no sepa qué está haciendo. Que los colores parezcan excesivos no significa ausencia de pensamiento; al contrario.

En Wayacón, la aparente sencillez funciona muchas veces como una puerta hacia un universo mucho más complejo de lo que sugiere a primera vista. Una obra sostenida durante años alrededor de determinadas formas, criaturas, colores, personajes y obsesiones termina construyendo una gramática propia. Y cuando un artista construye esa gramática, deja de ser simplemente un pintor «ingenuo»: se convierte en autor. Wayacón lo es.

Un ejemplo personal ilustra bien esta idea. Una de las piezas que mejor me permite acercarme a esa dimensión de su creación pertenece a la serie «Las mamitas», y tuve el privilegio de recibirla como obsequio de sus propias manos.

La pieza parte de una imagen fotográfica femenina y la interviene con el universo fantástico que caracteriza su lenguaje. La fotografía deja de funcionar únicamente como reproducción de un cuerpo y se convierte en territorio de imaginación: sobre ella aparecen criaturas y formas de intenso color que modifican la lectura de la imagen original.

No se trata de decorar una fotografía, sino de una operación mucho más interesante: Wayacón interviene la realidad para convertirla en su propia realidad. Ahí está, quizá, una de las claves de toda su obra.

Wayacón no parece conformarse con mirar el mundo. Necesita transformarlo, y esa necesidad es lo que hace difícil reducir su pintura a la ingenuidad. Hay imaginación, memoria, juego, irreverencia; hay una relación casi infantil con el color, pero también una libertad adulta frente a las reglas. Y existe, sobre todo, una decisión sostenida de no pintar como se supone que debe pintar un artista.

Eso tiene una enorme importancia, porque la historia del arte está llena de creadores que aprendieron las reglas para después rebelarse contra ellas. Wayacón siguió otro camino: se rebeló sin haber necesitado obedecer primero. Ahí reside también buena parte de su fuerza.

Su pintura puede leerse como una celebración de la imaginación popular, pero también como una forma de resistencia frente a la normalización de la mirada. No pinta para demostrar que domina una técnica; pinta para construir un mundo. Y esta es una de las definiciones más antiguas y más verdaderas del arte: crear un mundo allí donde antes solo había una superficie vacía.

Por eso, cuando contemplamos a Wayacón, conviene tener cuidado con la palabra «ingenuo». Puede ser una categoría útil, pero también puede convertirse en una jaula. Y Wayacón parece haber pasado buena parte de su vida haciendo justamente lo contrario: abriendo jaulas. La de la perspectiva. La de la proporción. La del color. La de las convenciones.

 

La voz de Wayacón

Una voz que nació en los márgenes y que, paradójicamente, obligó al centro a mirar hacia ellos. Tal vez por eso su obra siga resultando necesaria: nos recuerda que el arte no siempre comienza con una escuela.

A veces comienza con una necesidad. Con una obsesión. Con una superficie cualquiera. Con un hombre que decide pintar lo que solamente él puede ver. Y entonces sucede lo más difícil: aparece un mundo.

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