Por: Dra. C. Damaris A Torres Elers. UNHIC Centro de Estudios Antonio Maceo
“Esta mujer cubana tan bella, tan heroica, tan abnegada, flor para amar, estrella para mirar, coraza para resistir”.
José Martí
En la guerra iniciada el 24 de febrero de 1895, las cubanas tuvieron un desempeño superior, debido a su experiencia en la pasada gesta y 17 años de preparación, expresado en una mayor presencia de mujeres combatientes, que marcharon a la manigua de manera independiente. También fue mayor el número de jóvenes, muchas de las cuales eran niñas o no habían nacido durante la Guerra Grande. Otras ya ancianas, como Dominga Moncada, a pesar de sus años volvieron al monte.

Un aspecto significativo a tener en cuenta, es la labor clandestina desarrollada por la mujer en las ciudades como agentes de inteligencia, suministradoras de valiosas informaciones, para el desarrollo exitoso de operaciones militares del Ejercito Libertador, así como contribuyentes al avituallamiento y financiamiento de la revolución, con sus colectas y actividades, en los clubes.
En las ciudades y zonas urbanas, se desarrollaron verdaderas redes de espionaje, algunas de las cuales alcanzaron tal nivel de compartimentación, que no fueron detectadas nunca por el enemigo. La historiografía recoge, por lo general, lo ocurrido en las zonas centrales y occidentales del país, donde se destacaron mujeres muy vinculadas al aseguramiento logístico de los campamentos mambises.
En la región guantanamera resalta la labor de Inocencia Araujo, cuyas actividades de espionaje, permitió conocer el plan contra Gómez y Martí poco después de su desembarco en Playita de Cajobabo, así como otras informaciones necesarias para el cumplimiento exitoso de acciones combativas, de lo cual dejó constancia en carta al General José Maceo: “Los españoles situaron artillería en el fuerte del Príncipe y construyen un cuartel de caballería en el alto de San Justo, preparo plano de la defensa enemiga de la población que enviaré al general Pérez. Los puntos buenos para desembarcar, son las playas de Sabanalamar, Yacabo, Tortuguilla y el Puerto de Baitiquirí”(1).
Para enmascarar la información, Inocencia empleó recursos novedosos suministrados por El León de Oriente “Mucho estimaré la tinta especial que me remitió y la instrucción que le escribiera todo lo que debe permanecer en secreto, lo que me permitirá hablar con más libertad y sin temor a que si es capturado el portador perjudique nuestros planes”(2). El descubrimiento de una red de espionaje en Santiago de Cuba, condujo a las autoridades hasta la patriota que fue encarcelada en la fortaleza del Morro, hasta el fin de la guerra. Manuel J de Granda, expedicionario de la goleta Honor también prisionero en este sitio, refirió que fue tratada “como si fuera una gran delincuente […] La encerraron en un calabozo y le pusieron un centinela de vista”(3).
En Santiago de Cuba, las mujeres desarrollaron también una labor encomiable poco conocida. Muchas suministraron información al club Moncada, facilitaron la circulación del periódico mambí El Cubano Libre, procuraron recursos para los presos políticos, entre otras actividades. Aquí en 1897 se constituyó un club de señoritas, que bajo la dirección de este club, facilitó diversos recursos a los insurrectos y prisioneros.
Elvira Cape se convirtió en la agente Phociona, cuando su esposo Emilio Bacardí, Phoción fue apresado y deportado. Ella mantuvo el trabajo clandestino y de inteligencia para el mayor general José Maceo Grajales, a quien facilitó correspondencia, la remisión de dinero a la Delegación del Partido Revolucionario Cubano en Nueva York para el financiamiento de la guerra, entre otras tareas. También auxilió a los prisioneros recluidos en cárceles santiagueras (4).
Nuestras patriotas, no despreciaron ninguna oportunidad para comunicar a los insurrectos los movimientos y posibles planes del adversario. Isabel Yero de Miniet, suministraba informaciones que obtenía de la esposa de un capitán español vecino suyo, además facilitaba mercancías y correspondencia. En ocasión de ser registrada su casa, ocultó material comprometedor bajo las sábanas en que dormía su pequeño hijo. Por sus actividades se vio obligada a emigrar a Kingston donde continuó sus actividades (5).
Otras más humildes, residentes en zonas entonces periféricas, contribuyeron en actividades muy necesarias para la causa liberadora. En las cercanías al fuerte de Santa Ursula, Dolores Goyte, “La China” quien vivía en San Agustín, penetraba a los soldados españoles destacados allí, en busca de información, y facilitaba la entrada y salida a la ciudad de compañeros, correspondencia y otros recursos a través de la alambradas no muy distantes, en lo que hoy son el Primer y Segundo Callejón de Gatta. Al ser descubierta se incorporó a la manigua con toda su familia (6). En este barrio también se destacó otra colaboradora conocida como Mercedes, que enmascaraba sus actividades como enlace de los insurrectos tras la fachada de una casa de citas para enamorados, donde se reunían combatientes a quienes se facilitaba la salida a los campos de Cuba Libre.
Petronila Puig Ramos, descendiente de un comerciante español aprovechó esta cobertura para transportar bajo sus ropas armas y vituallas desde la finca La Culebra propiedad de Luís Dagnesse y facilitar la salida hacia la manigua redentora de su esposo, hijos y otros patriotas. Josefa Repilado de Valls, garantizó el traslado de correspondencia con las tropas de José Maceo, así como la circulación del periódico mambí El Cubano Libre. Otras como la maestra Juana Guerra confeccionaba con sus alumnos paños para los heridos. En casa de Anita Rodríguez en Cuartel de Pardos se confeccionaban banderas, escarapelas y se hacían hilas para los heridos.
Gracias a la labor de espionaje de Dolores Díaz fue posible descubrir las acciones traidoras del mayoral de la referida finca Caimanes. Esta mujer fue sorprendida y apresada por tropas españolas, cuando transportaba oculto bajo sus vestidos, ropas y alimentos para los mambises.
Por sus actividades revolucionarias numerosas patriotas resultaron encausadas por el régimen colonial, por infidencia y conducidas al presidio provincial o al castillo del Morro santiaguero. En el barrio de Río Frío, en El Cobre, a pesar de su avanzado embarazo, apresaron y encarcelaron a Higinia Guillot. El número de reclusas creció, en la medida que se desarrolló la guerra, al extremo de que entre el 17 y 21 de enero de 1897, ingresaron en la cárcel de esta ciudad, 35 mujeres, sujetas a la jurisdicción de guerra, por el delito de subversión. Se destacaron entre ellas Gregoria Deroncelé, Estela y Faustina Dranguet, María de los Ángeles Medina, Nicolasa y Justina Veliz, Inocencia Gilart, todas hasta hoy en el olvido (7).
Indiscutiblemente, igual que los hombres las mujeres de esta ciudad, ofrecieron su concurso a la causa independentista de 1895. Consideramos muy justa la apreciación del destacado intelectual e historiador Juan María Ravelo quien valoró que el concurso de la mujer santiaguera a la guerra del 95 “fue eficaz, constante y heroico”(8), cuestión esta en la que resulta necesario hurgar en aras de ofrecer una visión mucho más completa de esta guerra.




