Tengo cinco tíos, pero quizás por la convivencia a su lado casi 15 años, por el ejemplo que fueron desde el deporte y la vida, y por ese cariño que aún nos profesamos, estos tres son quienes más llenaron la armadura del alma con que he vivido medio siglo. Nelson, Oscar y Boris no imaginan cuántas cosas contaré de ellos, o mejor, cuántas enseñanzas bebí de sus maneras de ser, sus talentos y hasta sus silencios. Quizás haber nacido cuando ellos tenían 17, 10 y 3 años, respectivamente, nos acercó en el tiempo, aunque lo más trascendente fueron esos detalles que me hizo imitarlos, admirarlos y quererlos.

Nelson siempre fue el más estudiado de todos. Se ganó una beca para estudiar Finanzas y Precios en la antigua Unión Soviética cuando no había móviles ni celulares. De ahí que cuando aprendí a leer y escribir, me tiraba en el piso del cuarto de mi abuela Pucha a escribirle cartas en la que le contaba cómo salía en las pruebas, qué novia tenía en el aula y le pedía siempre que si podía y el dinero le alcanzaba me trajera un regalito.
Siempre cumplió mis pedidos y cuando venía de vacaciones a Cuba me sacaba chispas en cuanto a la memoria, sobre todo con preguntas de historia y matemática. Nunca me llamaba por mi nombre. Siempre fue y he sido para él: «mi sobrino». Verlo siempre con un libro leyendo antes de dormir también marcó mi amor por la lectura; y su pasión beisbolera y por todo el deporte era difícil de superar en la familia.
Nunca lo vi jugar pelota, pero conocí el primer campismo de mi vida a partir de una reservación que le dieron en Varadero por la FEU. Sus novias me querían hasta el delirio, en especial Walkiria, una flaca con sonrisa amplia que siempre tenía unas galleticas dulce para regalarme.
Nelson dormía en un canapé en la sala de la casa y el último recuerdo de niño que conservo es vestido de verde y cuidando carnavales en pleno agosto, cuando pidieron a jóvenes militantes de la UJC que ayudaran a la seguridad de esas festividades. Podría seguir desclasificando huellas en mi vida, pero bastaría decir que es hoy uno de mis seguidores más fieles en Facebook y que el primer televisor que vieron mis hijas fue gracias a él. Todavía no me llama por mi nombre, prefiere seguir diciéndome: «Mi sobrino».
En el caso de mi tío Oscar, el recuerdo más nítido está en las planchas y abdominales que hacía todos los días antes de bañarse, justo donde me tiraba a escribirle las carta a Nelson. Al principio, no le encontraba mucho sentido a tanto ejercicio, pero con el decursar de los días y semanas, acabé imitándolo, un poco para que mi cuerpo luciera mejor y compensar así los tantos años en que tenía prohibido correr, saltar, hacer cualquier práctica física.
A Oscarito (así le he dicho siempre aunque tiene hoy 61 años) también le debo mi letra de molde en clara fotocopia a la suya; el fanatismo a la música salsa de Frankie Ruiz, Oscar de León, Gilberto Santa Rosa y Rubén Blades; y los secretos del amor tras una ventana, pues desde la que había en el cuarto de Pucha se comunicaba con chiflidos y gestos con su novia Marilín, con quien se casó tras más de 10 años de relación y que vivía media cuadra más arriba de nosotros.
Era el único de la casa que nunca jugó béisbol. Su hobbie era la electrónica y arreglaba televisores, radios, tocadiscos y cuánto equipo le cayera en sus manos. Su exquisitez para vestirse (se probaba dos y tres camisas para las salidas nocturnas) no la heredé, pero sí su puntualidad a cualquier cita, pues detestaba llegar tarde o que lo hicieron esperar. Siempre para él fui: «yoyo», tal y como también me decía Pucha.
No por último en esta crónica Boris es el menos importante de mis tíos. Es el más cercano en tiempo y en aventuras juntos. Cuando nací él me cargó en sus brazos y selló ese cariño que luego expresaría en juegos caseros, pero sobre todo en ese amor al béisbol. Con él asistí por vez primera al estadio Latinoamericano y aprendí a batear y lanzar en medio de las «grandes ligas» del área deportiva Mario Muñoz, de Centro Habana.
Boris era cotizado a la hora de armar los equipos del barrio. Jugaba tercera y los jardines, con un bateo desaforado. Para mi era mejor que Vargas y Javier Méndez porque era mi tío y lo veía dar jonrones con una facilidad increíble. Atrapaba pelotas que salían a velocidades supersónicas. Llegó a integrar la selección municipal a un campeonato provincial de primera categoría.
Sin embargo, mi admiración venía por más. Cada vez que llegábamos al área deportiva mencionada o al Pontón, Boris solo ponía una condición antes de comenzar a pedir los jugadores. «Mi sobrino tiene que jugar, sino yo no juego. Hay que pedirlo en algún equipo». Lo hacía consciente de que yo no estaba a ese nivel, era incluso más pequeño en edad y estatura de aquellos peloteros, pero tal actitud me hizo feliz siempre, por más ponches y errores que luego cometía.
A Boris nunca he podido decirle cuánto representó aquella bronca que me defendió como una fiera, como tío a su único sobrino, la vez en que perdí una pelota por un batazo de foul y el dueño de la esférica intentó darme por la espalda con un guante. Ese día comprendí que los tíos no se miden por las noches o días juntos en casa, sino por ese sentimiento de hermandad que se lleva a todas horas y en todos los escenarios.
Nelson, Oscar y Boris aún viven. Y de seguro, cuando lean estas líneas, volverán a ellos miles de recuerdos con este sobrino periodista. Pero todos los que han tenido tíos como ellos seguro coincidirán en que no miento. Los tíos son también unos segundos padres. Así los quiero.
Acerca del autor
Máster en Ciencias de la Comunicación. Director del Periódico Trabajadores desde el 1 de julio del 2024. Editor-jefe de la Redacción Deportiva desde 2007. Ha participado en coberturas periodísticas de Juegos Centroamericanos y del Caribe, Juegos Panamericanos, Juegos Olímpicos, Copa Intercontinental de Béisbol, Clásico Mundial de Béisbol, Campeonatos Mundiales de Judo, entre otras. Profesor del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, en La Habana, Cuba.





