La noche del primer día de junio trajo una noticia inesperada para algunos, aunque los más cercanos a él sabían que podía ocurrir en cualquier momento. Lázaro Junco no entrará más a un terreno de pelota. Su historia quedará en quienes lo vimos jugar, en esos 405 jonrones que dio, en la seriedad con el bate y el poder de sus muñecas. Su muerte por cáncer deja al béisbol matancero en luto. Y deja al béisbol cubano estremecido de dolor.

Junco, como le decíamos todos, no regalaba muchas sonrisas. Más bien era temido por todos los lanzadores desde que empezó a hacer ese swing recto y furioso con el que desaparecía esféricas a una velocidad espantosa. Ser líder de cuadrangulares en 11 de las 18 temporadas que jugó habla por sí solo de esa fuerza descomunal. Y cada vez que pegaba uno, soltaba el bate y se quedaba parado en la caja de bateo contemplándolo.
Aunque pudo haber jugado en Industriales (estudió en La Habana), prefirió vestir los uniformes de su provincia natal: Citricultores, luego Henequeneros y finalmente Matanzas. Nadie se explica cómo tuvo tan pocas oportunidades en las selecciones nacionales, aunque su anécdota más famosa con el uniforme de Cuba ocurrió en el Latinoamericano, en el mundial de 1984, cuando salió de emergente por Muñoz y pegó doble.
Sin embargo, el Junco que conocí y con el que me quedo es el del 32 en su espalda, que tenía esa rara combinación de poder y velocidad (robó más de 100 bases, algo raro en un slugger), de sonrisa contenida y concentración al máximo, que jamás pidió nada material a pesar de lo mucho que merecía y uno de los símbolos de Limonar, donde nació y tenía los verdaderos amigos de la infancia.
Hace unos cuatro años, cuando preparaba un libro de entrevistas, le solicité una y su respuesta marca la sencillez de su persona. «Periodista, yo ya dije todo lo que tenía que decir en el terreno con mis batazos. A mi me cuesta más hablar que volver a pararme en home y dar una línea al pitcher que sea». Sonreímos los dos, pero mi insistencia no encontró por esos días el tiempo justo para hacerla, pues estaba en funciones de entrenador de bateo del equipo Matanzas.
La partida de Junco es la de un gigante. Quizás los más jóvenes piensen que exageramos. Su caballerosidad y entereza como pelotero permanecerá en el mismo recuerdo que está el haber sido el primer pelotero en Cuba con 400 vuelacercas. Esta crónica no es para cumplir un reporte periodístico, es el sentimiento de admiración para uno de las personas más enamoradas del béisbol que he conocido.
Acerca del autor
Máster en Ciencias de la Comunicación. Director del Periódico Trabajadores desde el 1 de julio del 2024. Editor-jefe de la Redacción Deportiva desde 2007. Ha participado en coberturas periodísticas de Juegos Centroamericanos y del Caribe, Juegos Panamericanos, Juegos Olímpicos, Copa Intercontinental de Béisbol, Clásico Mundial de Béisbol, Campeonatos Mundiales de Judo, entre otras. Profesor del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, en La Habana, Cuba.


