Para una treintena de artemiseños, mientras más se nublaba la tarde del 28 de abril, más se iluminaban sus rostros.
A propuesta de la Central de Trabajadores de Cuba, recibían en sus pechos los estandartes de años de trabajo, de misiones internacionalistas, de bregar sindical, de ejemplo y sacrificio, de no renunciar a ubicarse entre los primeros, a pesar de las durezas de su andar.
La medalla Jesús Menéndez, la Orden Lázaro Peña de I y II grados, confirmaban, en el Mausoleo a los Mártires de Artemisa, la estirpe de obreros artemiseños de la construcción, de la alimentaria, profesionales de la Salud, civiles de la defensa…. Todos con una obra distinguida al servicio de la Revolución.
Entre ellos, rostros que batallan a diario en una sala de nefrología o en un salón de parto, manos callosas de construir en la Zona Especial de Desarrollo Mariel, otras buscadoras de soluciones en una empresa láctea o en una panadería, para sostener los servicios al pueblo; incluso, frente a una pizarra de jóvenes reclutas o camilitos, que se preparan para la guerra, en medio de la paz.
Ellos, ahora con una medalla en el pecho, llevan en sí el ejemplo de su conducta como estatua, la dimensión del pueblo cubano ante las adversidades, la responsabilidad de ser y estar entre los mejores para esta y las futuras generaciones.
La tarde amenazaba con un torrencial aguacero, pero ante la calidez humana de tantísima gente sencilla y virtuosa, desapareció la nube.
Hubo tiempo para todo. Abrazos y felicitaciones, la foto colectiva y la de su sindicato, las miradas, los gestos y las palabras de “aquí estamos, por Cuba creamos, así, la Patria se defiende”, dejaron tatuada la luz, en una tarde que parecía gris.