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RETRATOS: Me gusta ser ferromoza

A través de las ventanas del tren, la vida pasa rápido, como en una película. Y aunque los paisajes son los mismos, siempre se descubre algo nuevo: una mata silvestre que floreció, una palma real que perdió sus pencas o una casa nueva que se ha levantado.

 

Foto: Agustín Borrego Torres

 

Por esas y otras razones, son muchas las personas que prefieren este medio de transporte. Para Yaquelín Martínez Nariño, los ferrocarriles se han convertido en la razón de su existencia desde hace tres décadas.

Había terminado los estudios de técnico medio en explotación del transporte ferroviario, cuando conoció, a través de una amiga, que habían convocado a un curso para formar ferromozas.

“Aquello me motivó. En verdad, las prácticas para ejercer lo que había estudiado no me habían entusiasmado mucho. Así que fui y matriculé. A los tres meses ya era ferromoza.

“Mi primer viaje fue entre Santiago de Cuba y Santa Clara. Nunca había estado tanto tiempo encima de un tren. Al principio, me sentía un poco nerviosa. Pero, poco a poco, le cogí la vuelta y ya nunca más lo he dejado”, refiere.

Dar el mejor servicio

Natural de Santiago de Cuba, Yaquelín recuerda que de niña soñó con ser bailarina, pues le gustaba mucho la danza. También le dedicó tiempo a la costura y hubiera podido ser ambas cosas, pero al final, la vida toma otro curso.

“Al poco tiempo de empezar a trabajar, salí embarazada. Tuve al varón y al año, nació la hembra. Mi mamá y mis hermanas me ayudaron. Mi madre me dijo: ‘te ayudo, pero no puedes dejar de trabajar’. Ella siempre ha insistido en que debemos ser independientes.

“En el tren yo lloraba mucho, extrañaba a los niños. Dije que ya no iba a seguir, pero una amiga mía me hizo reflexionar: ‘por tus hijos no debes dejar el empleo. ¿Cómo vas a mantenerlos?’. Y así seguí, no me arrepiento. Tanto ella como él, son hoy personas de bien, buenos hijos, laboriosos, ese es el ejemplo que les he dado”.

Nunca se ha arrepentido de su labor. Aunque ha habido tiempos más fáciles y otros más complejos, pues el sector donde permanece ha sido uno de los más golpeados por el impacto del llamado Período Especial y del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos a Cuba.

Cuando un tren se rompe en medio de una travesía, toda la brigada que está ofreciendo el servicio, también tiene que enfrentar los problemas que ello trae consigo. “Todos queremos que el viaje siempre cumpla el horario establecido”.

Correctamente vestida con su uniforme, ella expone que una ferromoza tiene que tener entre sus virtudes la disciplina y la eficiencia. “Es primordial el buen trato con los clientes, desde que suben al tren”, apunta.

Resalta que también la ferromoza tiene que ser capaz de trasmitir información clara y efectiva a los viajeros, y al resto del equipo; ser capaz de esclarecer cualquier situación o dar una respuesta ante los posibles inconvenientes que se puedan dar durante el viaje.

“Los problemas personales deben quedar en casa. Uno tiene que tener la mejor sonrisa, no faltar el respeto a nadie, cumplir las normas elementales de cortesía”, expresa.

Añade que, en el tren, todo el equipo forma una gran familia y se preocupan los unos por los otros. Con particular agradecimiento, recuerda a Odalis Torres y Yadira Rodríguez, dos colegas que la ayudaron mucho en sus inicios.

Por eso hoy, a ella le gusta también enseñar y apoyar a aquellas que se inician en una profesión que requiere sacrificio y mucho amor.

Dice Yaquelín que algunas veces se ha sentido agotada, porque, aunque le gusta el trabajo, son muchos años subida en los trenes. “A veces, cuando estoy en casa, me digo que voy a dejarlo, pero no puedo, es que me gusta ser ferromoza”.

 

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