Icono del sitio Trabajadores

Con el alma en el surco

El aroma y el marabú simulan mucho más lejanos los doce kilómetros que separan a la cooperativa Blanca Arena, de la zona urbana de Bahía Honda. Pero enseguida entiendes cuánto vale la pena el trayecto. Al llegar te tropiezas de frente con la voluntad de producir, a pesar de cualquiera limitación.

 

Yosmeny y Juan se entienden bien con Carbonero y Azabache, Resplandor y Guapetón. Foto: Yudaisis Moreno

 

“Hubo que halar por la yunta de bueyes y aquí estamos”, dice, Yosmeny Pérez Arencibia, no sin antes quitarse el pesado sudor del rostro. Tengo seco en polvo, el tanque de combustible de mi tractor hace algún tiempo. Pero surco igual, ahora con Carbonero y Azabache, dos animales que protejo como familia”, comenta.

A su lado Juan Miguel Silva Hernández, un joven de 38 años de edad, que poco antes había lanzado gritos a su yunta Resplandor y Guapetón

“Yo sí soy boyero de toda mi vida”. Dice, con el orgullo de poseer mayor sapiencia con las reses. “Aprendí a enyugar desde niño y a trabajar con ella”, cuenta, mientras otro chillido llega clarito a los receptores, esta vez para indicarles el camino de regreso.

Llevan consigo entre los seis la misión de preparar el campo donde plantarán caña de azúcar. Halan de un arado que atraviesa la tierra durísima, completamente en secano.

Leonardo Almeida Pita, al frente de la cooperativa desde marzo de 2023, resume que, “de las 1 375 hectáreas (ha) cultivables de la ubpc, tenemos plantadas de caña 937. En los últimos meses solo hemos enviado a la industria poco más de mil toneladas de gramínea, con un rendimiento de 54 t/ha incluso, a pesar de ser la caña quedada de contiendas anteriores, porque pertenecemos al central cercano, el Harlem, que no ha hecho zafra”, señala.

 

Cincuentenario del dulce grano

A la conversación en pleno surco de se une Juan López Hernández, un cincuentenario del sector azucarero, con 74 años de edad y el alma amarrada al surco desde 1974.

“Yo nací en esta zona de Blanca Arena, nombre del consejo popular donde está enclavada la cooperativa. He pasado por todos los procesos entre caña y azúcar.

“Mis diez hermanos y yo crecimos viendo cómo los plantones crecían en torno a edificios, escuelas, consultorios del médico y la enfermera de la familia y otras obras sociales de la Revolución por estos lares”, reseña.

 

 

En Blanca Arena no se deja de sembrar caña, explica el cincuentenario azucarero López Hernández. Foto: Yudaisis Moreno

 

“Dentro del campo la tarea está espinosa. Sabemos de todas las limitaciones, pero el cultivo de la caña lleva atenciones a su momento. El no dárselas, después nos los pagamos en arrobas y rendimiento de menos. Si no tenemos los herbicidas necesarios la plantación se contamina.

“La actividad productiva más enraizada en esta región ha sido la zafra azucarera. Antes pertenecía a una brigada integral, después crearon las ubpc, y esta es fruto de la unión de dos que no eran rentables. Todas las familias tienen alguna relación con la ubpc Blanca Arena, desde su constitución el 1 de julio de 2001”, dice.

“Los salarios cañeros siempre han sido bajos. Hubo veces que cobré tres pesos mensuales. Aquí hemos tenido altas y bajas. Se detiene la zafra y si el único ingreso es la caña, ‘pasas las de Caín’ para sostener la fuerza de trabajo.

“Nos la hemos visto duras para poder pagarle a los obreros a base de créditos del banco”, nos dice, quien asume como económico desde 2006, y ya reconoce que su cooperativa ha mejorado en ingresos al diversificarse, entretanto sostiene que, “mientras tenga fuerzas estaré en Blanca Arena”.

 

Entonces, ¿solo caña?

Son 121 cooperativistas. ¿Todos en función de la caña?

“¡No! Aprendimos que si nos diversificamos podemos desaparecer. Aquí hay caña, incluso, un vivero con las variedades plantadas, porque hay hasta de la buena para guarapo, pero contamos con un módulo porcino, cultivos varios, hortalizas, vegetales, arroz y otros granos, e incluimos surcos experimentales, en función de semillas de girasol, ajonjolí y maní”, dice Almeida Pita.

“¡Nada es fácil!”, insiste. Yo mismo desando casi siempre nueve kilómetros a pie para llegar a la cooperativa. Vivo en Orozco, otro distante consejo popular de Bahía.

“Y a los ajetreos de comercialización o de documentos con el banco u otras entidades los hacemos a caballo. No hay de otra”, dice con la naturalidad de quien asume el desafío.

“Completamos la mesa de nuestras familias con las cosechas de la cooperativa. La yuca en kioscos del municipio es a 100 pesos, aquí se vende a los obreros a un cuarto de esa cifra o a menos.

“Queremos emprender otro proceder: sacarle aceite vegetal a algunas cosechas que sirven para ello.

“Estamos dispuestos a generar ingresos de todas las formas legales posibles. Tenemos hasta un verraco. Cobramos la monta a

mil 500 pesos, está a casi 4 mil en casas particulares. Le hacemos la competencia y tomamos ventaja”, refiere.

 

 

 

Diversificar producciones es imperativo, asegura el presidente de la cooperativa. Foto: Yudaisis Moreno

 

Metidos en la pelea

Otro guajiro sin medio al trabajo, Caridad Rivera Casanova, explica había un solar yermo detrás de la parada, frente a los edificios. Se había convertido en un basurero infernal.

“Limitamos con una cerca perimetral el área de unas tres hectáreas de tierra y la indisciplina frenó en seco Imposible”, asegura.

Son seis obreros, entre ellos cuatro mujeres. Tiñeron sobre todo de verde el sitio, con tomates, calabaza, pepinos, maíz, yuca. Hasta una parada cambió su rutina. Ahora es un punto para comercializar, en tiempo de cosechas, las producciones del lugar, revela el bahíahondense de 55 años de edad, al frente del colectivo.

“Vivo en un multifamiliar casi frente del huerto. Me paso el día entre una cosa y otra entre estos surcos. Plantamos totalmente en secano, a bondad de la naturaleza. En ocasiones la lluvia se compadece, pero asumimos experiencias de otros guajiros y así promovimos una técnica que nos salió bien”, cuenta.

“Sembramos el pepino en envases plásticos de litro y medio o muy parecidos, recuperados en el propio basurero. Los cortamos casi por la mitad e introducimos la semilla. Eso permitía que el agua se concentrara y el ciclo vegetativo fue óptimo.

“Aunque gestionamos el autorizo para instalar una conductora y estamos en la compra de lo necesario para poder regar, no nos quedamos cruzados de brazos”, argumenta.

“Todo lo cosechado se vende. Entregamos ganancias a la cooperativa, pero como estamos directos a la producción cobramos más”, sonríe, y nos adelanta que además son custodios del huerto.

En Blanca Arena aún están los estragos del huracán Rafael, el 6 de noviembre de 2024. Parte del socioadministrativo sin cubierta y sin esperanzas, pero se toman en serio la prioridad: producir.

Amanecen con iguales limitaciones de combustible e insumos que toda Cuba. Los suelos ni son tan fértiles ni ferralíticos rojos. El estar en secano le impone una dinámica más áspera, pero ponen en práctica cuanta sapiencia tradicional conocen. Esa voluntad frente al surco merece una medalla en el pecho.

 

Compartir...
Salir de la versión móvil