Raúl Castro es el jefe militar exigente, puntual, entregado a su tarea, pero el que nunca ha dejado de preguntar por la familia de sus subordinados y mucho menos olvida a quienes fueron sancionados por una falta y deben reincorporarse luego a otra labor. Lo tiene incluido en su forma de educar, en esa humanidad que tanta falta hace para exigir y ser seguido por la tropa.
Ha sido siempre el primero en autocriticarse cuando algo ha salido mal y prefiere la síntesis, la palabra precisa y resolver problemas a enredarse en burocracia, papeles innecesarios o justificaciones sin sentido. Su estilo llevó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) a ser el escudo de la Revolución. La más fiel a su líder.
Pero Raúl es más que traje verdeolivo y cuatro estrellas de General de Ejército. Es el hombre organizador y conspirador de encuentros familiares. El que disfruta de los niños de La Colmenita, de la Escuela Especial Solidaridad con Panamá y a cuantos saluda en sus recorridos por Cuba. El que cuidó hasta el último día a su esposa de la Sierra y madre de sus cuatro hijos, Vilma Espín. El clásico cubano de la broma cuando la lleva, nunca en exceso.
Todo el que ha sido formado bajo su sombra archiva la cultura del detalle, aborrece los triunfalismos y halla en la disciplina la mayor de las virtudes para asumir cualquier misión. Y sobran huellas en el Partido, las FAR, el Gobierno y la propia Central de Trabajadores de Cuba, con la que compartió en movilizaciones cañeras, Congresos y tareas trascendentales.
No cabe una felicitación por sus 95 años sin hablar entonces de confianza y ejemplo. Esa fe en la victoria que le inculcó su hermano Fidel desde el Moncada y jamás la ha abandonado. Esa impronta personal de amar a Cuba y defenderla con su propia vida si fuera preciso. Por eso Raúl es Raúl. Y este 3 de junio nadie arruinará el abrazo agradecido de un pueblo. Su pueblo.