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El Pionero es Héroe

Cuando lo condecora­ban con el Título Hono­rífico de Héroe del Tra­bajo de la República de Cuba lo observaba en silencio desde mi televisor, conmovida rememoré aquella primera en­trevista en 1990 que aún conser­vo. Poco después una llamada telefónica selló mi júbilo: ¡Her­mana, sueño cumplido!

 

Momento en que es condecorado por Miguel Díaz-Canel, Presidente de la República. Foto: Estudios Revolución

Vino a mi mente entonces su campamento de caña, sus com­pañeros de la brigada Elpidio Sosa, me imaginé el regocijo de Ramón A. Clavero, otro Héroe del Trabajo, jefe de la brigada cañera Mal Tiempo, quien fue su ejemplo. Pensé al verlo con la estrella dorada en el pecho; también los días angustiosos de la enfermedad que lo para­lizó una etapa…

Manuel Soliño Guevara, el Pionero, es un luchador que triunfa. Y sabe la vida cuánto es de los que no se cansan, de los que se empinan por encima de los obstáculos, de los que encuen­tran siempre el empuje para se­guir adelante.

El sector del turismo tiene en este trabajador un paradigma: cantinero, dependiente, capitán de salón y machetero durante más de dos décadas.

 

Cantinero y machetero

Le dicen el Pionero desde el mis­mo día que llegó adolescente a un campamento cañero. Por su ima­gen de niño bueno en medio de hombres, buenos, pero rudos por la faena azucarera, se le bauti­zó con el apodo que lo acompaña desde entonces.

“Aquello fue un impulso, brindé mi disposición a ir vo­luntariamente a la zafra de 1990, como se dice di el paso al frente para cortar caña. Nadie quería ir, imagínate en aquella época era duro perder propi­na, yo no pensé en nada de eso. Trabajaba en ese entonces en el hotel Santa Clara Libre, an­tes había sido dependiente en el hotel España, de Caibarién, me había preparado en esta profe­sión en instalaciones de Varade­ro”, evocó.

“Después fueron 24 contien­das”, pronunció la cifra, que asombra a cualquiera, con la más absoluta naturalidad, pero detrás de esta, quienes lo cono­cen saben que hay entrega, es­fuerzo y privaciones que son he­roicidades.

Es mejor no preguntarle acer­ca del primer machetazo a la gramínea: “Casi me rajo… Por suerte, poco después integré la brigada Mal Tiempo, una de las más destacadas del país, que di­rigió Clavero, quien fue mi maes­tro en el corte y mi inspiración. Cuando llegué a su brigada dia­riamente se ponía en una pizarra la lista de los macheteros, yo es­taba en el número 20. Me decía para mis adentros ‘guapea, tie­nes que ser de los primeros’. Para lograrlo cree mi estrategia: casi no descansaba en los mediodías ni los fines de semana, hasta que terminé la zafra en el número cinco”, afirmó y parece que está en medio del campo, machete en mano yéndole para arriba al ca­ñaveral.

Con tal voluntad solo se podía tener éxitos: llegó a ser el mejor machetero joven de la nación, ganó la Condición de Proeza La­boral, la medalla Jesús Menén­dez, la Distinción Elpidio Sosa…

Luego, en 1997, hizo la suya, la brigada Elpidio Sosa, insignia del SNTHT, del cual es fundador. Ese colectivo se convirtió pronto en uno de los más destacados del país, millonario en varias oca­siones.

“Tener mi propia brigada fue mi sueño, para poder competir fraternalmente con Clavero. En ese entonces él y yo nos conver­timos en enemigos solidarios, la emulación fue entre brigadas y nos superábamos a diario”, re­memoró y sus ojos se iluminaron con picardía. “Es que llegué a su­perar a la de mi profesor”.

De esa etapa se conservan dé­cimas, controversias retadoras, ja­ranas y mucho empuje del Pionero y Clavero. Entre ambas brigadas se estableció una disputa emulativa amistosa y memorable con el pro­pósito de ser la primera brigada millonaria de Villa Clara, que era casi decir, de Cuba.

 

El heroísmo doble

Confiesa que a veces sueña que está en medio del cañaveral. “Son cosas de muchachos, me pongo triste, fue mi vida, me repongo cuando veo las fotos de aquellos días, los recor­tes de periódicos, el reconoci­miento del pueblo; pero eso es historia. La realidad es que soy un simple trabajador del turis­mo, laborar en la sucursal Pal­mares de Villa Clara, primero en la carpa La Plaza y en los restaurantes La Concha y aho­ra en Santa Rosalía, me recon­forta. Desde muy joven apoyé a mi familia con siete hermanos, para mantenernos, era respon­sable, quería ayudar, en el tu­rismo empecé fregando platos, nada de esto me apena, todo lo contrario, me enorgullezco de haberlo hecho, trabajar es ho­norable”, aseveró con sinceri­dad.

 

Manuel es un trabajador del turismo de excelencia, servicial y amable. Foto: Lourdes Rey

La vida le jugó una mala pa­sada en el año 2013, no obstante su voluntad otra vez se puso a prueba y ha encontrado fuerzas para superarla y seguir: “Cor­tando caña en Pinar del Río co­mencé a sangrar por la nariz, creí que sería algo pasajero, luego de varias investigaciones se concluyó que era un paciente oncológico. Yo quería estar en la lista de los Héroes del Traba­jo, en ese momento pensé que mi sueño se deshacía, solo me dije, ‘cumpliste con el deber’, pero me repuse, la medicina cuba­na me ha estabilizado, hemos batallado mucho; mi familia, los médicos, mis compañeros de trabajo, del sindicato, aquí es­toy en la pelea desde hace años, renací”.

Su honestidad es tal que no menciona que por ir a la zafra dejó de percibir propinas sustan­ciosas, que una vez devolvió a un turista una billetera con 3 mil euros, que realiza donaciones al programa de la salud. Aseguro que ha preferido la admiración y el cariño del pueblo, aunque mu­chos no lo entendieran.

En Santa Rosalía es el alma de su sección sindical, atiende a los trabajadores con dificulta­des, sus reclamaciones, se em­peña en reconocerlos, celebrar sus cumpleaños, los días seña­lados.

“Si el trabajador tiene la ra­zón hay que dársela, por ser jus­to y defender lo que considero he tenido problemas con direc­tivos; en cambio ahora en esta entidad la actual dirección ad­ministrativa apoya, eso se gana con autoridad, ejemplo y traba­jo”, precisó.

Es un hombre prolífico; tie­ne una amplia descendencia; son seis hijos de diferentes edades, pero todos lo quieren mucho. Puede hasta confundirse con ellos por su estatura y nobleza en el rostro.

“La mayor la tuve en la se­gunda zafra, siguió mis pasos como gastronómica, los demás estudian o trabajan. Adiam y Alissa son los que viven conmi­go, con mi actual esposa, Yunita, mi salvadora. Todos son mis te­soros”, reconoció emocionado que la familia es la base para ser mejor.

“Sin ellos nunca hubie­ra podido ser Héroe, y tener la felicidad que disfruto hoy”, dijo.

Ese es él, un hombre sensible, con rostro tierno, voz cortada por instantes, de un entusiasmo envidiable, siempre dispuesto a servir, amable, capaz de hacerlo todo bien en su profesión, solícito para complacer al cliente… diri­gente sindical de base. Y, sigue siendo el Pionero, ahora Héroe del Trabajo.

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