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La moraleja de afiliar

Con sus ingresos compraron artículos para niños sin cuida­do parental. Además, participaron volun­tariamente en la re­cogida de escombros tras el paso del hura­cán Rafael; donaron sangre para víctimas de un accidente y reinsertaron social­mente a una exre­clusa al término de su sanción. También cumplen con éxito la limpieza de las calles de Artemisa. ¿Sindi­calizados? Un no ro­tundo por respuesta.

 

Las cifras y por­cientos de los no afiliados al sindica­to van de un infor­me a otro. Entran y salen de la reunión. Aumentan año tras año.

En Artemisa, como en el país, es notable el decrecimiento en las secciones sindicales. La reducción supera los 5 mil afiliados, al tenerse como referen­te del 2024 al 2026.

Es cierto, en ins­tituciones estatales las plantillas tam­bién adolecen de completamiento a la vuelta de aquellos. El otro tema sin jus­tificación es el de ju­bilados que saldan su etapa laboral y el sindicato engaveta el valor que llevan en sí.

Pero la vía de afiliación más cues­tionada, casi inamo­vible, es de los traba­jadores no estatales que suman más de 23 mil 500 agrupados en 71 cooperativas no agropecuarias, 396 micro, pequeñas y medianas empresas (solo nueve estatales), 81 proyectos de desa­rrollo local y más de 16 mil empleados por cuenta propia.

Casi el 80 % no desea ser parte de los sindicatos ni organi­zarse para que un co­lega los represente y movilice.

Hasta ahora solo esbozamos números. ¿Y si cambiamos? Si somos más profundos con las cifras y vemos a quienes no quieren afiliarse como traba­jadores que precisan acercamiento, inter­cambio.

¿Si están, a lo mejor, agotados de asambleas que no lle­gan a ninguna parte, y nos empeñamos en aproximarles a su es­cenario laboral leyes y derechos afines? ¿Si a los mejores les colocamos una meda­lla en el pecho, o un diploma de recono­cimiento? ¿Si dialo­gamos, no con el jefe del negocio sino con el más longevo? ¿Si estudiamos quiénes son, de dónde vienen, a qué aspiran?…

La historia de la afiliación deja una moraleja: la necesi­dad de escuchar a los demás del mismo modo que comparti­mos nuestro criterio. ¡Quizás, si la apli­camos, se acabe el cuento y se renueve la cuenta!

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