Más Bella, Más Aurora

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Si alguien quisiera en­tender cómo se construye la resiliencia en la Cuba de hoy, tendría que via­jar hasta las afueras de Bayamo, donde la carretera se vuelve ca­mino y el asfalto da paso a la tie­rra fértil que identifica la región. Allí, en Bella Aurora, propiedad del campesino Humberto Labra­da Pérez, está ocurriendo algo que muchos daban por imposible en medio de la crisis económica más profunda que ha enfrentado el país en tres décadas.

Foto: La Demajagua

En este mes de marzo dos ca­rros salieron muy temprano hacia Villa Clara. Regresaron entrada la noche a la finca con un teso­ro vivo: 5 mil pollitas de un día de nacidas, cuidadosamente em­baladas en cajas de cartón perfo­rado, que viajaron protegidas del viento y del frío. Son el germen de un convenio que no tiene pre­cedentes en el territorio y que el Ministerio de la Industria Ali­mentaria (Minal) ha puesto como espejo en el que mirarse para el resto de las provincias.

Hombres y mujeres están por demostrar que cuando la inteli­gencia colectiva se impone a la desdicha, el campo y la indus­tria pueden darse un abrazo fe­cundo.

 

Cuando las vacas se fueron

Para entender la magnitud de lo que significa este convenio, hay que comprender primero el abis­mo del que se parte. Roger Diego Fernández Bodaño, director de la Empresa Cárnica de Granma, no es de esos directivos que endul­zan la realidad con eufemismos. Veterinario de formación, con más de tres decenios en el sector, prefiere poner los números sobre la mesa, aunque duelan.

“Granma ha bajado de 8 mil toneladas (t) de ganado vacuno para las industrias, a 700. El año pasado sacrificamos solo el 9 % de todo el ganado que matábamos en el 2018. El porcino bajó de 9 mil t a 150, de las cuales casi nin­guna es de procedencia tradicio­nal, sino compradas directamen­te a los productores primarios.

“Dejamos de vender más de 170 millones de pesos. Para col­mo, la caja central del Estado, golpeada por el recrudecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero de EE. UU. a Cuba y la falta de liquidez, no financió el año pasado más de 2 mil 200 t de la cuota normada de la po­blación”, confiesa Bodaño con la frialdad de quien ha aprendido a navegar en aguas turbulentas.

La respuesta a tales incon­venientes ha sido una palabra que empieza a repetirse como un mantra en los pasillos del Minal: encadenamiento.

 

Dos visiones que se buscan

Humberto Labrada y su familia fueron pioneros en la ceba de pollo dentro del sector privado. Foto: La Demajagua

Humberto Labrada no es un cam­pesino común. A sus más de 70 años, este hombre menudo, de ma­nos gruesas y mirada serena, es Vanguardia Nacional, tiene en su pecho la medalla Romárico Cor­dero —la más alta distinción de la Asociación Nacional de Agricul­tores Pequenos (Anap)— y ha con­vertido la finca Bella Aurora en un polo productivo de referencia. Allí tiene cuatro naves con capacidad para más de 20 mil aves, un mata­dero, cámaras frías y una máquina para asar pollos. Fue el primero en Granma en poner en marcha un proyecto de ceba de esas aves en el sector cooperativo.

Pero este gran productor tiene un problema: mantener esas naves llenas requiere sustento para los animales, y ese alimento hay que comprarlo en divisas. “Para él el dólar es a 500 pesos, para mí es a 24”. Aunque quiera, no le resulta posible tener allí las 20 mil gallinas que pudiera tener”, explica Boda­ño.

Fue entonces cuando al director de la empresa Cárnica se le encen­dió una luz. Conocía a Humberto, habían hecho negocios antes —le­che, carne de cerdo—. Esta vez la oferta sería diferente.

“Le propuse darle mil pollitas con su comida para dejarlas de po­nedoras. Él me dijo: pongamos 5 mil”.

Así nació el convenio que hoy tiene en vilo a cuantos conocen la experiencia. Una alianza en la que los sectores empresarial y pri­vado dejan atrás cualquier recelo y construyen una ficha de costo compartida.

 

Las reglas del juego

El pacto es quirúrgico en su cla­ridad. Una vez proporcionadas las aves y su alimento Humberto Labrada pone la infraestructura, la nave, el agua, la electricidad, la fuerza técnica, las vacunas y el manejo diario de los animales. Luego están los dividendos: 70 % para la empresa, y el resto para el campesino.

Con el fin de garantizar la transparencia, la entidad tiene un representante permanente en la finca que participa cada día en el control de la producción, en la clasificación de los huevos y en el control de las coberturas de ali­mento. Su salario depende de ese resultado.

“No se trata de que la unidad empresarial de base lo haga y se acomode —aclara Bodaño—. Esto es un programa cooperado a nivel de empresa, el primero que hace­mos de este tipo”.

 

La travesía

Deben pasar unas 18 semanas hasta que las pollitas se convier­tan en gallinas y comiencen a po­ner. Los cálculos más optimistas hablan de septiembre como la fecha en que los primeros huevos empezarán a llegar a los centros de consumo.

“Estamos previendo unos 3 mil 500 huevos diarios, cogiendo el rendimiento mínimo, que es el 70 % —senala Bodaño—. Nosotros estimamos que tendremos alrede­dor del 85 por ciento”.

Para evitar que el producto caiga en manos de revendedores a precios inalcanzables para la ma­yoría, se ha pensado favorecer a los clientes institucionales: hospi­tales, hogares maternos, casas de niños sin amparo familiar y otros centros sociales.

Una parte de la producción también irá a la venta en divisas, única manera de recuperar la in­versión inicial y seguir importando alimento para las aves. Es el círcu­lo virtuoso que se busca: producir, vender, reinvertir, producir más.

 

El desafío del alimento

El talón de Aquiles de cualquier proyecto avícola en Cuba en la ac­tualidad es la alimentación. Las pollitas comerán pienso importado, al menos al principio, pero la estra­tegia va más allá: quieren ir susti­tuyendo importaciones con produc­ción nacional.

“En la zona hay muchos pro­ductores de sorgo y de maíz, agrega Roger, y ya estamos en línea con el Banco para que les facilite un cré­dito. Así le bajamos el costo y tene­mos un producto nacional que me cuesta menos de 700 dólares la t, que es el valor del pienso avícola en el mercado internacional”.

 

El factor humano: la gente que sostiene el sueño

Ninguno de estos números ten­dría sentido si no hubiera per­sonas dispuestas a remar contra corriente. Roger Diego Bodaño lo sabe bien. Él ha visto cómo su fuerza laboral se ha reducido de 760 trabajadores a 490 en los últi­mos años. “37 % menos, porque no hay vacas, ni cerdos ni importación de la caja central”.

Pero los que quedan son de otra madera. Son graduados de ciencias alimentarias, técnicos en produc­ción, obreros calificados que han aprendido a sortear todo tipo de di­ficultades.

“Tenemos infraestructura de generación de vapor, generación de frío, camiones, gente prepara­da y voluntad. Eso hay que apro­vecharlo”.

Por su parte, Humberto habla con orgullo de sus trabajadores. “Son gente de aquí, de la comu­nidad. Saben de aves, de campo. Lo que necesitan es que les den la oportunidad y los recursos”. Ahora, con el convenio, esos recursos em­piezan a llegar.

 

Cerdos, energía y más encadenamientos

Este convenio avícola es el prime­ro, pero no será el último. Bodaño revela que ya tienen negociado otro encadenamiento, esta vez para la producción de cerdos, bajo el mis­mo principio: la empresa pone el alimento, y el productor la crianza y la infraestructura.

El objetivo final es claro: que la empresa recupere su capacidad de generar divisas, utilizar la energía fotovoltaica para no detenerse, que los trabajadores tengan salarios dignos y que la población, sobre todo la más vulnerable, reciba los alimentos que necesita.

“Las fuentes de materia prima tocaron fondo. Pero eso no signi­fica que nosotros tengamos que tocarlo también. Hay que inven­tar, hay que encadenarse, hay que buscar alternativas. Y aquí esta­mos poniéndole límites a la adver­sidad”.

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