Fundada en 2015 por el socorrista español Óscar Camps, Open Arms nació lejos de los grandes despachos y de las instituciones internacionales. Su origen está en la decisión de un grupo de «salvavidas» de poner su experiencia al servicio de quienes morían en el Mediterráneo sin recibir auxilio.
En una entrevista concedida a la periodista cubana Magda Resik durante su reciente visita a La Habana, Camps recordó que el nacimiento de la organización está más cerca de la necesidad que del deseo de fundar un proyecto internacional: “Quizá el hecho de ser socorrista salvavidas y escoger esta profesión por vocación me llevó a preguntarme qué más podía hacer. Mientras trabajábamos en playas europeas atendiendo a millones de turistas, veíamos que, a cientos de millas de distancia, había personas que morían ahogadas, abandonadas a su suerte en aguas internacionales. Pensamos que podíamos ayudar también allí”.
La decisión los condujo a la isla griega de Lesbos, uno de los principales puntos de llegada de quienes escapaban de la guerra en Siria. Lo que inicialmente sería una acción voluntaria terminó convirtiéndose en una organización humanitaria: “Fuimos a ayudar y había tal cantidad de rescates, tanta gente ahogada y tanto riesgo, que tuvimos que organizarnos administrativamente para poder seguir trabajando. Así nació Open Arms. No pretendíamos crear una organización internacional; simplemente necesitábamos estar legalmente en Grecia haciendo ayuda humanitaria”.
La crisis migratoria del 2015 marcó la dimensión del proyecto. Cerca de un millón de personas cruzaron entonces el mar Egeo en embarcaciones precarias buscando refugio en Europa. En su inmensa mayoría eran familias sirias y afganas que huían de conflictos armados en sus países. Pese a tener derecho a solicitar asilo, carecían de vías legales y seguras para hacerlo: “Si tienes derecho al asilo, ¿cómo accedes a ese derecho si nadie te permite viajar legalmente? Al final acabas en manos de las mafias, que solo quieren tu dinero y no tu seguridad”, reflexionó.
Esa realidad reveló la verdadera magnitud del drama: “Descubrimos que hacía falta proteger la vida de esas personas porque quedaban abandonadas en el mar y morían. Estuvimos presentes en el mayor naufragio ocurrido en el Egeo. Ahí comenzó todo, cuando nos dimos cuenta de que hay vidas que no importan, que no tienen el mismo valor”.
Desde entonces Open Arms se ha convertido en uno de los principales referentes mundiales del rescate civil en el mar. De acuerdo con cifras de la organización y otras fuentes, ha contribuido a salvar a más de 73 000 personas en el Mediterráneo central y el mar Egeo, además de desarrollar misiones humanitarias en Ucrania, Gaza y otras zonas golpeadas por conflictos o catástrofes.
Su trabajo también ha puesto las carencias de los mecanismos internacionales de protección: “Existen convenios internacionales que obligan a los Estados a rescatar a quienes están en peligro en el mar. Es decir, el problema no es la falta de normas; sino que muchas veces no se activa el mecanismo”.
La labor de Open Arms no está exenta de riesgos. Camps recuerda los primeros meses en Lesbos como el período más difícil de su vida profesional: “No teníamos prácticamente nada: unas aletas, un pequeño traje de neopreno y mucha determinación. Trabajamos 18 horas seguidas, siempre mojados, con un frío atroz. Fueron los momentos más duros que hemos vivido jamás”.
A lo largo de su quehacer, Open Arms se ha visto cada vez más hostigado por la corriente racista y xenófoba que se expande por Europa, de la cual no escapa España: “Antes recibíamos premios por nuestra labor, ahora sufrimos persecuciones, difamaciones y criminalización cuando hacemos lo mismo que en el 2015: evitar que la gente muera innecesariamente en el mar”.
“Cuando decidí encaminar mi vida al salvamento –llevo más de 35 años como profesional– jamás imaginé que salvar una vida pudiera ser un delito, que se cuestionara, que necesitara un permiso o que incluso me multaran por ello”, declaró recientemente Camps cuando fue interrogado por la prensa española acerca del discurso de odio que le dedicara el político Santiago Abascal.
“Necesitamos más que nunca el apoyo de la ciudadanía. Se ha visto que la sociedad civil es silenciosa, no hace ruido como la extrema derecha, pero se mueve y cuando lo hace puede hacer historia (…). Salvar vidas es lo más grande que puede hacer un ser humano por otro. Querer hundir al Open Arms, como ha pedido Abascal, es querer hundir a nuestra propia humanidad y solidaridad. No podemos permitirlo”, enfatizó entonces..
Rumbo a Cuba
Ese mismo espíritu humanitario y de solidaridad le condujo este verano hacia la Mayor de las Antillas. A bordo del velero Astral, Camps y varios activistas, hicieron realidad la misión Rumbo a Cuba a la que se sumaron otras organizaciones sociales, sindicales y políticas españolas.
Finalmente, tras varias semanas de navegación, el Astral divisó el Morro de La Habana el pasado 18 de julio. Intacta llegó su valiosa carga humanitaria: insumos sanitarios, material escolar y un sistema de energía solar que dará autonomía eléctrica a la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Pediátrico Juan Manuel Márquez.
El activista ha sido firme en sus denuncias a los impactos que las sanciones estadounidenses tienen sobre la población cubana y defendió el rol de la sociedad civil organizada: “La solidaridad no entiende de bloqueos, no entiende de fronteras. En el mar tampoco las hay”.
Tal reflexión resume la filosofía que ha guiado a Open Arms desde sus primeros rescates en el Egeo: donde la política levanta barreras y las instituciones llegan tarde, la solidaridad abre caminos, salva vidas, rompe el silencio..