La primera vez que nos fugamos de la secundaria para ir a la playa, Marquitín se bañó con el pantalón amarillo del uniforme, Amilcar lo hizo con el short de educación física al igual que yo, mientras Ariel había sido el más previsor de los cuatro y se dio el chapuzón con una trusa que llevaba en la mochila. Teníamos apenas dos horas para llegar al Circulo Social Julio Antonio Mella y regresar a incorporarnos al último turno: Matemáticas.
Foto: Tomada del Facebook de Joel García
Así lo hicimos y todo salió a pedir de boca hasta que al tener que pagar la guagua Marquitín se percató que le habían robado el dinero que su abuela Lidia le había dado para que le comprara sus medicinas y unas viandas, así como darle a una vecina costurera por los arreglos hechos a una ropa del nieto. Eran 25 pesos, toda una fortuna en 1987 para quienes solo estudiábamos.
Marquitín (le decíamos así porque abuelo, padre y él se llamaban igual: Juan de Marcos y todos lo conocían como Marcos, Marquitos y Marquitín) no sabía cómo explicarle a su adorada abuela que alguien le había robado ese dinero por fugarse de la escuela. Eso implicaba un castigo de al menos un mes en casa sin salir, pues Lidia era muy estricta con esos temas. Así eran esos tiempos: demasiado respeto a los horcones de la familia.
Cuando vaciamos nuestros bolsillos apenas podíamos ayudarlo con 9 pesos entre los tres. ¿Cómo explicar los otros 16? O mejor, cómo reponerlos y cumplir el encargo de Lidia sin mentir, pues ya el pantalón amarillo con manchas de sal una vez que se secó podía meter en apuros a Marquitín.
Amilcar propuso que buscáramos viandas en nuestras casas y así podíamos justificar la compra. Ariel recordó que su mamá usaba las mismas pastillas y se las pediría para dárselas. A mi me tocaría pedirle a mi abuela Pucha unos 5 pesos para sumarle los 9 de nuestros ahorros y pagarle a la costurera con la verdad por delante. «Abuela, no le puedes decir nada a Lidia de esto». Y por supuesto, Pucha, acostumbrada a estos vericuetos por mis cuatro tíos, nos entendió con una sonrisa y un abrazo en su pecho a Marquitín.
Esa y no otra es la primera prueba de amistad verdadera que recuerdo con apenas 12 años. Los cuatro veníamos juntos de primaria y cada uno tenía sus características, pero actuábamos como los mosqueteros. Amilcar era un crack en el béisbol; Marquitín lo era en baloncesto donde se ganó el apodo de Fofi; Ariel era todo un talento para el voleibol, y para este cronista quedaba el ajedrez, que aprendí a jugar con Julián Iglesias (el periodista de Bohemia) y en el que tenía récord de match ganados contra los tres.
En cuanto a los sentimientos, los cuatro amábamos a nuestras abuelas. Y ellas a nosotros. En el estudio nos complementábamos: Marquitín en el inglés y la física nadie podía ponerle un pie delante. Ariel dominaba la química quizás por los genes de sus padres; Amilcar en geografía y educación laboral era el más aventajado; en tanto el Español, la Historia y las Matemáticas funcionaban con pasión para este servidor.
Los cuatro discutíamos de la Serie Nacional (sobre todo en debates encendidos en Secundaria con profesores incluidos); aprendimos de sexo viendo películas eróticas en una video-casetera que tenía Marquitín; conocimos el Coopelia, el Malecón, las primeras novias y los campismos sin maldad ni bebidas. Para nosotros lo más importante era estar juntos, divertirnos sin perturbar a nadie y sobre todo, que nuestras familias se sintieran orgullosas de nosotros por los resultados académicos, comportamiento social y aporte a la sociedad.
Con Marquitín quizás deba hacer un aparte, pues vivíamos en el mismo edificio (él en el primer piso, yo en el cuarto) y las familias estaban enlazadas mucho antes de que naciéramos. Su padre, Juan de Marcos González (el mismo del grupo musical Sierra Maestra y el Buena Vista Social Club) nos daba consejos todos los días y convidaba a que miráramos el futuro con la mejor preparación intelectual que pudiéramos.
La amistad estuvo a prueba de enfermedades, de enseñarle a escribir cartas para conquistar una «mulatica que me parte la vida»; de aprender con él los primeros conocimientos de kárate e inglés, aunque lo suyo no era el magisterio, sino la acción, la bondad, la nobleza. Llegamos juntos hasta el pre-universitario. El pidió Ingeniería Mecánica, yo salí disparado hacia el periodismo.
Como cualquier historia de cubanos verdaderos, Marquitín emigró antes de terminar la carrera, también lo hicieron Amilcar y Ariel ya graduados. Sin embargo, los tres me han escrito alguna que otra vez cuando han podido leer por Internet algo bajo mi firma. A ellos les debo también parte de lo que soy. Aprender a ser buenos amigos tiene una influencia humana incalculable.
Aunque ahora mismo quisiera volverme a fugar con ellos de la secundaria y estrechar nuestras manos como los mosqueteros que siempre fuimos. Y seremos.
POSDATA: NO ENCONTRÉ FOTOS DE NOSOTROS CUATRO PORQUE EN ESE TIEMPO NI CASO LE HACÍAMOS A ESO. POR ESO SELECCIONÉ LAS MANOS, ESAS QUE TANTAS VECES NOS DIMOS COMO AMIGOS DEL ALMA.
Máster en Ciencias de la Comunicación. Director del Periódico Trabajadores desde el 1 de julio del 2024. Editor-jefe de la Redacción Deportiva desde 2007. Ha participado en coberturas periodísticas de Juegos Centroamericanos y del Caribe, Juegos Panamericanos, Juegos Olímpicos, Copa Intercontinental de Béisbol, Clásico Mundial de Béisbol, Campeonatos Mundiales de Judo, entre otras. Profesor del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, en La Habana, Cuba.