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Ernesto Che Guevara y su amor por los animales

Ernesto Che Guevara de la Serna, el Guerrillero Heroico, tenía además de las múltiples virtudes que se conocen, un amor entrañable por los animales. En las fotografías de su infancia, aparece con frecuencia paseando sobre un caballo, alimentando a las palomas en la finca de Portela o jugando distraído con un perro junto a sus hermanos, en uno de los tantos lugares donde vivió en su natal Argentina. Ernestico se identificaba mucho con la naturaleza, nadaba en los ríos, ordeñaba vacas, mataba puercos, hacía manteca, fabricaba queso.

 

Ernesto Che Guevara de la Serna (1928-1967)

 

Su padecimiento de asma bronquial hizo que la familia prefiriera vivir en casas de campo, oportunidad que aprovechaba el niño enfermo para respirar el aire puro de las montañas. Momentos felices los pasaba junto a los animales; se deleitaba ante el vuelo de los pájaros, le daba de comer a gallinas y pollos, admiraba la belleza de los gallos, corría detrás de gatos y perros. Así aprendió desde la infancia y creció cultivando el amor por los animales.

 

Desde niño aprendió el arte de la equitación. Ambas fotos, en caballo y en burro, fueron tomadas en Alta Gracia, a los 5 años

 

Al realizar el recorrido con Alberto Granado por América Latina, llegaron al poblado de Los Ángeles en territorio chileno; ese día consiguieron que se les permitiera dormir en el cuartel de los bomberos. En la madrugada sonó la alarma y los dos amigos se dispusieron a enfrentar el siniestro; al terminar el Che regresó muy contento con un par de gaticos que se habían quedado encerrados y que él había rescatado. Según Granado «estaba de lo más orgulloso con su rescate».

En su conocido libro Pasajes de la guerra revolucionaria, el Che publicó el relato El cachorro asesinado. Texto escrito con un lenguaje conmovedor, cuenta la historia de un perrito el cual durante una marcha nocturna de los guerrilleros comenzó a ladrar incesantemente y hubo dolorosamente que eliminarlo pues ponía en peligro la vida de los combatientes. El Che quedó profundamente dolido y así lo narró con palabras muy sentidas que evidencian su sentimiento hacia el cachorro.

Al contar, en el propio libro, sobre el combate del Uvero, escribió: «De la concentración de fuego por parte nuestra habla, además de los 14 muertos, el que 3 de 5 pericos que tenían los guardias del cuartel, fueron muertos. Hay que pensar en el tamaño diminuto de este animalito para hacerse una idea de lo que le cayó al edificio de tablas». Nótese como tiene presente a los animales, esta vez los utiliza para ilustrar la magnitud de la batalla.

La invasión de Oriente a Occidente, epopeya gloriosa de los rebeldes, contribuyó a  unir las tropas y desarrolló sentimientos de humanidad y respeto hacia la naturaleza y los animales. El Che siempre fue cariñoso con su mulo Balanza con el que muchas veces hablaba dedicándole frases de amistad. Recuerda Ramón Pardo Guerra: «En la Sierra Maestra tuvo dos mulos llamados Balanza y Armando, los cuales llevaban el nombre de sus dueños. Era muy cuidadoso y humano con ellos. No permitían que los maltrataran o sobrecargaran, se preocupaba porque los alimentáramos y los tuviéramos herrados». Entre los alimentos que preferían los invasores estaba la carne de jutía. Un día ya estaba lista la cena y un compañero salió con un palo a perseguir otra jutía; el Che se molestó y le increpó: «Si ya no hace falta, para qué matas a ese animalito».

 

Collage que muestra al Che en una de sus preferencias entre caballos y mulas

 

En México conoció a Myrna Torres Rivas, revolucionaria latinoamericana, y se encariñó con su perrita Ballerina. Antes de partir hacia Cuba fue a despedirse de ambas; tiempo después del triunfo de la Revolución, Myrna viajó a La Habana, y de su encuentro con el Che; recuerda: «Cuando hablé con él aquella vez en su oficina de Ministro, acarició a su perro Muralla y me preguntó por nuestra perrita azteca Ballerina».

 

El Che comparte en familia con el perro Muralla

 

Muralla fue el nombre que el Che le puso a un perrito que encontró en el sótano del Ministerio de Industrias, lo cargó en sus brazos y lo llevó a su oficina para cuidarlo. Según cuenta el viceministro Orlando Borrego: «aquel pequeño perrito abandonado por algún desconocido, se había convertido en un perrazo de gran porte. El Ministro cuidaba del animal con esmero y hasta le había situado una alfombra para que descansara en su propia oficina. El perro pernoctaba entre el sótano y la oficina del Ministro».

Confiesa Borrego que tuvo algunas discrepancias fraternales con el Che, en relación con la presencia de Muralla en el recinto del Ministerio, además de que el perro no mostraba simpatía por el viceministro. Un día le mostró sus afilados colmillos y emitió un agudo ladrido, Borrego subió de inmediato a la oficina del Ministro y le dijo: «Muralla acaba de atacarme de nuevo y ésta es la última vez que lo va a hacer, para la próxima lo liquido». El Che contrajo el rostro y le gritó: «Escucha bien lo que te voy a decir, como me toques a Muralla te la vas a tener que ver conmigo, si no te despido antes del Ministerio».

 

El perro, otro de los animales queridos por el Che

 

Al triunfo de la Revolución cubana, entre los nuevos productos desarrollados en el Ministerio de Industrias se encontraban los barcos pesqueros. Lo anterior respondía al interés prestado por el gobierno revolucionario a la explotación de los recursos del mar. Los primeros barcos producidos en astilleros cubanos fueron bautizados con el nombre de Lamba. A la prueba del primer barco, en la bahía de La Habana, el Che asistió con su perro Muralla. Así lo cuenta Borrego: «le insistí al Ministro en que no me parecía prudente la compañía de Muralla. No me hizo el menor caso y emprendimos nuestra aventura marinera». Continúa Borrego: «Tan sólo habían pasado unos minutos de bamboleo a consecuencia del oleaje, cuando Muralla empezó a emitir profundos quejidos y a ladrar dolorosamente producto del mareo. El Che se dedicó a cuidar al animal mientras yo, muy a mi pesar, contenía la risa tratando de disimular el incidente, los demás acompañantes, también medio mareados, emulaban dignamente con el perro Muralla».

Un domingo el Che conducía su auto hacia Güines, iba a participar en un trabajo voluntario en la textilera Camilo Cienfuegos; de momento se sintió un golpe, el guerillero preguntó a la escolta y le dijeron que un perro había topado con el auto, pero que el golpe había sido mínimo y que el animal se había perdido en los matorrales. El Che detuvo el auto y se internó en la maleza, demoró en su búsqueda hasta que lo convencieron de que en realidad no había daños en el animal.

El Che era enemigo de las peleas de gallo, nunca las permitió. Una tarde pasaba cerca de una valla y al sentir la algarabía de los participantes no pudo contenerse. Entró con decisión al recinto, separó a los gallos y los tomó en sus brazos; de inmediato solicitó alcohol y algodón y se puso a curar las heridas. Reprimió con fuerza a los participantes y devolvió los gallos a sus respectivas galleras.

El 11 de febrero de 1963 se inauguró la Fábrica de Alambres de Púa, en Nuevitas, Camagüey. En uno de los terrenos donde se habían realizado grandes movimientos de tierra apareció una rana que saltaba hacia donde se encontraba el Che, de pronto, formando un poco de aspaviento, uno de sus escoltas, apodado El Chino, corrió y le propina una patada a la rana. Todos se percataron enseguida de aquella exageración. Hasta el Che, reunido allí con varios dirigentes dejó de hablar y miró para El Chino moviendo la cabeza, desaprobando su accionar. El Chino, que al principio se sintió satisfecho por su celo, captó que el jefe no había aprobado su exceso y abochornado, dijo en voz alta: «Comandante, esas ranas orinan y dejan ciega a la gente».

El Che ladeó la cabeza, esbozó una sonrisa y continuó su plática; el animalito, que parecía muy interesado en saludar al ilustre huésped de su territorio, volvió por el mismo camino dando mayores saltos hacia el Che. Ya muy cerca, de nuevo El Chino se aprestaba a repeler la agresión de orine de la rana, pero el líder lo detuvo con un gesto, se adelantó unos pasos hacia la rana y muy suavemente la empujó con su bota hacia debajo de una piedra, al tiempo que decía: «Bueno, ya me saludaste, ranita, pero estate quieta allí antes de que El Chino te meta dos tiros por atentar contra mi vida».

Ernesto Che Guevara el argentino-cubano, guerrillero de la Sierra, del Congo y de Bolivia; Director del Banco Nacional de Cuba; Ministro de Industrias; inclaudicable antimperialista y símbolo de la lucha por la paz, era un hombre que amaba a los animales.

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