Como los personajes de Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, que al perder la vista también pierden el orden social, en las colas de los cajeros de La Habana la espera prolongada parece borrar poco a poco los límites del respeto y la convivencia. La obtención de dinero se ha convertido en un auténtico suplicio; el irrespeto, las peleas e incluso los robos son la moneda más habitual, reflejando una situación crítica que persiste día tras día.

El acceso y manejo del efectivo está limitado por varios factores, como el bajo retorno del dinero hacia el sistema bancario, la concentración en pequeñas y medianas empresas, la inflación de los precios que obliga a la población a retirar mayores cantidades y los frecuentes apagones, que interrumpen la red bancaria e impiden las operaciones de extracción.
Sin embargo, ninguno de estos inconvenientes justifica actos vandálicos como el ocurrido en la sucursal 300, en Diez de Octubre y Lacret, donde dos cajeros fueron dañados de forma irreparable, un incidente que llevó a los directivos del Banco Metropolitano a resguardar los equipos restantes dentro de la propia sede.
En diversos espacios cercanos al banco son frecuentes las ventas de turnos para acceder a los cajeros automáticos, por una figura que aparece en cualquier centro de los servicios donde encuentra caldo de cultivo: el (los) colero (s).
Asimismo, es un secreto a voces el cambio de dinero mediante transferencias con comisiones de alrededor del 10 %. En este contexto de escasez, los clientes prefieren recurrir a estas vías informales para evitar las interminables filas.
La limitación a la hora de retirar dinero ha provocado disputas entre los encargados de los servicios financieros y los clientes.
Gritos, insultos e incluso preguntas legítimas como: “¿Qué puedo hacer con menos de 3 mil pesos?” o “¿Quién me va a aceptar pagar con billetes de 5?” forman parte de estas tensiones liberadas por algunos de los que permanecen de pie, no pocas veces al sol y tras largas esperas.
Ningún argumento puede justificar la agresión física o verbal de las partes involucradas. No obstante, en muchas ocasiones se evidencia una falta de empatía entre los propios implicados, que prefieren discutir entre ellos, insultarse y empujarse antes de mantener la calma o solicitar a los responsables una solución viable.
Lo más preocupante no es solo la ausencia del codiciado papel moneda ni los conflictos, sino la naturalización de estas conductas. Cuando el abuso y las faltas de respeto empiezan a asumirse como parte de la rutina, el problema deja de ser únicamente económico y adquiere una dimensión ética y social. Atender esta crisis no depende nada más de exigir un buen comportamiento; también implica revisar mecanismos bancarios para evitar que la precariedad siga como un escenario de confrontación cotidiana.

