La semilla que sembraron los Alonso ha enraizado extraordinariamente en el público cubano. Es un fenómeno interesante: un arte que en otros lugares se identifica sobre todo con las élites culturales, en Cuba es expresión de disfrute popular. El pasado fin de semana la sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba estaba absolutamente llena —localidades agotadas— por la corta temporada de Giselle. No es poca cosa, asumiendo las dificultades que enfrenta el país. Y sin embargo, ahí estaba el público: diverso, entusiasta, atento.

Sobre el escenario, la versión de Alicia Alonso de este título fundamental del primer romanticismo reafirmó su condición de clásico nacional. La Giselle de Alicia —lo hemos dicho antes— es también obra cumbre de la coreografía cubana. Hay en esa lectura una síntesis de rigor estilístico y sensibilidad dramática que la convierte en emblema del Ballet Nacional de Cuba (BNC).
Cada compañía necesita custodiar sus grandes títulos. Giselle es, sin discusión, uno de los pilares identitarios del BNC.
La actual dirección ha apostado por ofrecer el personaje principal a figuras emergentes, una decisión que pudiera parecer arriesgada, pero que, bien gestionada, se convierte en oportunidad de crecimiento. En esta ocasión, una pareja consagrada —Viengsay Valdés y Dani Hernández— alternó con el primer bailarín Yanquiel Vázquez, ya conocedor de Albrecht, y una debutante en el rol protagónico: Alianed Moreno. Y qué papel para una primera gran incursión.
De la suficiencia técnica y las credenciales de los intérpretes experimentados poco habría que añadir: conocen la obra, dominan sus exigencias y saben extraerle partido, tanto en el plano técnico como en el histriónico. Detengámonos en Moreno. Ha sido un debut feliz. Alguien comentó en el teatro que parecía haber bailado Giselle muchas veces. La frase resume una impresión compartida: seguridad sin estridencias, madurez sin rigidez.
Lo que más llama la atención es su dominio del estilo. Quienes la hemos visto en otros roles sabíamos de su cuidado por los detalles, por las pequeñas sutilezas; en esta Giselle esa cualidad se consolidó. Técnica sólida, sin fisuras ni alardes innecesarios, al servicio de un trabajo interpretativo atento a matices. Pantomima diáfana e intencionada, sin énfasis ni amaneramientos; línea fluida, encadenamientos limpios, capacidad para resolver dificultades sin quebrar la continuidad dramática. Aplomo y serenidad para dosificar la carga emotiva y las demandas físicas del ballet.
Debe aplaudirse también su proyección escénica, que honra la iconografía romántica. Hay en su danza una comprensión notable del valor de la curva —esa enseñanza en la que tanto insistió Alicia— y una organicidad que tiende puentes entre tradición y presente.
Moreno ha sabido beber de sus referentes. Ojalá ese ejercicio de conciencia estilística se extendiera más en el elenco.

Porque esta temporada evidenció que existen debilidades en el cuerpo de baile, especialmente en la pantomima del primer acto. Se advierte cierta homogeneidad en la proyección histriónica, una palidez que no hace justicia a la complejidad dramática de la historia.
La paradoja es que sobre ese mismo escenario hay modelos elocuentes: basta observar a Clotilde Peón, quien interpretó a la madre, para comprender cómo, con economía de recursos y profundo respeto a la tradición, se articulan relaciones y conectores dramáticos que dan espesor al relato.
Precisamente ese entramado de herencia y contemporaneidad es la clave de la reposición de un clásico. Y la Giselle de Alicia sigue siendo, probablemente, la mejor concreción de esa idea en el repertorio del Ballet Nacional de Cuba.

