Parecía que los sueños de libertad del pueblo cubano se habían alcanzado. Muchos se alegraron aquel 20 de mayo de 1902, cuando en el caluroso mediodía habanero retumbaron 45 cañonazos mientras el Generalísimo Máximo Gómez izaba la bandera cubana, luego de ser arriada la norteamericana, en el Morro y en el antiguo palacio de los Capitanes Generales.
Ese día el primer presidente del nuevo Estado, Tomás Estrada Palma, juramentaba su cargo ante el Tribunal Supremo.

Años después, un adulto que entonces era un niño de ocho años, recordó los sublimes sentimientos que le embargaron en ese momento, que en su Sagua la Grande natal fue una gran fiesta. Pensó que quedarían atrás la miseria y la necesidad que obligaron a su familia a vivir debajo de un puente. Pero los pocos que auguraron un destino nacional dependiente tuvieron razón. Alfredo López Arencibia, tal se llamaba aquel hombre, lo comprendió muy pronto y dedicó su vida, como otros muchos cubanos dignos a luchar por la justicia en una República totalmente ajena a la soñada por Martí.
Un presidente venido de Estados Unidos
Estrada Palma tuvo que venir de Estados Unidos a Cuba de donde había estado ausente por 25 años, para asumir la presidencia. Muchos cubanos patriotas habían tenido que marchar al exilio durante la guerra por la independencia y desde allí contribuyeron a la lucha. Estrada Palma tenía un aval revolucionario: se había incorporado a la lid emancipadora tempranamente, se desempeñó como presidente de la República en Armas y asumió la dirección del Partido Revolucionario Cubano (PRC) a la muerte de José Martí.

Sin embargo, desconfiaba de la capacidad de los cubanos para gobernarse a sí mismo y tenía criterios favorables a la participación de Estados Unidos en el futuro de la Mayor de las Antillas.
Ya en diciembre de 1898 disolvió el PRC, lo que privó a los verdaderos independentistas del instrumento unificador para la creación de una república como la concibió el Apóstol y privó a los emigrados de un vínculo con la Patria que le permitía su participación en los asuntos nacionales.
Estas posiciones fueron valoradas por los ocupantes yanquis por lo cual Estrada Palma contó desde el principio con el apoyo de los Estados Unidos.
Una demostración de ello se evidenció cuando aspiraron a la presidencia Estrada Palma y Bartolomé Masó, Mayor General del Ejército Libertador que defendió el derecho de los cubanos a la independencia, lo que preocupó a las autoridades de ocupación estadounidenses al punto de que el gobernador promovió fraudes para incrementar votos a favor de Estrada Palma y limitar las posibilidades de los partidarios de Masó. Ante tales irregularidades, este último retiró su candidatura, lo que dejó el campo libre para el candidato de los ocupantes.
Liquidación de las instituciones representativas del pueblo
Las instituciones representativas del pueblo cubano al concluir la guerra eran el Partido Revolucionario Cubano, disuelto por Estrada Palma, la Asamblea de Representantes del Ejército Libertador (que primero sesionó en Santa Cruz del Sur y después de le llamó Asamblea del Cerro) y el Ejército Libertador, encabezado por el Generalísimo Máximo Gómez.
La misión de la Asamblea era promover una Asamblea Constituyente que elaborara una Carta Magna con los postulados de la futura República.
Estados Unidos y el gobierno de ocupación procedieron con gran astucia para eliminar los obstáculos que le impedían lograr sus fines de dominación: azuzaron las discrepancias entre la Asamblea del Cerro y Máximo Gómez, lo que condujo a la destitución de este, que gozaba del respaldo masivo de la población, y desautorizó a la Asamblea, lo que provocó su disolución. Por último, se produjo el licenciamiento del Ejército Libertador mediante un “generoso” donativo del vecino del Norte.
Las fuerzas de la Revolución no fueron capaces de limar sus diferencias y enfrentar con unidad los desafíos del momento histórico que les tocó vivir , ni se apoyaron en el pueblo para defender los propósitos por los que tanta sangre se había derramado durante treinta años de batallar, aunque este había manifestado su disposición a defenderlos. Dejaron así el campo libre para los que aspiraban a convertirse en los nuevos dueños del país.
Cadenas económicas y políticas
Estados Unidos se había encargado a través de sus gobernadores en la Mayor de las Antillas Primero John R. Brooke y después Leonardo Wood, de penetrar en la economía cubana.
Una política económica que muchas décadas después de extendió por el mundo fue la participación estadounidense en la reconstrucción del país, devastado por la guerra, se llevó a cabo más que a tono con las necesidades del pueblo, a favor de la creación de condiciones mínimas para promover las inversiones yanquis, aunque estas se habían estado produciendo desde mucho antes. Un ejemplo es que para 1895 las inversiones norteamericanas en Cuba se calculaban en 50 millones de pesos.
Así penetraron en sectores clave como la industria azucarera, adquirieron miles de caballerías de tierras, fábricas de tabaco, concesiones para explotar minas, instalar el alumbrado eléctrico, controlar el transporte ferroviario y otros negocios y la banca norteamericana comenzó a penetrar por la vía de los empréstitos…
Además la penetración estadounidense determinó la formación de una oligarquía reaccionaria integrada por la gran burguesía azucarera, los latifundistas y la burguesía comercial importadora, fieles aliados de Estados Unidos y explotadores del pueblo cubano.
Faltaba un mecanismo político de dominación que no podía ser la anexión, porque no le fueron ajenos a Estados Unidos los fuertes sentimientos independentistas que imperaban en la Mayor de las Antillas, demostrados por manifestaciones de pueblo, clubes patrióticos creados a lo largo del país y pronunciamientos de figuras prestigiosas de la emancipación.
Por ello el acto de apertura de la Convención Constituyente para elaborar la primera Carta Magna de la República, estuvo a cargo nada menos que del gobernador Wood quien señaló como obligación de los delegados definir en la Constitución las relaciones de la futura República con Estados Unidos.
Varios constituyentes rechazaron esta obligación entre ellos Juan Gualberto Gómez, por considerar que las relaciones con Estados Unidos debían ser definidas por el nuevo gobierno cubano que se constituyera, no que aparecieran en la Carta Magna.

Pero el vecino del Norte no iba a cejar en su empeño de maniatar a la futura República y apeló a la llamada Enmienda Platt aprobada de antemano por el Senado estadounidense y sancionada por el presidente William McKinley, que debía constituir un apéndice de la Constitución cubana.
Ella establecía, entre otras disposiciones injerencistas, el derecho de Estados Unidos a intervenir en Cuba, de posesionarse de la Isla de Pinos, de adquirir tierras cubanas bajo el disfraz de arriendo, para instalar allí sus carboneras o estaciones navales.
En vano los miembros de la asamblea constituyente protestaron contra el engendro que lesionaba la soberanía. O se aprobaba o continuaría indefinidamente la ocupación estadounidense. Finalmente se aprobó por 16 votos contra 11.
Como señaló la Doctora en Ciencias Históricas Francisca López Civeira, solo así lograron su objetivo, aunque fueron muy grandes e intensas las protestas, mas fue aprobada porque la mayoría de los asambleístas consideró que el mal menor era la república.
Si algo puede decirse a favor del pueblo cubano en esta difícil coyuntura es que la anexión no se pudo consumar porque no lo permitió.
El neocolonialismo fue la opción escogida por Washington y se preparó la “transición” del colonialismo desde los momentos de la ocupación y en el caso de la penetración económica desde mucho antes, para garantizar sus mecanismos de dominación hasta la salida del Leonard Wood en el acorazado Brooklyn para los Estados Unidos el mismo 20 de mayo de 1902.
Cuba nacía ante el mundo ese día con la imagen de una República.
Acerca del autor
Graduada de Periodismo en 1974 y Master en Ciencias Políticas de
enfoque Sur, Al graduarse pasó a atender temas históricos e
ideológicos y viajó a varios de los antiguos países socialistas. Al
pasar al periódico Trabajadores, escribió para el Suplemento de
salud durante varios años y realizó la cobertura del segundo
contingente de la brigada médica en Guatemala. Posteriormente fue
jefa de la edición digital y subdirectora editorial hasta mayo de 2025
que se jubiló y se recontrató en la publicación. En el transcurso de
su ejercicio profesional Ha ganado premios en concursos
periodísticos y de humorismo.




Pocas fechas generan tanta polémica en la historia nacional que aquella en que oficialmente, se puso fin a la primera intervención militar de Estados Unidos en Cuba y se proclamó el nacimiento de una república con un Presidente designado por Washington y una Constitución enmendada por el senador yanqui Orville Platt.
El 20 de mayo fue una fecha importante como momento de la historia. Pero es también el día en que se consuma la triple traición de Tomás Estrada Palma, a José Martí, al Partido Revolucionario Cubano y al Ejército Libertador, que es decir, al pueblo de Cuba. Por eso no hay que negar la fecha, sino recordarla, estudiarla, por todo lo que significó, pero no celebrarla. Lo contrario nos conduciría a olvidarnos de la decencia, el patriotismo y los servicios prestados a la Nación y al pueblo por cubanos republicanos como Gonzalo de Quesada, Jesús Menéndez, Eduardo Chibás y muchos otros; incluso aquellos que, como Ramón Grau San Martín, sucumbieron políticamente, presas de debilidades, pero que nunca traicionaron a Cuba. Así es la historia: luces y sombras, y cargamos con ellas por todas nuestras vidas. Como expresó uno de nuestros historiadores: “Esa república, con todas sus insatisfacciones, era el orgullo de los que se enfrentaron a tiros contra España y diplomáticamente contra Estados Unidos. Y por esa república, por su adecentamiento, decoro y dignidad, se batieron en los espacios políticos, en las calles y campos de Cuba, y hasta en foros internacionales miles de compatriotas. Gracias a esos esfuerzos se heredó una tradición constituyente, legislativa, política y administrativa en la que aún hallamos grandes virtudes, al lado de aleccionadores descalabros. Sin esa república neocolonial, como también la hemos llamado, no habríamos podido crecer política, económica y socialmente a los niveles en que la revolución triunfante en enero de 1959 nos condujo y elevó.”