Bolivia: raíces que resisten

Bolivia: raíces que resisten

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La crisis económica ha vuelto a tensar las calles de Bolivia. Las largas filas por combustible fueron quizás uno de los primeros síntomas de la creciente inquietud por el futuro de un Gobierno que apenas lleva seis meses en el poder. En mercados populares de La Paz y El Alto, los precios cambian cada semana y la inflación golpea con fuerza a los que menos tienen: trabajadores informales y gente del campo.

 

 

Mas de 70 carreteras bolivianas se encontraban afectadas por el bloqueo vial. En la imagen, manifestantes obstruyen uno de los principales accesos a la ciudad de La Paz, en El Alto. Foto: Marvin Recinos/AFP

 

 

Campesinos, obreros, mineros, transportistas y maestros son algunos de los sectores que exigen al mandatario Rodrigo Paz una salida a la crisis económica, la peor en cuatro décadas. Los reclamos muestran una tendencia a la radicalización. El llamado al diálogo realizado desde las autoridades gubernamentales no fue creíble y la respuesta fue más bloqueos.

Este viernes 29 de mayo la entidad estatal Administradora Boliviana de Carreteras reportó unos 70 bloqueos en carreteras de todo el país, una veintena más que a inicios de semana. En La Paz, ya escasean alimentos, medicinas y combustibles.

 

 

 

Las protestas se han radicalizado en las últimas jornadas y muchos de los manifestantes exigen la renuncia del mandatario Rodrigo Paz, quien apenas lleva seis meses en la presidencia. Foto AFP

 

 

El martes 26 la Asamblea Legislativa aprobó una ley que derogó la que regulaba el “estado de excepción” y su alcance. No se descarta entonces la activación del recurso con el fin de justificar el uso de la violencia contra los manifestantes.

 

Unidos pero fracturados

Durante años, el crecimiento boliviano se sostuvo en exportaciones de gas, pero las reservas energéticas cayeron y eso redujo los márgenes fiscales del Estado. El litio aparece como nueva promesa de desarrollo y también de disputa geopolítica. Las comunidades exigen participar directamente de la explotación y de los beneficios: “No queremos que la Pachamama vuelva a ser sacrificada”, repiten sus dirigentes y la frase resume el sentimiento de millones de habitantes del altiplano.

Las protestas de estos días crean la ilusión de un frente aparentemente unido, pero en realidad el escenario político está quebrado por disputas internas, especialmente los sectores ligados al llamado progresismo que durante años lideraron los expresidentes Luis Arce y Evo Morales. Analistas sostienen que esa fractura condujo a la silla presidencial a Rodrigo Paz y repercute en la salida que finalmente tendrá la situación actual.

 

 

Foto: La Nación

 

Entre las fuerzas protagónicas del movimiento destaca la Central Obrera Boliviana, con influencia notable en debates nacionales estratégicos y alto poder de convocatoria. En paralelo, han aparecido nuevos actores territoriales cuyo desarrollo político aún está en ciernes. Entre ellos hay campesinos, cooperativistas y representantes de organizaciones gremiales y pueblos que no solo demandan mejoras salariales y del costo de la vida, sino que cuestionan el rumbo económico del país.

En este contexto, varios han denunciado operaciones de desestabilización política y judicial. Temen un retorno al poder de sectores conservadores vinculados al poder económico tradicional. La memoria del golpe de 2019 sigue presente en amplias capas populares: “La wiphala se respeta porque representa a nuestros pueblos”, advierten hoy dirigentes aimaras en referencia a la violencia que sufrieron entonces.

En las ciudades también crece el malestar por falta de empleo estable. Muchos jóvenes alternan trabajos informales, incluidas plataformas digitales y comercio ambulante. Esa precariedad convive con una fuerte conciencia política heredada de generaciones anteriores. Las universidades públicas son hoy espacios activos de debate y organización.

 

Luchar por la dignidad

En El Alto, ciudad obrera e indígena por excelencia, las organizaciones barriales han recuperado protagonismo, especialmente aquellas redes comunitarias de juntas vecinales nacidas durante las rebeliones de comienzos de siglo que exigen respeto a las decisiones populares. Muchos recuerdan la llamada Guerra del Gas como experiencia fundadora, en ella aprendieron que la “lucha no es solo por plata, es por dignidad”, como declaró recientemente una comerciante alteña.

Los sindicatos de trabajadores docentes y de la salud se han sumado a las protestas para denunciar la persistente precarización laboral. En zonas mineras, cooperativistas reclaman combustible y apoyo estatal; a la vez que denuncian al sector como uno de los motores de empleo informal, lastrado por condiciones laborales con riesgos extremos.

 

 

Ponchos Rojos es el nombre de uno de los movimientos sociales aimara que ha estado participando del bloqueo vial en El Alto, Bolivia. La imagen fue tomada el 29 de mayo de 2026. Foto: Marvin Recinos/ AFP

 

El campesinado, por su parte, reclama créditos, estabilidad de precios y protección frente al contrabando. La sequía y los cambios climáticos afectan especialmente a pequeños productores. En varias comunidades, las cosechas dependen de lluvias que cada vez son más espaciadas o cae en torrente, anegando los cultivos. La crisis climática se vive en Bolivia como experiencia cotidiana y concreta.

Frente a esos dilemas, y a diferencia de otros países de la región, Bolivia conserva un fuerte orden comunitario. Lejos de ser actores periféricos, los sindicatos, las organizaciones campesinas, las federaciones de trabajadores y los movimientos indígenas constituyen parte esencial de la estructura política y social del país. Su influencia trasciende las demandas sectoriales y alcanza cuestiones vinculadas al modelo de desarrollo, la distribución de la riqueza, la representación política y la identidad nacional.

Estos grupos han desempeñado un papel determinante en la transformación política vivida por Bolivia desde la segunda mitad del siglo XX hasta el presente. Los hitos más trascendentes podríamos hallarlos en las luchas por la reforma agraria, la nacionalización de recursos naturales y la constitución del Estado Plurinacional que, más que reforma administrativa o legislativa, consolidó el reconocimiento de una nación múltiple en pueblos y culturas, y otorgó una visibilidad mayor a entidades originarias, ampliando sus espacios de participación.

En Bolivia lo indígena deviene reservorio de resistencia colectiva desde una perspectiva que entiende a la naturaleza y el entorno como un ser vivo y sagrado. La tierra no es un recurso ni mercancía, por eso los proyectos extractivos deben contar con el consenso comunitario.

 

Modernidad con tradición

La cosmovisión de las naciones originarias de América opera sobre conceptos como el ayni, entendido como ayuda mutua entre miembros de una misma comunidad. La idea de que “nadie se realiza si su comunidad no avanza con él” resume una concepción de desarrollo basada en el bienestar colectivo más que en el éxito individual.

Tal perspectiva de la vida, y sus respectivas referencias culturales y simbólicas, son principios que forman parte de una tradición política que hunde sus raíces en las experiencias históricas de los pueblos originarios y subyace en la acción política y social boliviana relacionada con la defensa del territorio, la protección de los recursos naturales, la participación comunitaria en las decisiones públicas y la búsqueda de consensos.

 

 

 

Recientemente la Asamblea Legislativa aprobó una ley que deroga una precedente y regulaba el estado de excepción, por lo que no se descarta la aplicación del recurso para justificar el uso de la violencia contra los manifestantes. Foto: The New York Times

 

 

Por eso, la nación que aun sueña con reencontrar su camino al mar, se resiste a miradas exclusivamente economicistas. Bajo la coyuntura actual persiste una trama profunda, arraigada en luchas obreras y campesinas que dialogan con memorias ancestrales. La idea del “vivir bien” es parte del horizonte colectivo alternativo donde lo importante no es solo la prosperidad económica, sino respetar el equilibrio de la vida y la naturaleza.

En ceremonias andinas todavía se agradece a la tierra antes de sembrar y ese gesto ancestral convive con celulares, redes sociales y debates geopolíticos sobre el litio. La Bolivia contemporánea contiene tiempos históricos superpuestos y contradictorios. Modernidad y tradición no aparecen necesariamente enfrentadas. En esa compleja convivencia se juega parte del futuro del país.

Esta es la realidad que a veces obvian los expertos cuando en ejercicio casi docente intentan dibujar los más probables escenarios futuros y nos colocan frente a tres opciones: 1-que el gobierno de Rodrigo Paz consiga recomponer la unidad nacional y estabilizar la economía; 2-que se profundicen las disputas internas y la conflictividad social; y 3-que se fortalezca la autonomía de ciertos movimientos territoriales.

En cualquiera de esas proyecciones, sindicatos y organizaciones indígenas conservarán su protagonismo y serán parte de esa voz que, como en un susurro, nos recuerda aquella certeza quechua de que “pueblo que recuerda sus raíces no camina solo”.

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