RETRATOS: Las fotos más tristes de su vida

RETRATOS: Las fotos más tristes de su vida

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Han pasado décadas y Juan Moreno no ha podido olvidar los cuerpos destrozados de niños, mujeres y ancianos namibios, masacrados por los bombardeos de las fuerzas sudafricanas en el campamento de Cassinga, en tierra angolana. 

Foto: Roberto Morejón

Sus manos temblaron cuando tuvo que enfocar con la camarita Zenit, hacia la cuneta donde estaban amontonados los cientos de cadáveres: 650 personas de ese campamento habían sido asesinadas en el ataque aéreo. Pero su misión era tomar las fotos que denunciaban ante el mundo aquella masacre. Al recordar la imagen, el dolor lacera su corazón.

El joven fotorreportero del periódico Juventud Rebelde había llegado a Angola para cumplir misión internacionalista en condición de político de una de una batería de artillería de 85 milímetros del Grupo Táctico No. 2 en el sur del territorio angolano.  

“Sobre las siete de la mañana del 4 de mayo de 1978, oímos una explosión, un estruendo tremendo. Inmediatamente comprendimos que se trataba de un bombardeo”, expresó.

No había dudas.  “Cuando miramos, tres aviones Mirage pasaron por encima de nosotros, e intuimos que atacaban el campamento de refugiados namibios, ubicado a unos 15 kilómetros de nosotros. Lanzaban bombas de fragmentación. 

“Se nos dio la orden de desconcentrar la técnica y esperar la orden del mando superior. Sobre las ocho y cuarto de la mañana observamos un desembarco helitransportado, venían paracaidistas dispuestos a matar sin piedad. A las once recibimos la orden de ir hacia el lugar de los hechos.

“Fuimos por un solo camino, todos en columna. Había tres formas de llegar al lugar, pero el segundo al mando, quien estaba al frente en esos momentos, no conocía bien las rutas y nos fuimos por el más céntrico. Así partieron los combatientes con tanques, cañones de 85 mm; la infantería motorizada y las baterías antiaéreas para enfrentar el ataque.

“Aproximadamente a las cuatro de la tarde fue los que los primeros combatientes lograron llegar y superar el fuego de los sudafricanos. Ese día, murieron varios compañeros y amigos que queríamos como hermanos”, rememoró. 

En lo que fuera el campamento, las imágenes resultaron dantescas. Los niños que habían logrado sobrevivir lloraban inconsolablemente por los padres que habían fallecido. Era un dardo en el corazón para cualquiera. 

Una huella para la vida

Los rostros de los namibios no eran ajenos para los cubanos. El primero de mayo, los internacionalistas habían ido a realizar una modesta celebración por el Día Internacional de los Trabajadores con los hermanos que allí se habían refugiado del apartheid sudafricano.  Aquellas personas habían logrado crear condiciones elementales para subsistir: tenían albergues, almacén para alimentos, la escuelita para los niños y un puesto médico. Pese a todas las limitaciones, respiraban paz y entre ellos compartían con alegría. Todo eso lo borró en unas horas el criminal bombardeo. Las tropas del régimen de Petroria habían cumplido su objetivo en su macabra incursión. 

Foto: Archivo Juventud Rebelde

El día cinco de mayo, Juan Moreno fue llamado ante los superiores. Tenía una misión difícil. Era necesario documentar con imágenes aquella tragedia. Sabían que su profesión en Cuba era la de fotógrafo y, por supuesto, pensaron en él para eso. 

Fue así que tuvo que retornar a lo que había quedado del campamento y con mucho dolor, tirar las fotos más tristes de su existencia. Eran las primeras imágenes del suceso porque la prensa internacional no llegaría al lugar hasta el siete de mayo. 

Moreno recuerda el desprendimiento de los cubanos. Recogieron a los que quedaron vivos y se los llevaron para la unidad. Con ellos compartieron todo lo que tenían. La comida y los avituallamientos. “Yo tenía un abrigo muy bueno y me lo ponía porque en Angola en ese tiempo hacía un frío intenso, seco, que se cuela por los huesos. Pues me lo quité y se lo di a los niños. No fui el único, todos se desasían de lo que tenían para contentar a aquellos infantes. Hasta durmieron en nuestras camas”.

Después llegó la orden del Comandante en Jefe para que los pequeños vinieran a estudiar a Cuba. Muchos se convirtieron en profesionales y no olvidaron el gesto de Fidel y de los internacionalistas cubanos.

Dos años después del suceso, con grados de capitán, Moreno retornó a la patria con la Medalla al Valor y Combatiente Internacionalista de Primera Clase en su pecho, entre otras condecoraciones. Se reincorporó a su colectivo del periódico Juventud Rebelde y dejó como testimonio de su vida de fotorreportero imágenes de sucesos trascendentales para la vida política, social y, deportiva del país. 

Ya jubilado, luego de más de 50 años de labor, confiesa que su experiencia en Cassinga lo marcó para siempre. Supo conocer cuánto daño puede hacer el enemigo sin alma.  Y reafirma su convicción con las palabras del Comandante en Jefe Fidel Castro sobre la matanza de Cassinga:   “[…] Nunca los podremos olvidar, fue una prueba de cómo actúan estos elementos racistas y fascistas, un acto de terror inconcebible”.

Acerca del autor

Graduada en Licenciatura en Periodismo en la Facultad de Filología, en la Universidad de La Habana en 1984. Edita la separata EconoMía y aborda además temas relacionados con la sociedad. Ha realizado Diplomados y Postgrados en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí. En su blog Nieves.cu trata con regularidad asuntos vinculados a la familia y el medio ambiente.

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