Cuando la guerra no tiene fronteras

Cuando la guerra no tiene fronteras

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La escalada bélica entre Estados Unidos e Irán ha abierto uno de los escenarios más peligrosos de los últimos años para la paz mundial. La confrontación que durante décadas se expresó en sanciones, amenazas, operaciones encubiertas y enfrentamientos indirectos, ha derivado en acciones militares de gran envergadura cuyas consecuencias trascienden ampliamente las fronteras de ambos países.

Más allá de los objetivos de dominación regional declarados por Estados Unidos, la guerra vuelve a demostrar que los conflictos armados nunca quedan solo en el campo de batalla. Sus efectos alcanzan la economía, la seguridad energética, los flujos comerciales y la estabilidad política del mundo.

 

Civiles huyen tras el bombardeo de Israel este 10 de junio a la ciudad de Sidón, en el Líbano. Foto: Mohamed Zaatari (AP/LAPRESSE)

 

Hegemonía en disputa

La actual confrontación no puede entenderse únicamente como un choque militar entre Washington y Teherán. Es una expresión de la disputa internacional por espacios de poder e influencia a nivel global.

En Medio Oriente se vive hoy uno de los momentos de mayor tensión de un conflicto que no es nuevo. De un lado está la ambición de Estados Unidos y su principal aliado regional, Israel, de consolidar una arquitectura de seguridad que garantice su predominio estratégico; del otro, la resistencia de algunas de las naciones del área que defienden su derecho a existir en absoluta independencia y autonomía.

Durante años, Irán ha representado el principal obstáculos para ese propósito impulsado por Washington y Tel Aviv, donde Palestina, por ejemplo, no existe. Esa nueva configuración vista desde Occidente pasa por la normalización de la violencia contra los pueblos árabes y el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre algunas de esas naciones con Israel, algo en lo que habían avanzado en los últimos años. Pero ahí estaba Irán y el pueblo persa para recordar los años en que fueron dominados por EE. UU., y para denunciar que no es posible mirar a otro lado frente al genocidio a los palestinos y las agresiones constantes a Líbano, Yemen, Siria y otras naciones vecinas.

La permanencia de la República Islámica como actor relevante ha impedido concretar ese rediseño estratégico y ha mantenido en disputa el modelo hegemónico regional.

 

El verdadero costo de la guerra

Como ocurre en toda guerra, los pueblos son los mayores perjudicados. Además de los miles de muertos y heridos, los bombardeos han dañado infraestructuras estratégicas y servicios esenciales, dejando a millones de iraníes y libaneses en condiciones precarias. Las operaciones militares agravaron el impacto que ya tenían las sanciones comerciales y financieras decretadas por Estados Unidos contra Irán desde hace décadas.

A pesar de que una vez más EE. UU. hace la guerra lejos de casa, no escapa a la amplificación inesperada de los costos del conflicto. La prolongación de la confrontación ha alentado tensiones políticas internas y reabierto debates sobre el papel de Washington en esa parte del mundo donde han intervenido varias veces en las últimas décadas. La movilización de recursos militares implica enormes gastos financieros y humanos que ya preocupan a los contribuyentes, prueba de ello es la decreciente popularidad del mandatario Donald Trump.

Israel, por su parte, ha expuesto sus fisuras. El domo antimisiles que protege a Tel Avid ha sido penetrado y son crecientes las amenazas a su seguridad en una región donde ellos mismos se han encargado de mostrar lo que son, una amenaza a la paz regional. El conflicto ha sido también pretexto para reforzar la militarización de un área marcada por profundas tensiones históricas.

Factura que paga el mundo

La guerra podría extenderse a otros países del Golfo Pérsico, donde se concentran importantes instalaciones militares y energéticas, expuestas a una posible escalada. Cualquier incidente podría involucrar nuevos actores y ampliar el radio de la confrontación.

 

Uno de los puntos más sensibles es el estrecho de Ormuz, paso marítimo controlado por Irán. Por ahí transita una parte significativa del petróleo que se comercializa en el mundo. El susto ante la posibilidad de una interrupción total de esa ruta ha generado incertidumbre en los mercados internacionales y ha disparado el precio de los combustibles.

A poco más de tres meses del inicio de la guerra, el petróleo Brent acumula una subida cercana al 33 por ciento, aumento que ha elevado los costos del transporte marítimo, la generación eléctrica, los fertilizantes y la producción de alimentos, golpeando especialmente a las economías importadoras de energía y a los países en desarrollo.

El incremento sostenido de los precios se traduce en dificultades para todos, especialmente para esas economías donde las primeras víctimas suelen ser los programas sociales y el poder adquisitivo de los trabajadores.

En un contexto internacional afectado por conflictos armados, crisis climáticas y tensiones comerciales, una nueva guerra de gran escala añade presiones al frágil equilibrio mundial. La historia reciente demuestra que las soluciones militares no resuelven las causas profundas de los conflictos. Por el contrario, generaran nuevas espirales de violencia, inestabilidad y sufrimiento humano.

Lo que hoy ocurre en el Medio Oriente trasciende el enfrentamiento militar de dos o tres Estados, si asumimos a Israel como un aliado clave. Está en juego el equilibrio de poder de toda una región y, en buena medida, la capacidad de la comunidad internacional para hacer prevalecer la diplomacia, el respeto a la soberanía de los Estados y el derecho internacional frente a las doctrinas de fuerza y los proyectos hegemónicos.

Los misiles no solo destruyen ciudades, instalaciones militares o infraestructuras estratégicas. La arista más dolorosa de este conflicto sigue siendo la humana. Mientras algunos actores calculan beneficios, reposicionamientos geopolíticos o ventajas económicas futuras, son los pueblos quienes cargan con el costo real de la confrontación. Las cifras de víctimas, la destrucción de infraestructuras básicas y el deterioro de las condiciones de vida revelan una verdad persistente: cada escalada militar se traduce en sangre derramada y en retrocesos económicos que golpean durante años. En ese desequilibrio entre quienes deciden y quienes sufren radica la injusticia esencial de las guerras.

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